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Capítulo 2

ผู้เขียน: Crystal K
El sábado por la mañana, mi padre apareció en mi habitación.

Por un momento pensé que había cambiado de opinión y venía a darme los trescientos veinte dólares para comprar los viales. La esperanza me duró hasta que abrió la boca.

—Tres mil seiscientos dólares —soltó desde la puerta, mirándome como si hubiera entrado a interrogar a una ladrona—. ¿A dónde transferiste el dinero?

Me incorporé en la cama y me llevé una mano a la frente. Seguía ardiendo por la fiebre y tenía el cuerpo tan pesado que hasta me costó sentarme.

—¿Qué dinero? —pregunté, confundida—. Ni siquiera tengo la contraseña para hacer pagos desde las cuentas.

Mi padre soltó una risa despectiva y me miró como si mi respuesta acabara de confirmar sus sospechas.

—¿Y quién más pudo haber sido? Jace y Chloe tienen un futuro brillante. ¡Ellos jamás harían algo así! —espetó—. ¡Tú eres la única que no aporta nada a la manada y siempre está pidiendo dinero!

Eso me dolió más de lo que quería admitir. Tenía tanta fiebre que incluso respirar me resultaba incómodo, pero lo peor fue escucharlo decir aquello con tanta facilidad, como si llevara mucho tiempo convencido de que yo era una mierda de hija.

Aun así, sostuve su mirada.

—Ayer solo te pedí trescientos veinte dólares y me dijiste que no —le recordé—. Hay cámaras por todo el edificio principal, papá. Revisa las grabaciones o averigua a dónde fue realmente el dinero.

Ni siquiera pareció considerar la idea.

—Jace dijo que usaste una de sus cuentas secundarias para comprar un montón de basura y vengarte de la familia —me acusó, endureciendo la voz—. Hasta pusiste el mercado negro como dirección de entrega. ¿De verdad creíste que no descubriríamos que borraste las pruebas?

Negó con la cabeza y me miró con decepción.

—Tú tomaste el dinero. Admítelo de una vez, Freya. Me decepcionas muchísimo.

Después se volteó y salió de la habitación hecho una furia. No revisó las cámaras, no comprobó a dónde había ido la transferencia ni me dio la oportunidad de demostrar que estaba diciendo la verdad. Jace me había señalado y, para mi padre, eso era suficiente.

Al mediodía escuché unos tacones acercándose por el pasillo. Mi madre apareció poco después, aunque ni siquiera se molestó en entrar al antiguo cuarto de almacenamiento que usaba como habitación. Se quedó junto a la puerta y me comunicó su decisión desde allí.

—Por lo que hiciste, desde hoy quedas definitivamente fuera de todas las cuentas de la manada —sentenció con frialdad—. Esta familia no necesita una loba que robe el dinero de su propia manada.

No respondí. Después de lo ocurrido con mi padre, defenderme otra vez no iba a servir de nada.

Entonces escuché unos pasos más pesados al fondo del pasillo y Jace apareció vestido con un uniforme de combate completamente nuevo. Mi mirada bajó casi por instinto hasta sus pies y reconocí de inmediato las botas tácticas de alta gama de la serie Shadow, fabricadas especialmente para soportar las transformaciones de los hombres lobo.

Como pocionista, pasaba demasiado tiempo comparando precios de materiales en el mercado negro y en las páginas de distintos proveedores. Sabía perfectamente cuánto costaba ese modelo: tres mil seiscientos dólares. Exactamente la misma cantidad que había desaparecido de las cuentas.

Jace notó que miraba sus botas y levantó un pie con arrogancia para presumirlas.

—¿Qué? —preguntó antes de soltar un silbido burlón—. Te ves bastante enferma. Robar dinero debe ser agotador, ¿no?

Volteé hacia mi madre. Valerie estaba demasiado ocupada acomodándole con cariño el cuello del uniforme como para prestar atención a las botas de tres mil seiscientos dólares que su hijo llevaba frente a ella. Ni siquiera preguntó de dónde habían salido.

Aquella misma tarde, un camión de entregas especiales se estacionó frente al edificio principal. Jace salió emocionado a recibirlo y abrió el paquete allí mismo. Dentro venía un chaleco táctico antibalas valorado en dos mil cuatrocientos dólares, y mi padre incluso se quedó con él para enseñarle personalmente cómo ajustar las correas.

Ese era el famoso «ahorro» del que tanto hablaba.

«Cada centavo debe gastarse con inteligencia».

Al parecer, esa regla solo se aplicaba conmigo. Trescientos veinte dólares para mis viales eran un gasto innecesario, pero nadie tenía problemas con los miles de dólares que Jace gastaba en su entrenamiento.

A las tres de la tarde me tomé dos pastillas para bajar la fiebre y fui como pude hasta la parada del autobús. Mi madre había dado una orden y, enferma o no, tenía que acompañar a Chloe al mercado para que escogiera unas joyas para el Festival de Luna Llena.

Según ella, Chloe les tenía miedo a las alturas y a los lobos desconocidos, así que no podía ir sola. Que yo apenas tuviera fuerzas para salir de la cama parecía importarle un carajo.

El autobús avanzaba dando tumbos por la carretera mientras Chloe permanecía sentada a mi lado, abrazando su costoso bolso contra el pecho. Después de un rato, volteó un poco hacia mí, aunque evitó mirarme directamente.

—Freya… —murmuró mientras se mordía el labio inferior—. En realidad… ayer pasé por el despacho de papá y vi a Jace usando la tableta. Él fue quien transfirió el dinero.

La miré. Después de todo lo que había pasado, la confesión ni siquiera consiguió sorprenderme.

—Entonces, ¿por qué no se lo dijiste a papá? —pregunté con la voz ronca por la fiebre.

Los ojos de Chloe se llenaron de lágrimas, como si aquella conversación la estuviera lastimando a ella.

—¿Cómo iba a hacerlo? —respondió angustiada—. Mamá y papá no me habrían creído. Y además… Jace tiene un entrenamiento especial la próxima semana. De verdad necesitaba esas botas.

Hizo una pequeña pausa antes de mirarme por fin.

—No te enfades con él, ¿sí? —me pidió en voz baja.

Me quedé observándola. Chloe sabía desde el principio que Jace había tomado el dinero. Había visto cómo me culpaban por algo que no hice, cómo mamá me quitaba el acceso a las cuentas y cómo todos me trataban como a una ladrona mientras yo ardía de fiebre. Aun así, había guardado silencio porque, según ella, Jace necesitaba esas botas.

Y ahora quería que yo no me enfadara.

—No estoy enfadada —respondí antes de voltear hacia la ventana.

Y era verdad. ¿Por qué habría de enfadarme con un grupo de extraños al que llamaba familia?

Cuando llegamos al mercado, dejé a Chloe frente a una joyería exclusiva. Desde el otro lado del escaparate la vi escoger un collar de piedra lunar y pasar su tarjeta para pagar ochocientos dólares sin pensárselo dos veces.

Bajé la mirada hacia mi teléfono y abrí la aplicación del banco:

«Saldo: 2.200 dólares».

Ese dinero representaba tres años de trabajo. Había hecho todo tipo de tareas en la tienda de hierbas, probado pociones en mi cuerpo y ahorrado cada centavo que podía. Mi plan era usarlo para pagar el alojamiento y la comida mientras estudiaba en la Academia Real.

Pero la Academia ya no era una opción.

Ahora esos dos mil doscientos dólares eran mi única oportunidad para salir de allí.

Winterhaven quedaba a más de tres mil kilómetros hacia el norte. El costo de vida era alto, las condiciones eran duras y mis ahorros probablemente ni siquiera alcanzarían para pagar el depósito de un buen apartamento. Si me quedaba en Crescent Falls, al menos tendría comida y un techo por ser la hija mayor del Alfa.

Pero también sabía lo que me esperaba.

Aquel supuesto «ahorro» siempre terminaba cayendo sobre mí, mientras Jace y Chloe recibían todo lo que necesitaban. Seguirían utilizándome como un escalón para que ellos pudieran avanzar y presumir de sus logros, hasta que no quedara nada de la vida que yo quería construir.

Miré una última vez el saldo de mi cuenta antes de guardar el teléfono.

Marcharme sería una apuesta. Pero quedarme era una sentencia de muerte.

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