Cuando llegó el domingo tuve que hacer un esfuerzo para presentarme en la casa de Beth y Marc. Si era sincero conmigo mismo, hubiera preferido no asistir; las reuniones un tanto familiares no me van.
En cuanto llegamos, Marc saludó cortésmente a Melanie y quedó impresionado, al igual que Beth, por mi nuevo vehículo.
Beth no estaba muy cómoda; ella y Melanie no es que se llevaran de maravilla.
Cuando invité a Melanie a entrar en la casa, Beth me tomó del brazo y me alejó, por lo que Marc tuvo que acompañar a Melanie adentro.
—No entiendo por qué trajiste a Fiona a mi casa —se quejó Beth.
Me reí por cómo la había llamado y dije:
—La paso bien con ella. Además, le prometí que no la molestarías.
—Bueno, no hagas promesas por alguien más, porque si me saca de mis casillas la pongo calentita. Me conoces.
—Compórtate, preciosa, ¿vale?
—Es una mujer estúpida y no me cae para nada bien.
—Beth, no empieces; es domingo, ¿recuerdas? Día de pasarlo genial.
—¡Pasarla genial mis calzones! Me has arruinado el día, Klaus —solté la risa—. ¿Cómo puedes pasarlo bien con esa mujer tan sosa?
—Está más que claro que tú y Melanie jamás serán amigas —me reí—. Escucha, ella es todo menos sosa en la cama, por eso la he traído.
Beth frunció el ceño y dijo:
—Claro, ¿qué se puede esperar de ustedes, los hombres? Son tan básicos que me da escalofríos. ¿Solo porque es una fiera en la cama sigues con ella? A nadie le cae bien.
—A mí me cae bien y, Beth… relájate. Solo la he traído para hacerte molestar.
—Eres un idiota, Klaus. Manténla a raya porque nada me cuesta barrer el piso con ella si se porta como toda una perra. Recuerda que me llamó asesina por comer un trozo de carne frente a ella —me reí fuerte porque lo recordaba bien.
—Melanie es vegetariana, solo no le prestes atención. Tranquila, ella se comportará.
Entre risas, entramos al salón donde había más invitados; Marc y Beth nos fueron presentando a todos hasta que Beth me arrastró a un lado y me presentó a una chica de cabello negro por los hombros y ondulado, blanca y de ojos verdes cautivantes.
—Klaus, te presento a Vanessa. Vanessa, mi buen amigo Klaus.
Beth nos presentó enérgicamente.
—Un gusto conocerte —le extendí la mano y ella no me hizo esperar.
—Bueno, nos volvemos a ver —fruncí el ceño—. ¿No me recuerdas? Casi me atropellas hace un par de días atrás.
Quedé con la boca abierta: qué pequeño es el mundo.
—Disculpen, ¿ya se conocían? ¿De qué me perdí? No entiendo nada —preguntó Beth, algo asombrada.
—Solo estaba probando mi nuevo vehículo y, bueno, por atender una estúpida llamada casi la arrollo. Tenías una niña en brazos, pero ahora te ves diferente.
—Serás idiota, Klaus. Pero al parecer todos conocemos a Vanessa por algún momento incómodo —expresó Beth y continuó—: La conocí porque estaba afuera del súper; Marc estaba acomodando todo en el auto y ella aún no había bajado de su Volkswagen. Para hacer el cuento corto, estaba pariendo y Marc se había quedado tieso. Vanessa fue como un ángel en aquel momento y, bueno, aquí estamos.
Interesante toda la historia que contó Beth en menos de nada, y sí, al parecer todos hemos llegado a conocer a Vanessa en algún momento incómodo.
Un buen rato después, todos nos relajamos y pasamos al gran salón para disfrutar de la comida; como siempre, Beth preparó unos exquisitos platillos para degustar con verdadero deleite.
Beth, sin duda, es una gran chef.
Sin poder evitarlo, la mirada se me iba a Vanessa, pero no conseguí que sus ojos conectaran con los míos durante la comida. Eso, sin saber por qué, me molestó.
Estábamos terminando de comer, hablando, tomando vino a gusto y charlando con los demás invitados, cuando se escuchó un estruendo, luego el llanto de una niña y vi cómo Vanessa se movía rápidamente a su encuentro.
La copa era de Melanie; se le había caído y la niña se había agarrado del vestido de Melanie, y ella de un tirón se la quitó de encima. Traté de moverme rápido al igual que Vanessa, pero fue inevitable que la niña cayera al piso y empezara a llorar.
No sé por qué lo hice, pero tomé a la niña en brazos y Vanessa llegó para calmarla.
—No pasa nada, mi amor… no pasa nada —le decía Vanessa a la niña mientras pasaba sus manos por el rostro de la pequeña, limpiando sus lágrimas.
Aunque quería contenerse, esa mujer estaba echando chispas y no era para menos.
La niña aún seguía en mis brazos y Vanessa la escaneaba, hasta que encontró cómo en su piernita tenía una pequeña cortada. Buscó rápidamente su bolso, me pidió que la siguiera a la cocina y Beth le pasó un botiquín de primeros auxilios. Vanessa rápidamente desinfectó la herida y colocó una curita de princesas de Disney.
—Mami, Bella Dumiente… —dijo la pequeña señalando la bandita y yo reí.
Beth salió al gran salón y quedé en la cocina con Vanessa; la vi suspirar y dijo:
—Gracias, Klaus. Ahora me ocupo yo.
—No te preocupes, puedo seguir cargando a la pequeña princesa —la niña sonrió y me extendió de nuevo sus bracitos.
—Mami, píncipe.
Ambos reímos. La niña es demasiado tierna y eso confirma una pregunta que no quería hacer para no meter la pata: es su hija, no su hermana.
Cuando salimos al gran salón, la niña quiso bajar y corrió a jugar con los hijos de Marc y Beth. Pero el buen ambiente no duró mucho cuando Melanie, llegando a mi lado, dijo:
—¡Maldita niña! Por su culpa mi vestido está sucio.
Beth, que la escuchó y no se callaba nada, dijo:
—Aquí lo importante es que la niña está bien, Melanie. Tu vestido lo mandas a lavar y asunto arreglado.
Melanie suspiró y, cuando vio que Beth se alejaba, me miró y protestó:
—Tu amiga, que se cree superior, se pone de parte de toda la gentuza menos de la mía. Esa mocosa dañó mi vestido y ahora resulta que no me puedo quejar o molestar.
Enseguida Vanessa contestó:
—En defensa de mi hija te diré que no lo hizo con intención. Por otro lado, ten cuidado con esa boca, porque soy su madre y me puedo ofender si la vuelves a llamar mocosa —Melanie quiso hablar, pero Vanessa continuó—: Antes de que digas alguna otra estupidez te diré que mi hija tiene cuatro años y tú —la miró de arriba abajo—, debes tener cuarenta años, tienes la mentalidad suficiente para entender las cosas.
Lo que Vanessa le dijo de último casi me hace reír a carcajadas, pero tuve que contener la risa. Está claro que Vanessa no se deja y por defender a su hija saca las garras, y eso me encanta.
—¡Tengo veintinueve años! —dijo Melanie fuera de sí.
—Pues no lo parece, querida. ¿Segura que no me engañas?
Melanie estaba echando humo por las orejas y, viendo que todos la veían, aclaró:
—Tengo veintinueve.
Vanessa, divertida, asintió y murmuró con malicia mientras se alejaba:
—Vaya, qué mal te conservas; yo tengo treinta y aparento veintitrés.
Inconscientemente me reí y Melanie me fulminó con la mirada, a lo que solo me encogí de hombros. Me gustara o no, esa mujer tenía su gracia y lengua afilada, y aunque no quisiera, ha llamado mi entera y total atención.
—¿Para eso me traes Klaus? para ser el hazmerreír de tus estúpidas amistades.
—Melanie tranquilízate y no hagas un drama innecesario—ya me empezaba a fastidiar porque sabía perfectamente como era Melanie.
—No es un drama...
—Si lo es, te quejaste por tu vestido y llamaste mocosa a una niña inocente. Tú solita te buscaste esto, ¿o esperas que hagas comentarios delante de la madre de la niña y está te aplauda solo porque vistes con ropa de diseñador?
—Eres un idiota.
—Sí, Beth me lo dice siempre—sonreí—. Será mejor que te lleve a tu casa.
Sin decir una palabra más salimos de la casa, no sin avisarle a Marc y Beth que regresaría. La cara de Beth fue todo un poema cuando le dije que dejaría a Melanie en su casa y regresaría.
—Vuelves, porque te corto las pelotas si no lo haces—amenazó Beth.
A veces resultaba bueno tener amistades como estás.
cuando llegué a la casa de Melanie ni siquiera me preocupe en bajar, no es que fuera desconsiderado o poco caballeroso, sino que quería mantenerme al margen y no darle alguna posibilidad de pensar que quiero tener algo con ella serio.
—Osea...¿ esto es todo?
—No sé que más esperas.
—Que te bajes, que pases a mi casa, que tomemos algo, me desnudes y lo pasemos bien.
—Quizas en otro momento Melanie.
—Eres un idiota—sonreí sin ánimos.
—Yo no te voy a ofender porque soy un caballero, pero has dejado más que claro con tu comportamiento, que te falta madurez y déjame decirte que no eres mejor que yo. Se me quitaron las ganas de tener intimidad contigo, si lo requiero te buscaré.
—No soy un objeto que tomas y desechas cuando quieres Klaus.
—Pero tu aceptaste eso desde hace mucho tiempo, yo no te amo y no siento nada por ti, solo es deseo momentáneo, pasarlo bien sin ataduras. Debes tener claro como funciona.
Se bajo molesta del auto y maldijo en voz alta, yo solo rei, no han sido pocos los encuentros sexuales con Melanie y lo hemos pasado bien, pero tengo más opciones que no se enredan tanto.