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Capítulo 10

Author: Pen goddess
last update publish date: 2026-05-22 03:20:58

Nubes oscuras se extendían por el cielo de la tarde mientras fuertes vientos barrían el rancho, trayendo consigo el olor de la lluvia que se acercaba.

A su lado, Camila notó el cambio en su expresión de inmediato.

—¿Qué pasó? —preguntó suavemente.

Alejandro guardó el teléfono en su bolsillo y se levantó de inmediato.

—Tengo que ir a un lugar.

Camila frunció el ceño, confundida.

—¿Ahora?

—Sí. —Su voz sonaba distraída—. Ya es tarde. Deberías entrar y descansar.

Se dio la vuelta, pero antes de que pudiera marcharse, Camila se levantó rápidamente del muro.

—Alejandro.

Él se detuvo al instante.

Lentamente, se giró hacia ella.

La expresión en el rostro de Camila provocó que algo se apretara dolorosamente dentro de él. Lágrimas brillaban en sus ojos, pero debajo de la tristeza había miedo. Miedo de que él ya se estuviera alejando de ella.

—¿Vas a encontrarte con ella?

El silencio entre ellos duró solo unos segundos, pero se sintió dolorosamente largo.

Alejandro no respondió.

Camila soltó una risa baja y amarga antes de negar lentamente con la cabeza.

—La quieres, ¿verdad?

—Camila, yo…

—Pero sabes que ella va a casarse —dijo con voz temblorosa mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas—. ¿De verdad crees que su padre alguna vez permitiría que ustedes dos estén juntos?

La emoción estalló en ella antes de que pudiera controlarla.

—¡Por favor, no me digas que has olvidado la clase de hombre que es su padre! —exclamó con rabia—. ¡Ese hombre destruiría a cualquiera que se le oponga, incluso a ti!

Alejandro se pasó una mano por el cabello y miró hacia otro lado por un momento.

La verdad era que no se había permitido pensar tan lejos.

Todo lo relacionado con Valentina había sucedido demasiado rápido. Sabía que su padre nunca lo aprobaría. Sabía que sus mundos eran completamente diferentes.

Pero nada de eso importaba en ese momento. Valentina estaba sola afuera, en medio de una tormenta.

Y conociendo su personalidad terca, si la abandonaba esa noche, ella nunca se lo perdonaría. Solo pensarlo le provocaba un dolor inquietante y pesado en el pecho.

Alejandro miró a Camila en silencio.

—Ella está sola allá afuera —dijo—. Necesito llevarla a casa sana y salva.

Luego se giró y se alejó.

Camila se quedó congelada, viéndolo desaparecer en la oscuridad.

Paso tras paso.

Cada paso se sentía como si algo se estuviera desgarrando dolorosamente dentro de su pecho.

Las lágrimas corrían sin parar por su rostro mientras se abrazaba fuertemente a sí misma.

¿Cómo había cambiado todo tan rápido?

Había pasado años amando a Alejandro en silencio, permaneciendo a su lado con la esperanza de que algún día él la mirara como ella lo miraba a él. Pero ahora Valentina había aparecido y lo había arruinado todo.

La amargura endureció lentamente su expresión.

—Ella ya tiene a Diego —susurró con voz temblorosa—. ¿Qué más quiere de él?

Para cuando Alejandro llegó a la playa, la tormenta había empeorado.

El cielo estaba casi completamente negro mientras olas violentas chocaban sin parar contra la orilla. Fuertes vientos azotaban el aire, dificultando ver con claridad.

Alejandro pisó la arena y buscó ansiosamente en la oscuridad.

—¡Valentina!

Solo el rugido del océano le respondió.

Su respiración se volvió irregular.

Avanzó más por la orilla, revisando cada rincón con desesperación.

—¡Valentina!

Nada.

Cuanto más se adentraba, más se apretaba el pánico en su pecho.

La playa parecía infinita bajo el cielo tormentoso. Todas las terribles posibilidades invadieron su mente al mismo tiempo.

¿Qué pasaría si algo le hubiera ocurrido?

¿Qué pasaría si se había acercado demasiado al agua?

¿Qué pasaría si estaba herida en algún lugar de la oscuridad mientras él perdía tiempo buscando en el lugar equivocado?

—¡Señorita! —gritó con fuerza, su voz casi tragada por el viento.

Entonces, de repente…

Dos brazos temblorosos lo rodearon con fuerza desde atrás.

Alejandro se congeló al instante.

Un suave sollozo llegó a sus oídos.

Valentina se presionó contra su espalda, aferrándose desesperadamente a su camisa como si temiera que él desapareciera si aflojaba su agarre.

—Viniste —susurró débilmente.

Alejandro cerró los ojos un momento mientras el alivio lo invadía con tanta fuerza que casi se le debilitaron las rodillas.

Por un instante, simplemente se quedó allí, escuchando su llanto silencioso contra su espalda.

Luego, lentamente, se giró entre sus brazos.

Valentina parecía exhausta. Las lágrimas cubrían su rostro y mechones de cabello se pegaban desordenadamente a sus mejillas por el viento. Sus ojos hinchados volvieron a llenarse de lágrimas en cuanto lo miraron.

Sin dudarlo, Alejandro la atrajo hacia sus brazos.

—¿En qué estabas pensando? —murmuró con voz ronca mientras la sostenía con fuerza contra su pecho—. ¿Tienes idea de lo preocupado que estaba?

Valentina hundió más el rostro contra él.

—No sabía a dónde más ir —susurró con dolor—. Ya no podía seguir en esa casa.

Por un momento, Alejandro no dijo nada. Solo la sostuvo mientras el viento rugía a su alrededor y la lluvia comenzaba a caer con más fuerza sobre la orilla.

Luego, Valentina levantó lentamente la cabeza. Las lágrimas se aferraban a sus pestañas y sus labios temblaron antes de hablar de nuevo.

—Llévame lejos de aquí, Alejandro.

Su cuerpo se tensó al instante.

Alejandro la miró como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.

Las olas chocaban violentamente detrás de ellos mientras la fría lluvia empapaba su ropa, pero ninguno de los dos se movió.

Lentamente, Alejandro aflojó su abrazo y dio un paso atrás. Negó con la cabeza una vez, con confusión e incredulidad cruzando su rostro.

—Valentina —dijo con cuidado, casi sin aliento—. ¿De qué estás hablando?

El dolor se extendió inmediatamente por la expresión de ella.

—¿Qué crees que estoy hablando? —preguntó, con la voz elevándose por la frustración—. Te estoy pidiendo que me lleves lejos antes de que me obliguen a un matrimonio que no quiero.

Alejandro se pasó una mano por el cabello mojado y miró hacia otro lado por un momento. Su pecho subía y bajaba con fuerza, como si luchara por controlarse.

Huir con ella.

Solo la idea sonaba imposible.

Sin embargo, la imagen de Valentina de pie junto a Diego se sentía aún peor.

Valentina lo miró con desesperación.

—Di algo.

Alejandro la miró de nuevo, pero las palabras no salían.

Los ojos de ella se llenaron lentamente de dolor.

—Si me caso con Diego mañana, ¿de verdad estarás bien con eso? —preguntó suavemente—. ¿Te quedarás allí y me verás convertirme en la esposa de otro?

—No —respondió Alejandro de inmediato.

La respuesta salió tan rápido que incluso él pareció sorprendido.

Los ojos llorosos de Valentina buscaron su rostro.

—Entonces, ¿por qué estás dudando?

Alejandro abrió la boca, pero ninguna explicación parecía correcta.

¿Cómo podía explicarle el caos que había dentro de él?

¿Cómo podía decirle que cada momento con ella se sentía peligroso de una forma que no podía entender?

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