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Capítulo 5.

Author: Kester
last update publish date: 2026-09-27 17:43:51

El teléfono en la mano de Charlie emitió un largo zumbido. Llamada finalizada.

—¡Maldita sea!

Charlie lanzó aquel objeto plano contra la pared hasta hacerlo añicos. Respiraba agitadamente. Por primera vez en su vida, se sintió tan insignificante como una hormiga. Había sido ignorado. La mujer que antes temblaba de miedo con solo escuchar un suspiro de decepción suyo ahora lo había bloqueado.

La puerta de la habitación se abrió de golpe. Sarah entró con el rostro hinchado y los ojos enrojecidos.

—¡Charlie, ¿qué estás haciendo?! —chilló Sarah con voz aguda—. ¡Me gritaste delante de todos! ¡¿Estás defendiendo a esa zorra?!

Charlie no se volvió. Continuó de espaldas a Sarah, contemplando su propio reflejo en el oscuro cristal de la ventana.

—Vete a casa, Sarah. Estoy cansado.

—¡No! ¡No quiero! —Sarah abrazó a Charlie por detrás, aferrándose con fuerza al traje de su esposo—. Ese niño... ¡ese niño tiene que ser fruto de una infidelidad de Elena antes de que se marchara! ¡Quiere tenderte otra trampa, Charlie! ¡Tienes que creerme!

Al escuchar la palabra «trampa», los recuerdos de Charlie se remontaron a la noche de hacía cinco años. La noche en que arrojó los papeles del divorcio al rostro de Elena porque creía que ella había saboteado los frenos del automóvil de Sarah y la había dejado paralítica. Sin embargo, aquella noche había visto a Elena mantenerse firme sobre sus propios pies, y también había visto a Sarah, quien afirmaba haber vuelto a caminar gracias a un milagro médico, entrar corriendo en su habitación sin la menor dificultad.

Algo estaba mal. El sentimiento de culpa que durante años había mantenido a Charlie atado a Sarah de repente se sentía como una cadena que le estrangulaba el cuello.

Charlie se dio la vuelta y se liberó del abrazo de Sarah con fuerza, pero con frialdad. Sus ojos se clavaron directamente en los de su esposa.

—¿De verdad estabas paralítica en aquel entonces, Sarah? —preguntó Charlie. Su voz era extremadamente baja y temblaba por la sospecha que había enterrado profundamente durante cinco años.

El rostro de Sarah palideció al instante.

—C-Charlie... ¿qué quieres decir? ¿Dudas de mí?

—Vete a casa —la interrumpió Charlie con firmeza. De repente, la presencia de Sarah le provocaba náuseas.

A la mañana siguiente, la sala de reuniones principal de Vane Corp estaba envuelta en una atmósfera tensa. Todo el consejo de administración permanecía sentado, cubierto de sudor frío. Al otro extremo de la larga mesa, el asiento principal perteneciente a la CEO de Aethel Corp seguía vacío.

Exactamente a las nueve en punto, la puerta se abrió.

Elena entró luciendo un elegante traje sastre blanco marfil. Sus pasos eran firmes e intimidantes. Detrás de ella, Aria llevaba una pila de documentos negros.

Charlie se enderezó de inmediato. Sus ojos no se apartaron del rostro de Elena. Tenía profundas ojeras bajo los ojos, prueba de que no había cerrado los ojos ni un solo minuto durante la noche.

Elena se sentó en su lugar sin siquiera mirar a Charlie. De inmediato, dirigió la mirada hacia los miembros del consejo.

—Empecemos —dijo Elena con frialdad.

—Señora Elena —uno de los directores sénior carraspeó—, con respecto a la cancelación unilateral del acuerdo de cooperación logística de ayer...

—No he venido a negociar sobre logística —lo interrumpió Elena con brusquedad. Chasqueó los dedos y Aria comenzó a repartir inmediatamente nuevos documentos frente a todos, incluido Charlie—. He venido a ejercer mis derechos como nueva accionista mayoritaria de su filial.

Charlie abrió el documento. Sus ojos se abrieron de par en par al leer línea tras línea de cifras. Aethel Corp había comprado en secreto toda la deuda de bonos de Vane Logística a un banco extranjero.

—¿Quieres acabar con mi empresa? —la voz ronca de Charlie rompió el silencio.

Finalmente, Elena se volvió y lo miró directamente a los ojos negros. No había odio en ellos, solo un vacío mucho más doloroso que la ira.

—Esto es solo negocios, señor Vane —respondió Elena con calma—. El débil es eliminado. Usted fue quien me enseñó eso hace cinco años.

El pecho de Charlie palpitó de dolor. Recordó cómo solía recortar el presupuesto mensual de Elena o dejarla pasar hambre en la mansión cuando ella cometía el más mínimo error. Ahora, aquellas mismas palabras se habían vuelto contra él.

—La reunión ha terminado. Señor Vane, necesito su firma para la transferencia de estos activos ahora mismo —dijo Elena mientras se ponía de pie.

Los directores salieron apresuradamente, presa del pánico, dejando solos a Charlie y Elena en aquella espaciosa sala.

Charlie se puso de pie y se acercó a Elena hasta quedar a muy poca distancia de ella. El elegante aroma a perfume de rosas que emanaba del cuerpo de Elena reemplazaba la fragancia barata de jazmín que ella solía usar cuando era su esposa.

—Elena, por el amor de Dios, ese niño... —Charlie se aferró al borde de la mesa, conteniéndose para no tocar a la mujer que tenía delante—. Es mi hijo, ¿verdad? ¿Por qué me castigas ocultándomelo?

Elena se acomodó el traje blanco y luego levantó la mirada con una sonrisa apenas burlona.

—Él no es tu hijo, Charlie —susurró Elena, con una voz tan baja como afilada—. El niño al que llamaste asesino murió bajo la lluvia hace cinco años. El niño que viste ayer es Leo. Solo tiene una madre.

—¡Yo soy su padre! ¡No puedes borrar mi sangre de su cuerpo! —gritó Charlie con los ojos enrojecidos.

Elena dio un paso más hacia él, haciendo que Charlie se quedara paralizado. Elena susurró justo frente al rostro del hombre.

—Entonces, ¿dónde estaba ese padre cuando yo lloraba sangre en el suelo de tu habitación, Charlie? ¿Dónde estaba ese padre cuando su hermana menor intentó matar a mi bebé?

Las palabras de Elena terminaron ahí. Antes de que Charlie pudiera responder, Elena ya se había dado la vuelta y había salido de la habitación, dejando al hombre sumido en un torbellino de pánico y arrepentimiento que comenzaba a consumir su cordura.

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