LOGINMis días, al parecer, eran tan repetitivos que daban miedo. Miedo a seguir estancada en el mismo punto, miedo a no poder hacer cosas nuevas, miedo a que las deudas no cesen, miedo a no tener tiempo para mí como lo quisiera.
Estaba aterrada porque el tiempo no perdona y me sentía como una mujer fracasada a la que no le alcanzaba el tiempo para poder soñar y cumplir sus sueños y metas. Una noche más en Sensations, una noche más soportando miradas que me desnudan y que no me gusta sentir, una noche más en la que el cansancio me pasa factura. —¿Cariño, qué ocurre? —preguntó Adriano a mi lado. —Estoy cansada, demasiado agotada, más que de costumbre. —Ten —puso a mi lado dos botellas de vino Borgoña y dos copas—. Ve a donde ya sabes y pásala bien, lo necesitas. Me encargaré de todo con Teresa mientras no estás. —Aún estamos todos y... —Vanessa... —hizo una pausa y acarició con cariño mi mejilla—, ¿nos crees tan idiotas como para no saber lo que hay entre tú y Paul? Hazme caso, sé lo que te digo, nadie aquí te juzga; solo ve y pásala bien, es todo lo que importa. —Entre Paul y yo solo pasa sexo y nada más. —Lo tengo claro, cariño. Sé a lo que juegan, sin querer los escuché la otra noche: Elena y Leandro. Dejen de jugar ese juego o ambos vivirán del pasado y no del presente. —Eso lo decidiré luego, mientras... este rollo me va bien. Gracias —dejé un beso en su mejilla y desaparecí. Cuando estuve afuera de la puerta de la oficina de Paul, exhalé el aire que no sabía que estaba conteniendo. No sabía si estaba haciendo lo correcto; quizás sí lo sabía, pero no quería pensar en otras cosas. Entré en la oficina y Paul me miró, sonrió de lado con picardía e hizo a un lado los papeles que descansaban en su escritorio. Me acerqué y coloqué las botellas en el escritorio junto a las copas. Paul, de una gaveta, sacó un abridor y sirvió el vino. Nos observamos con complicidad y tomamos cuatro o cinco copas en completo silencio sin romper nuestras miradas. —Aprovechemos el momento, Leandro —dije impaciente. —Esta noche no quiero que seamos Leandro y Elena —dijo él. —Es lo que hay, es eso o me marcho. Paul asintió y sin demora se me acercó, paseó su boca por mi cuello y me entregué al disfrute del sexo. Nada de besos... Nada de cariño... Nada de amor... Demandábamos sexo en estado puro. Cuando sus manos ascendieron hasta mis pechos, lo miré y dije: —El tiempo es oro, Leandro. Él, enloquecido por la entrega que siempre le mostraba, no lo dudó y con rudeza metió mis pechos en su boca para succionarlos. Con maestría me colocó sobre el escritorio y los papeles volaron por el lugar, al igual que nuestras ropas. —Elena... —susurró, duro como una piedra al ver que abrí mis piernas para recibirlo. Colocó rápidamente un preservativo, permití que me abriera más las piernas y me penetrara. El ataque fue tan asolador que tuve que morderme el labio inferior para no gritar. —¿Te gusta así, Elena? —preguntó excitado. —Sí, me encanta. Pero cállate y continúa —exigí. El morbo entre ambos estaba servido y el calor que emanaba de nuestros cuerpos era inmenso. Cuando por fin explotamos del más exquisito placer, nos quedamos el uno en los brazos del otro. No hablamos. No nos besamos. No nos acariciamos. Entonces me levanté, me limpié y arreglé; Paul hizo lo mismo. Me invitó a sentarme y con una sonrisa murmuré: —Como siempre, ha sido un placer, Paul. —El placer ha sido todo mío, Vanessa. Continuamos tomando un poco más de vino hasta que Paul preguntó: —¿Estás bien? —Sí —dije sin más; no quería que viera a través de mí. —Estás sobreexigiéndote, Vanessa. Deberías empezar por trabajar menos horas, puedo pagarte igual. Necesitas pasar más tiempo con tu hija. —Sí, puede ser que me vengan bien unas vacaciones. —No todo es trabajo, Vanessa, no es bueno para tu salud. —Tampoco es bueno lo que hacemos y aquí estamos. También caes en la misma rutina que yo de permanecer ocupado para no pensar. Ambos sonreímos y finalmente Paul dijo: —El día que encontremos a alguien que de verdad nos importe, dejaremos de hacerlo, ¿no crees? —Ese día aún no llega, y hasta que llegue quiero seguir divirtiéndome y desestresándome contigo. Tú y yo nos conocemos, sabemos que esto es sexo sin compromiso y respetamos nuestros acuerdos, es todo. Me acerqué a él y lo abracé, entonces le dije: —El amor nos ha destrozado a los dos y solo nos quedan estos momentos tontos para escapar de la realidad. Elena ni Leandro se lo merecen, pero aquí estamos tú y yo como siempre... Paul asintió, me contó su historia y aún en sus ojos se veía ese profundo dolor. Elena fue una cruel mujer que lo abandonó por un escocés y, al igual que yo, su herida no sana. Al menos él sabe lo que pasó, pero yo aún quería tener respuestas. A Leandro... pareciera que se lo hubiera tragado la tierra; hasta he llegado a pensar que quizás falleció. No lo sé, en mi mente loca no logro dar con alguna pista de por qué se fue cuando más lo necesitaba. Salí de la oficina de Paul con un dolor atravesado en mi pecho, un dolor que me cortaba la respiración, un dolor que no se iba. No podía decir adiós. Leandro no me dejaba o quizás era que yo no quería dejarlo ir. Gruesas lágrimas rodaban por mis mejillas, no podía contener lo miserable que me sentía; necesitaba respuestas, por mí y por mi hija. Valery solo tenía cuatro años, nunca había visto a su padre. Yo trataba de no mencionarlo, pero ella de vez en cuando hacía preguntas y a veces yo no sabía cómo evadirlas. Tomé una bocanada de aire y nuevamente me adentré a la oficina de Paul, por un rato más de sexo en el que no puedo pensar nada más. Paul me miró con sorpresa y quiso venir a mi encuentro, preocupado, y le dije: —Quédate donde estás, yo iré —cuando estuve cerca de él, dije—: estoy bien, solo desvísteme y dame más placer de ese que no me permite pensar. Así lo hizo, sin preguntas, sin decir una palabra; solo los jadeos y el choque de nuestros cuerpos era todo lo que se escuchaba en aquellas cuatro paredes.Cuando llegó el domingo tuve que hacer un esfuerzo para presentarme en la casa de Beth y Marc. Si era sincero conmigo mismo, hubiera preferido no asistir; las reuniones un tanto familiares no me van. En cuanto llegamos, Marc saludó cortésmente a Melanie y quedó impresionado, al igual que Beth, por mi nuevo vehículo. Beth no estaba muy cómoda; ella y Melanie no es que se llevaran de maravilla. Cuando invité a Melanie a entrar en la casa, Beth me tomó del brazo y me alejó, por lo que Marc tuvo que acompañar a Melanie adentro. —No entiendo por qué trajiste a Fiona a mi casa —se quejó Beth. Me reí por cómo la había llamado y dije: —La paso bien con ella. Además, le prometí que no la molestarías. —Bueno, no hagas promesas por alguien más, porque si me saca de mis casillas la pongo calentita. Me conoces. —Compórtate, preciosa, ¿vale? —Es una mujer estúpida y no me cae para nada bien. —Beth, no empieces; es domingo, ¿recuerdas? Día de pasarlo genial. —¡Pas
Mis días, al parecer, eran tan repetitivos que daban miedo. Miedo a seguir estancada en el mismo punto, miedo a no poder hacer cosas nuevas, miedo a que las deudas no cesen, miedo a no tener tiempo para mí como lo quisiera.Estaba aterrada porque el tiempo no perdona y me sentía como una mujer fracasada a la que no le alcanzaba el tiempo para poder soñar y cumplir sus sueños y metas.Una noche más en Sensations, una noche más soportando miradas que me desnudan y que no me gusta sentir, una noche más en la que el cansancio me pasa factura.—¿Cariño, qué ocurre? —preguntó Adriano a mi lado.—Estoy cansada, demasiado agotada, más que de costumbre.—Ten —puso a mi lado dos botellas de vino Borgoña y dos copas—. Ve a donde ya sabes y pásala bien, lo necesitas. Me encargaré de todo con Teresa mientras no estás.—Aún estamos todos y...—Vanessa... —hizo una pausa y acarició con cariño mi mejilla—, ¿nos crees tan idiotas como para no saber lo que hay entre tú y Paul? Hazme caso, sé lo
Había ganado dos juicios y eso me hacía estar satisfecho.Mi teléfono empezó a vibrar con insistencia; sabía que era una llamada. Cuando observé la pantalla, leí «Aisha» y sonreí.—¿Quedamos esta noche, bombón? —preguntó.La observé a unos pocos metros, le dediqué una sonrisa y le respondí por mensaje:—Si no te llamo esta noche, ten por seguro que lo haré cualquier otra.La vi sonreír y, tras dedicarme una mirada profunda, giró sobre sus talones y salió del juzgado.Recibí un nuevo mensaje de su parte:—Estaré esperando con ansias, bombón.Volví a sonreír. Aisha era la abogada de la parte contraria y, aunque me parecía una mujer hermosa, sensual y atractiva… era solo eso y nada más.Salí del juzgado y decidí pasar por el restaurante de mi padre.—Papá, vine por esa pasta espectacular que prepara Gino —dije en cuanto lo encontré.Mi padre me saludó con una candorosa sonrisa.—Enseguida, hijo —dijo mientras se movía por el lugar con maestría para dar indicaciones. Cuando re
El cielo estaba hermoso. Era uno de esos días en los que disfrutaba salir con mi pequeña al parque a respirar aire puro. Entre el trabajo, los quehaceres del hogar, las cuentas por pagar y dedicarle tiempo a mi hija... De broma tenía un poco de tiempo para mí. Venir al parque me ayudaba a despejar un poco mi mente, me ayudaba a liberarme de muchas tensiones con las que batallaba a diario sola. Es que, por muy dramático que suene, parece que mi segundo nombre siempre iba a ser «estrés». Hoy precisamente no era un día libre para mí; simplemente me tomé la tarea de salir y no asfixiarme dentro de la casa. Desde que Leandro se fue sin decir una palabra y dejándome embarazada, me como la cabeza imaginando miles de escenarios posibles del porqué demonios se fue. Pero la realidad es que no tengo la más mínima idea. Cada día que pasa lo extraño más, siempre lo recuerdo y no hay un solo día en que no pare de realizarlo; pero es solo eso. Leandro fue mi primer hombre y mi gran amor,







