LOGINTercera Persona
La luz de la mañana entraba a raudales por las altas ventanas mientras Valentina bajaba la escalera, con los dedos deslizándose distraídamente por el pulido pasamanos de madera. Todavía luchaba contra la neblina del sueño cuando se detuvo de repente a mitad de camino.
Su aliento se cortó.
El vestíbulo ya no se parecía en nada al espacio tranquilo y familiar que había conocido toda su vida. Altas cajas blancas estaban apiladas contra las paredes, mientras que muebles caros envueltos en plástico abarrotaban la habitación. Los trabajadores iban y venían cargando más objetos, y el intenso aroma de flores frescas flotaba pesadamente en el aire.
Un nudo se apretó dolorosamente en su estómago.
Sin perder ni un segundo, se dirigió rápidamente a la sala de estar, donde su padre estaba sentado detrás de una mesa cubierta de papeles, con una taza de café frío intacta a su lado.
—Papá… —su voz tembló—. ¿Qué es todo esto?
Su padre finalmente levantó la vista.
—Preparativos para tu boda —respondió con calma—. La ceremonia se celebrará en dos semanas. Todo ya está arreglado.
Valentina lo miró con incredulidad.
—¿Dos semanas? —repitió, alzando la voz—. Me dijiste que tenía un mes. Me lo prometiste.
—Los planes cambiaron —dijo él con tono uniforme—. La familia de Diego quiere adelantar la boda y yo estoy de acuerdo. No hay razón para seguir retrasándola.
Sus manos se cerraron en puños a los costados.
—¡No puedes seguir haciéndome esto! —estalló—. ¡Arreglaste mi matrimonio sin siquiera preguntarme qué quería, y ahora cambias la fecha como si mis sentimientos no importaran en absoluto! Todas las decisiones sobre mi vida siempre las tomas tú. ¿Cuándo vas a dejar de controlarme?
La expresión de su padre se endureció mientras se levantaba lentamente.
—Yo soy tu padre, Valentina —dijo con frialdad—. Todo lo que hago es por tu propio bien. ¿Por qué de repente te opones con tanta desesperación a este matrimonio? —Sus ojos se entrecerraron—. ¿Hay alguien más?
La pregunta la golpeó como una bofetada.
Su pulso se aceleró al instante.
El rostro de Alejandro cruzó por su mente y un miedo intenso se enroscó en su pecho. Si su padre descubría la verdad, nunca permitiría que Alejandro se acercara a ella de nuevo. Peor aún, sabía exactamente lo despiadado que podía llegar a ser cuando se enfadaba.
Las lágrimas le quemaban en los ojos, pero se negó a dejarlas caer.
—No hay nadie más —susurró con voz temblorosa—. Pero nunca me casaré con Diego. Nunca.
La voz de su padre bajó, baja y definitiva:
—No me desobedecerás, Valentina.
Ella no esperó a escuchar nada más. Se dio la vuelta y salió corriendo de la habitación. Las pesadas puertas se cerraron de golpe detrás de ella con un eco fuerte que resonó por toda la mansión.
En el extremo opuesto del rancho, Alejandro estaba apoyado contra un viejo muro de piedra, con el sol de la tarde calentándole el rostro mientras observaba el colgante de plata que descansaba en la palma de su mano.
Su pulgar rozaba una y otra vez el desgastado grabado.
El parecido con el collar que Valentina siempre llevaba era imposible de ignorar.
Una extraña pesadez se instaló en su pecho.
Fragmentos de los últimos momentos de su padre regresaron a su mente: la voz débil, el arrepentimiento en sus ojos, las palabras inconclusas que se había llevado a la tumba. El recuerdo despertó algo oscuro dentro de él, una mezcla de ira, dolor y preguntas sin respuesta que se negaban a dejarlo en paz.
—¿Habrá algo importante en ese colgante?
La voz lo sobresaltó.
Alejandro cerró rápidamente los dedos alrededor del collar y lo guardó en su bolsillo antes de girarse.
Camila estaba a pocos pasos, observándolo con atención.
Una sonrisa brillante curvó sus labios mientras se acercaba y se sentaba a su lado en el bajo muro de piedra, lo suficientemente cerca como para que su hombro rozara ligeramente el brazo de él.
—¿Qué estabas mirando? —preguntó con suavidad—. ¿Y por qué lo escondiste tan rápido?
Alejandro forzó una expresión tranquila.
—No es nada importante. Todavía estoy tratando de entender algunas cosas.
Camila frunció el ceño de inmediato.
—Alejandro, no hagas eso —dijo, con dolor filtrándose en su voz—. Nos conocemos desde siempre. No me gusta sentir que me estás dejando fuera.
Por un momento, el silencio se extendió entre ellos.
Luego Alejandro suspiró en voz baja y suavizó su tono.
—Lo siento.
La acercó suavemente hasta que estuvo bien sentada a su lado.
—Tú me importas, Camila —murmuró—. Solo necesito un poco más de tiempo.
La tensión en el rostro de ella se derritió casi al instante.
Una tímida sonrisa tocó sus labios mientras apoyaba la cabeza en su hombro, con la felicidad brillando abiertamente en sus ojos. Había amado a Alejandro durante tanto tiempo que incluso el más pequeño gesto de afecto por parte de él era suficiente para mantener viva su esperanza.
En ese preciso momento, el teléfono de Alejandro vibró dentro de su bolsillo.
Lo sacó con naturalidad, pero en cuanto leyó el mensaje, todo su cuerpo se tensó.
Era de Valentina:
Encuéntrame en el mar a las 7 pm.
No me iré hasta que vengas.
Camila levantó la cabeza.
—¿Quién es? —preguntó.
Nubes oscuras se extendían por el cielo de la tarde mientras fuertes vientos barrían el rancho, trayendo consigo el olor de la lluvia que se acercaba.A su lado, Camila notó el cambio en su expresión de inmediato.—¿Qué pasó? —preguntó suavemente.Alejandro guardó el teléfono en su bolsillo y se levantó de inmediato.—Tengo que ir a un lugar.Camila frunció el ceño, confundida.—¿Ahora?—Sí. —Su voz sonaba distraída—. Ya es tarde. Deberías entrar y descansar.Se dio la vuelta, pero antes de que pudiera marcharse, Camila se levantó rápidamente del muro.—Alejandro.Él se detuvo al instante.Lentamente, se giró hacia ella.La expresión en el rostro de Camila provocó que algo se apretara dolorosamente dentro de él. Lágrimas brillaban en sus ojos, pero debajo de la tristeza había miedo. Miedo de que él ya se estuviera alejando de ella.—¿Vas a encontrarte con ella?El silencio entre ellos duró solo unos segundos, pero se sintió dolorosamente largo.Alejandro no respondió.Camila soltó una
Tercera PersonaLa luz de la mañana entraba a raudales por las altas ventanas mientras Valentina bajaba la escalera, con los dedos deslizándose distraídamente por el pulido pasamanos de madera. Todavía luchaba contra la neblina del sueño cuando se detuvo de repente a mitad de camino.Su aliento se cortó.El vestíbulo ya no se parecía en nada al espacio tranquilo y familiar que había conocido toda su vida. Altas cajas blancas estaban apiladas contra las paredes, mientras que muebles caros envueltos en plástico abarrotaban la habitación. Los trabajadores iban y venían cargando más objetos, y el intenso aroma de flores frescas flotaba pesadamente en el aire.Un nudo se apretó dolorosamente en su estómago.Sin perder ni un segundo, se dirigió rápidamente a la sala de estar, donde su padre estaba sentado detrás de una mesa cubierta de papeles, con una taza de café frío intacta a su lado.—Papá… —su voz tembló—. ¿Qué es todo esto?Su padre finalmente levantó la vista.—Preparativos para tu
Su mano se deslizó hasta mi cabello. Sus dedos sostuvieron la parte de atrás de mi cabeza. Fue un toque suave pero firme. Todo mi cuerpo se quedó inmóvil. No podía respirar. Lo único que sentía era el calor de su mano sobre mí y mi corazón latiendo tan fuerte que pensé que iba a romperme las costillas.Levanté la mirada hacia él. Sus ojos color avellana también me observaban. Su aliento era cálido sobre mi piel. Estaba tan cerca que podía ver pequeñas motas doradas en sus ojos. Nunca las había notado antes. Nunca había estado tan cerca de él.Luego su mano bajó de mi cabello a mi espalda. Me atrajo más hacia él. No quedó ni un solo centímetro entre nosotros. Podía sentir su camisa bajo mis manos. Podía sentir el calor de su cuerpo. Podía sentirlo todo.Abrí la boca para hablar, pero ninguna palabra salió. ¿Qué podía decir?Su aliento ahora rozaba mi rostro. Suave e irregular. Cerré los ojos porque no podía soportar la forma en que me miraba. Mi mente simplemente dejó de funcionar.Esp
No sabía si saludarlo o fingir que no lo había visto. Mi mente no dejaba de llevarme de vuelta a esa noche en los establos, al momento en que me incliné hacia él y casi hice algo que nunca podría borrar. Me mordí el labio y mantuve la mirada baja, esperando que mi rostro no me delatara.Todavía estaba decidiendo cuando me di cuenta de que no estaba solo.Alejandro estaba de pie cerca del abrevadero con una cuerda enrollada en las manos. Camila se encontraba a su lado, más cerca de lo necesario. Se reía de algo que él había dicho, con la mano apoyada suavemente en su brazo como si ese fuera su lugar. Él no se reía, pero tampoco se apartaba.Me quedé allí observándolos más tiempo del que debería.¿Desde cuándo se habían vuelto tan cercanos? Ni siquiera me había dado cuenta de cuándo había pasado. Ella trabajaba en la cocina. Él en los establos. No había razón para que estuvieran tan juntos.Apreté los labios y me di la vuelta antes de que alguno de los dos me viera. Regresé a la casa co
El silencio se extendió entre nosotros como una cuerda a punto de romperse, y podía escuchar los latidos de mi propio corazón retumbando en mis oídos. También podía escucharlo respirar, pero ninguno de los dos habló. Quería huir de él, pero mis pies estaban pegados al suelo y no podía hacerlos mover.Finalmente, él apartó la mirada de mí y la bajó hacia la tierra. Cuando volvió a hablar, su voz era baja y casi cansada.—Valentina, tú no le tienes miedo a nada, así que tienes que decirlo frente a mí.Al principio no entendí lo que quería decir, pero luego me di cuenta de que quería que yo admitiera la verdad en su cara. Quería que dijera las palabras en voz alta para poder escucharlas.—¿Por qué debería contarte algo? —Mi voz salió temblorosa y débil—. Tú no me amas y yo no te amo. No tengo ninguna razón para esconderle mis sentimientos a nadie.Antes de que pudiera terminar mi frase, él me cortó y su voz fue afilada como un cuchillo cortando el aire.—Sí, pero estaremos legalmente cas
Desperté con el recuerdo de su rostro aún en mi mente. La luz de la linterna. Sus ojos oscuros. La forma en que me miró antes de que saliera corriendo. Toqué mis labios y recordé lo cerca que había estado de besarlo. Mi rostro ardía de vergüenza.Me miré en el espejo. La persona que me devolvía la mirada era una desconocida. Tenía ojeras y una tristeza que no reconocía. Ya apenas me conocía.Me dije a mí misma que había sido un error. Estaba comprometida. No podía pensar en otro hombre. Tenía que tener cuidado. Si mi padre se enteraba, enviaría a Alejandro lejos. No quería eso. Así que decidí evitarlo. Era la única forma de protegerme a mí misma y al honor de mi familia.Llamaron a mi puerta.—Valentina —dijo mi abuela—. ¿Vas a bajar a desayunar?—Sí —dije. Pero mi voz no sonaba como la mía.---El desayuno fue peor de lo habitual. Diego ya estaba en la mesa. Mi padre se sentaba a la cabecera. Doña Carmen también estaba allí, observándolo todo con sus viejos ojos afilados.Diego no me







