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Capítulo Sies

Author: Pen goddess
last update publish date: 2026-04-30 04:14:36

El silencio se extendió entre nosotros como una cuerda a punto de romperse, y podía escuchar los latidos de mi propio corazón retumbando en mis oídos. También podía escucharlo respirar, pero ninguno de los dos habló. Quería huir de él, pero mis pies estaban pegados al suelo y no podía hacerlos mover.

Finalmente, él apartó la mirada de mí y la bajó hacia la tierra. Cuando volvió a hablar, su voz era baja y casi cansada.

—Valentina, tú no le tienes miedo a nada, así que tienes que decirlo frente a mí.

Al principio no entendí lo que quería decir, pero luego me di cuenta de que quería que yo admitiera la verdad en su cara. Quería que dijera las palabras en voz alta para poder escucharlas.

—¿Por qué debería contarte algo? —Mi voz salió temblorosa y débil—. Tú no me amas y yo no te amo. No tengo ninguna razón para esconderle mis sentimientos a nadie.

Antes de que pudiera terminar mi frase, él me cortó y su voz fue afilada como un cuchillo cortando el aire.

—Sí, pero estaremos legalmente casados, y eso nos convierte en pareja.

La palabra pareja fue como una bofetada en mi cara, pero en cambio me quedé ahí parada con las manos temblando a mis costados.

Él ya se alejaba de mí. Su espalda estaba recta y sus botas crujían contra el pasto seco. Ya no volvió a mirarme.

Entonces dejó de caminar. No se dio la vuelta para enfrentarme. Solo se quedó ahí parado, dándome la espalda.

—Yo no rompería este compromiso, Valentina. —Su voz era tranquila y plana—. Nos vamos a casar, y tendremos que actuar como una pareja normal.

Giró la cabeza ligeramente, lo suficiente para que yo pudiera ver el perfil de su rostro y la línea dura de su mandíbula.

—No, no romperé el compromiso.

Mi corazón se hundió hasta el estómago y sentí que no podía respirar.

—¿Por qué no?

—Porque una promesa a un hombre muerto es sagrada. —Finalmente se volvió para enfrentarme, y sus ojos estaban fríos y vacíos—. Mi padre murió creyendo que me casaría contigo, así que no deshonraré su memoria.

—¿Aunque eso nos haga miserables a los dos por el resto de nuestras vidas?

—Sí.

Mi puño se cerró a un lado de mi cuerpo y mis uñas se clavaron en la piel de mi palma. Sentí algo caliente ascender en mi pecho, y no sabía si era rabia, miedo o desesperación. Tal vez eran las tres cosas a la vez.

Era un verdadero psicópata. Yo pensaba que él también estaba atrapado en este matrimonio, y creía que entendía lo que yo sentía. Pero me equivoqué con él. Era peor que Don Rodrigo.

¿Cómo se atrevía a amenazarme así? ¿Cómo se atrevía a pararse frente a mí y decirme que yo no tenía ninguna opción?

—Diego Fuentes —lo llamé, y mi voz sonó más fuerte de lo que esperaba—. ¿Qué diablos estás planeando? ¿No estás siendo demasiado arrogante?

Él siguió caminando hacia el caballo como si yo no hubiera dicho ni una sola palabra. Mi frustración hirvió dentro de mi pecho, y me quedé ahí mirando su espalda fijamente con las manos temblando a mis costados.

Llegó hasta el caballo y lo montó con facilidad. Luego me miró desde arriba, y había una sonrisa en su rostro. Era una sonrisa tranquila, como si no acabáramos de discutir sobre el resto de nuestras vidas. Como si nada hubiera pasado en absoluto.

Extendió su mano hacia mí.

—Puede llover en cualquier momento —dijo, con una voz ligera y despreocupada—. Necesitamos regresar, o Don Rodrigo se preocupará.

El descaro de este hombre. No podía creer que estuviera ahí sonriéndome después de todo lo que acababa de decir. Me acerqué al caballo, ignoré su mano y lo monté yo sola. Me senté detrás de él y mantuve la mayor distancia posible entre nosotros.

Cuando llegamos a los establos, Diego bajó del caballo primero. Luego estiró los brazos y me ayudó a bajar. Sus manos eran ásperas, y me soltó en cuanto mis pies tocaron el suelo.

Me miró con esos ojos fríos.

—No le diré a tu padre lo del mozo de cuadra —dijo—. Pero tampoco te ayudaré. Estás sola en esto.

Luego se dio la vuelta y se alejó sin mirarme. Solté un suspiro frustrado y estaba a punto de irme cuando una mano me agarró de repente por la muñeca. El agarre era fuerte, y me hizo girar antes de que pudiera decir una palabra o darme cuenta de lo que estaba pasando. Su mano se posó sobre mi mejilla mientras se inclinaba hacia mí y plantó sus labios en mi frente.

Sin decir otra palabra, se dio la vuelta y continuó caminando hacia su carro.

Me quedé ahí mirando su espalda, y la rabia dentro de mí ya no pudo quedarse callada.

—¡Idiota! —le grité—. ¡Imbécil! ¿Qué diablos te pasa?

Siguió caminando como si no hubiera escuchado lo que dije, lo cual me molestó más que nada.

El caballo a mi lado emitió un sonido suave, y el ruido hizo que girara la cabeza. Fue entonces cuando me encontré cara a cara con Alejandro.

Estaba de pie a pocos pasos de mí. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y estaba recostado contra la puerta del granero. Esos ojos azul avellana estaban fijos en mí, y mi corazón comenzó a acelerarse.

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