LOGINSu mano se deslizó hasta mi cabello. Sus dedos sostuvieron la parte de atrás de mi cabeza. Fue un toque suave pero firme. Todo mi cuerpo se quedó inmóvil. No podía respirar. Lo único que sentía era el calor de su mano sobre mí y mi corazón latiendo tan fuerte que pensé que iba a romperme las costillas.
Levanté la mirada hacia él. Sus ojos color avellana también me observaban. Su aliento era cálido sobre mi piel. Estaba tan cerca que podía ver pequeñas motas doradas en sus ojos. Nunca las había notado antes. Nunca había estado tan cerca de él.
Luego su mano bajó de mi cabello a mi espalda. Me atrajo más hacia él. No quedó ni un solo centímetro entre nosotros. Podía sentir su camisa bajo mis manos. Podía sentir el calor de su cuerpo. Podía sentirlo todo.
Abrí la boca para hablar, pero ninguna palabra salió. ¿Qué podía decir?
Su aliento ahora rozaba mi rostro. Suave e irregular. Cerré los ojos porque no podía soportar la forma en que me miraba. Mi mente simplemente dejó de funcionar.
Esperé a que sus labios tocaran los míos. Estaba segura de que lo harían. Los deseaba con todo mi ser.
Pero no pasó nada.
Los segundos se sintieron eternos. Sentía su aliento sobre mi piel, pero el beso nunca llegó. Mi corazón latía desbocado. Mis manos temblaban. No entendía por qué no me besaba.
Abrí los ojos lentamente. Él ya había apartado la mano de mi espalda y había dado un paso atrás.
—¿Por qué? —pregunté. Intenté que mi voz sonara firme, pero las lágrimas ya me nublaban la vista.
—¿Fue por ella? —pregunté.
Él me miró confundido.
—¿Qué estás…?
—Lo sé —lo interrumpí—. No debería haber hecho esto. Sé que no podemos estar juntos. Todo es culpa mía.
—Es todo culpa mía —repetí—. No debí acercarme a ti cuando amas a otra persona. Es todo culpa mía.
—Valentina, no es lo que piensas.
No lo dejé terminar. Ni siquiera quería ver su rostro. Agarré el borde de mi vestido y corrí lo más rápido que pude.
Desperté tarde porque apenas había dormido. La cabeza me pesaba. Los ojos me ardían por el llanto. No debería sentirme así nunca más.
Un golpe en la puerta me sacó de mis pensamientos. Me senté lentamente e intenté que mi voz sonara normal.
—Adelante.
La puerta se abrió. Rosa entró y colocó un plato de fruta en la mesita junto a mi cama.
Ella había estado conmigo desde que mi madre vivía. Había sido como una madre para mí.
Dejó la bandeja y me miró con preocupación en los ojos.
—Sé que no está bien que diga esto, pero no tienes que casarte con Diego si no quieres.
La miré.
—¿Cómo lo sabes?
—Valentina, me he dado cuenta —dijo con suavidad—. Antes eras tan feliz. Pero desde que empezaron los arreglos de la boda, has cambiado. Ya no ríes igual. Ya no sonríes igual. Te he visto crecer y sé cuándo algo anda mal.
Aparté la mirada. Me quedé mirando la fruta en la bandeja. No quería que viera mi cara.
—Pero la fecha ya está fijada —dije en voz baja—. No sé qué más hacer.
Rosa se sentó a mi lado en la cama y tomó mi mano entre las suyas.
—Valentina, no quiero que cometas el mismo error que tu madre. No quiero que te pase lo mismo.
La miré.
—¿Mi madre? ¿Qué le pasó?
El rostro de Rosa cambió. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Tú sabes cómo murió, ¿verdad? —pregunté—. ¿Qué pasó realmente ese día?
Rosa soltó mi mano. Se limpió las lágrimas con los dedos.
—No puedo contarte eso —dijo—. Valentina, espero que puedas perdonarme.
Aparté la mirada y me quedé mirando la pared.
—Está bien —dije en voz baja—. Si no quieres hablar de eso, no tienes que hacerlo.
Rosa se levantó. Me miró durante un largo momento. Luego salió de la habitación sin decir una palabra.
Unos minutos después, bajé las escaleras. Entonces vi una figura conocida sentada con mi abuela en la sala.
El estómago se me cayó al suelo. ¿Qué hacía él aquí?
Los trabajadores no entraban a la casa principal a menos que los llamaran. ¿Por qué estaba aquí? ¿Mi padre se había enterado de mis sentimientos? ¿Mi abuela lo estaba confrontando en ese preciso momento?
Bajé las escaleras corriendo sin pensarlo. El corazón me latía con fuerza en el pecho.
Llegué al último escalón y no pude detenerme.
—Abuela, por favor no te enojes con Alejandro. Yo fui la que…
No pude terminar. Las palabras se me atoraron en la garganta. Ni siquiera sabía cómo explicarme. ¿Qué estaba intentando decir?
Doña Carmen me miró con confusión. No parecía enfadada. Parecía sorprendida.
—¿De qué estás hablando? —preguntó—. Estoy recibiendo a nuestro invitado.
Me quedé congelada. ¿Invitado?
Miré a Alejandro. Estaba sentado con el rostro calmado, pero sus ojos ahora estaban fijos en mí.
Doña Carmen explicó que Alejandro había venido a presentarse. Le había dicho que su padre trabajó en el rancho muchos años atrás y que quería rendir sus respetos a la familia.
Mi rostro ardió de vergüenza. Había dicho todo eso sin saber lo que realmente estaba pasando en la sala. Quería que la tierra se abriera y me tragara entera.
Doña Carmen me miró durante un largo rato. Luego miró a Alejandro. Sus ojos eran penetrantes. Sabía que había algo. No me preguntó qué estaba a punto de decir, pero pude notar que se lo preguntaba. El silencio en la sala se sentía muy pesado.
Alejandro se levantó del sofá y le agradeció a mi abuela por su tiempo. Dijo que debía regresar a su trabajo. Me miró un momento. Luego salió de la habitación sin decirme nada más.
Doña Carmen lo vio marcharse. Cuando desapareció, se volvió hacia mí.
—Ibas a decirme algo. ¿Qué era?
No supe qué responder. No podía decirle la verdad. Miré a mi abuela y me sentí completamente atrapada.
—No era nada —dije—. Pensé que era otra persona.
Doña Carmen no parecía creerme. Pero no hizo más preguntas. Solo asintió y me dijo que fuera a desayunar.
Nubes oscuras se extendían por el cielo de la tarde mientras fuertes vientos barrían el rancho, trayendo consigo el olor de la lluvia que se acercaba.A su lado, Camila notó el cambio en su expresión de inmediato.—¿Qué pasó? —preguntó suavemente.Alejandro guardó el teléfono en su bolsillo y se levantó de inmediato.—Tengo que ir a un lugar.Camila frunció el ceño, confundida.—¿Ahora?—Sí. —Su voz sonaba distraída—. Ya es tarde. Deberías entrar y descansar.Se dio la vuelta, pero antes de que pudiera marcharse, Camila se levantó rápidamente del muro.—Alejandro.Él se detuvo al instante.Lentamente, se giró hacia ella.La expresión en el rostro de Camila provocó que algo se apretara dolorosamente dentro de él. Lágrimas brillaban en sus ojos, pero debajo de la tristeza había miedo. Miedo de que él ya se estuviera alejando de ella.—¿Vas a encontrarte con ella?El silencio entre ellos duró solo unos segundos, pero se sintió dolorosamente largo.Alejandro no respondió.Camila soltó una
Tercera PersonaLa luz de la mañana entraba a raudales por las altas ventanas mientras Valentina bajaba la escalera, con los dedos deslizándose distraídamente por el pulido pasamanos de madera. Todavía luchaba contra la neblina del sueño cuando se detuvo de repente a mitad de camino.Su aliento se cortó.El vestíbulo ya no se parecía en nada al espacio tranquilo y familiar que había conocido toda su vida. Altas cajas blancas estaban apiladas contra las paredes, mientras que muebles caros envueltos en plástico abarrotaban la habitación. Los trabajadores iban y venían cargando más objetos, y el intenso aroma de flores frescas flotaba pesadamente en el aire.Un nudo se apretó dolorosamente en su estómago.Sin perder ni un segundo, se dirigió rápidamente a la sala de estar, donde su padre estaba sentado detrás de una mesa cubierta de papeles, con una taza de café frío intacta a su lado.—Papá… —su voz tembló—. ¿Qué es todo esto?Su padre finalmente levantó la vista.—Preparativos para tu
Su mano se deslizó hasta mi cabello. Sus dedos sostuvieron la parte de atrás de mi cabeza. Fue un toque suave pero firme. Todo mi cuerpo se quedó inmóvil. No podía respirar. Lo único que sentía era el calor de su mano sobre mí y mi corazón latiendo tan fuerte que pensé que iba a romperme las costillas.Levanté la mirada hacia él. Sus ojos color avellana también me observaban. Su aliento era cálido sobre mi piel. Estaba tan cerca que podía ver pequeñas motas doradas en sus ojos. Nunca las había notado antes. Nunca había estado tan cerca de él.Luego su mano bajó de mi cabello a mi espalda. Me atrajo más hacia él. No quedó ni un solo centímetro entre nosotros. Podía sentir su camisa bajo mis manos. Podía sentir el calor de su cuerpo. Podía sentirlo todo.Abrí la boca para hablar, pero ninguna palabra salió. ¿Qué podía decir?Su aliento ahora rozaba mi rostro. Suave e irregular. Cerré los ojos porque no podía soportar la forma en que me miraba. Mi mente simplemente dejó de funcionar.Esp
No sabía si saludarlo o fingir que no lo había visto. Mi mente no dejaba de llevarme de vuelta a esa noche en los establos, al momento en que me incliné hacia él y casi hice algo que nunca podría borrar. Me mordí el labio y mantuve la mirada baja, esperando que mi rostro no me delatara.Todavía estaba decidiendo cuando me di cuenta de que no estaba solo.Alejandro estaba de pie cerca del abrevadero con una cuerda enrollada en las manos. Camila se encontraba a su lado, más cerca de lo necesario. Se reía de algo que él había dicho, con la mano apoyada suavemente en su brazo como si ese fuera su lugar. Él no se reía, pero tampoco se apartaba.Me quedé allí observándolos más tiempo del que debería.¿Desde cuándo se habían vuelto tan cercanos? Ni siquiera me había dado cuenta de cuándo había pasado. Ella trabajaba en la cocina. Él en los establos. No había razón para que estuvieran tan juntos.Apreté los labios y me di la vuelta antes de que alguno de los dos me viera. Regresé a la casa co
El silencio se extendió entre nosotros como una cuerda a punto de romperse, y podía escuchar los latidos de mi propio corazón retumbando en mis oídos. También podía escucharlo respirar, pero ninguno de los dos habló. Quería huir de él, pero mis pies estaban pegados al suelo y no podía hacerlos mover.Finalmente, él apartó la mirada de mí y la bajó hacia la tierra. Cuando volvió a hablar, su voz era baja y casi cansada.—Valentina, tú no le tienes miedo a nada, así que tienes que decirlo frente a mí.Al principio no entendí lo que quería decir, pero luego me di cuenta de que quería que yo admitiera la verdad en su cara. Quería que dijera las palabras en voz alta para poder escucharlas.—¿Por qué debería contarte algo? —Mi voz salió temblorosa y débil—. Tú no me amas y yo no te amo. No tengo ninguna razón para esconderle mis sentimientos a nadie.Antes de que pudiera terminar mi frase, él me cortó y su voz fue afilada como un cuchillo cortando el aire.—Sí, pero estaremos legalmente cas
Desperté con el recuerdo de su rostro aún en mi mente. La luz de la linterna. Sus ojos oscuros. La forma en que me miró antes de que saliera corriendo. Toqué mis labios y recordé lo cerca que había estado de besarlo. Mi rostro ardía de vergüenza.Me miré en el espejo. La persona que me devolvía la mirada era una desconocida. Tenía ojeras y una tristeza que no reconocía. Ya apenas me conocía.Me dije a mí misma que había sido un error. Estaba comprometida. No podía pensar en otro hombre. Tenía que tener cuidado. Si mi padre se enteraba, enviaría a Alejandro lejos. No quería eso. Así que decidí evitarlo. Era la única forma de protegerme a mí misma y al honor de mi familia.Llamaron a mi puerta.—Valentina —dijo mi abuela—. ¿Vas a bajar a desayunar?—Sí —dije. Pero mi voz no sonaba como la mía.---El desayuno fue peor de lo habitual. Diego ya estaba en la mesa. Mi padre se sentaba a la cabecera. Doña Carmen también estaba allí, observándolo todo con sus viejos ojos afilados.Diego no me







