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Capítulo 4.

Author: Kester
last update publish date: 2026-09-27 17:43:19

Un silencio estremecedor envolvió el salón del hotel en cuanto la puerta de la sala VIP se cerró por completo. Charlie permaneció inmóvil en su lugar, respirando con dificultad. El rostro del niño no dejaba de aparecer en su mente: la línea de la mandíbula y los pliegues de sus ojos eran una réplica perfecta de los que él mismo tenía cuando era pequeño.

—Charlie... —La mano temblorosa de Sarah intentó aferrarse a la manga de su traje—. Ese niño no puede ser tu hijo. Elena te tendió una trampa deliberadamente. Ella...

—¡Cállate, Sarah!

Charlie apartó aquella mano con brusquedad. Era la primera vez en cinco años que le gritaba a Sarah en público. Un rubor de vergüenza y rabia se extendió por el cuello de Sarah al darse cuenta de que varios miembros de la élite empresarial ahora los observaban mientras murmuraban entre ellos.

Sin volver a prestar atención a su esposa, Charlie se dio la vuelta y avanzó a grandes zancadas hacia su sala de tránsito en el piso superior. Sentía el pecho oprimido por el peso de la realidad. Cinco años. Elena había estado embarazada y había dado a luz a su hijo completamente sola, mientras él se dedicaba a maldecir el nombre de aquella mujer cada noche.

—¡Asistente Ray! —llamó Charlie con voz severa en cuanto entró en la habitación.

Ray entró apresuradamente.

—Sí, señor Vane.

—Averigua todo sobre Aethel Corp —ordenó Charlie con voz ronca, ocultando el intenso temblor que recorría su cuerpo—. Quién es Elena en City-B, cómo logró ascender y... averigua todo lo relacionado con ese niño. ¡Esta misma noche!

—Sí, señor. Pero hay una cosa más que debe saber con respecto a la agenda de la fusión de mañana por la mañana. —Ray tragó saliva con vacilación—. La CEO de Aethel Corp acaba de enviar una notificación de cancelación unilateral de nuestra cooperación logística. Han decidido pasar a trabajar con Wyatt Group.

Una risa amarga escapó de los labios de Charlie. Elena no solo había regresado; había vuelto para estrangular los negocios de Vane Corp. La mujer que antes siempre bajaba la cabeza y pedía disculpas ahora tenía en sus manos el poder de decidir la vida o la muerte de la empresa de Charlie.

Mientras tanto, dentro de la limusina que atravesaba las calles de Ciudad Capital, el ambiente era completamente diferente. Leo ya se había quedado profundamente dormido en el regazo de Elena. Con delicadeza, Elena acariciaba el cabello negro de su hijo mientras contemplaba las luces de la ciudad al otro lado de la ventanilla.

—Lo ha hecho muy bien, señora —dijo Aria, su secretaria personal, desde el asiento de enfrente—. Solo nos queda otro 10 % de las acciones de las filiales de Vane para hacernos con el control. Charlie Vane está entrando en pánico.

El rostro de Elena permaneció inexpresivo, sin la menor sonrisa.

—Esto apenas comienza, Aria. El pánico no es suficiente para pagar los cinco años de infierno que me hizo sufrir.

—¿Y qué hay de Sarah?

—Déjala disfrutar de su miedo por ahora —siseó Elena con frialdad.

Elena conocía muy bien el carácter de su hermana menor. Sarah era un parásito que vivía del sentimiento de culpa de Charlie por su parálisis, la cual en realidad no era más que una farsa basada en unos registros médicos auténticos que ahora estaban en manos de Elena. En cuanto desapareciera el sentimiento de culpa de Charlie, la protección que cubría a Sarah se derrumbaría.

El teléfono de Elena, colocado sobre el asiento, vibró. Era un número desconocido. Elena deslizó el botón verde y se llevó el teléfono al oído sin decir una palabra.

—Elena...

La voz al otro lado hizo que la mandíbula de Elena se tensara. Era la voz de Charlie, frustrada y llena de una desesperación que Elena jamás había escuchado en toda su vida.

—Elena, por favor. ¿Dónde estás? Sé que ese niño es mío. ¡Tenemos que hablar! —Charlie habló atropelladamente, como si temiera que la llamada fuera a terminar en cualquier momento.

Elena respiró lentamente antes de responder con una calma extrema.

—Se ha equivocado de número, señor Vane.

—¡No me mientas! ¡Ese niño se parece a mí! —exclamó Charlie con una voz ronca que casi sonaba como un rugido de frustración—. ¿Por qué lo escondiste? ¿Por qué te fuiste sin más?!

Elena sonrió con sarcasmo en la oscuridad del habitáculo. Aquel hombre realmente había olvidado su propia crueldad.

—Usted fue quien me expulsó con una carta de divorcio, señor Vane. Usted fue quien dijo que mi existencia era un error —respondió Elena. Cada palabra salió de sus labios con una precisión cortante—. Este niño no tiene nada que ver con usted. No tiene padre.

—Elena...

Clic.

Elena terminó la llamada y bloqueó inmediatamente el número. Arrojó el teléfono al suelo del automóvil con una mirada de absoluto desprecio.

Volvió a inclinar la cabeza para mirar el inocente rostro de Leo, que dormía plácidamente, y luego apretó los puños con fuerza. Una gran tormenta estaba a punto de azotar Ciudad Capital y, esta vez, Elena se aseguraría de no ser la víctima que acabaría destruida, sino la propia tormenta.

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