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Su esposa, esa desconocida
Su esposa, esa desconocida
作者: Seraphic

Accidente

作者: Seraphic
last update 公開日: 2026-10-18 21:20:37

Charlotte no entendía por qué su esposo sonreía. No hasta que escuchó aquellas palabras.

—Sí, el divorcio ya es definitivo.

El control remoto se le resbaló de la mano y cayó al suelo con un ruido sordo.

Se le cortó la respiración.

¿Divorcio?

Sus ojos permanecieron clavados en la pantalla del televisor, mientras su cuerpo entero se quedaba paralizado. Michael estaba de pie frente a una multitud de reporteros, sereno, seguro de sí mismo y feliz.

Demasiado feliz.

—Como todos saben —continuó con naturalidad—, he sido paciente.

Charlotte negó lentamente con la cabeza, entreabriendo los labios con incredulidad.

—No… No, eso no puede ser…

Le temblaban los dedos mientras se aferraba al borde de la mesa para mantenerse en pie.

Él nunca se lo había dicho.

Ni una sola vez.

Ni siquiera cuando estaba enfadado.

Ni siquiera durante sus peores discusiones.

Entonces, ¿cómo…?

¿Cómo era posible que estuviera allí, anunciando su divorcio al mundo entero como si ella no significara nada?

Michael era el único hombre al que había amado. No recordaba ninguna discusión acalorada que pudiera haberlo llevado a tomar una decisión semejante.

Era imposible que hubiera decidido divorciarse de ella y hacerlo público sin siquiera informarla primero.

¿Qué había pasado con entregarle los papeles del divorcio o, al menos, amenazar con divorciarse antes de tomar una decisión tan definitiva?

El solo hecho de pensarlo hizo que las lágrimas le recorrieran las mejillas mientras lo veía anunciar alegremente un divorcio que ni siquiera se había hecho efectivo todavía. Nunca, ni una sola vez, le había mencionado la posibilidad de divorciarse, ni siquiera durante sus peores momentos.

Charlotte se desplomó en el suelo y se apoyó en el sofá para no caer por completo.

El corazón le latía desbocado, la respiración se le aceleró y todo su cuerpo temblaba de miedo.

No podía entender por qué, pero la aterraba la idea de perderlo.

La sola posibilidad de recibir los papeles del divorcio de sus manos le provocó una repentina oleada de calor. Empezó a sudar y los ojos se le llenaron de lágrimas mientras luchaba por mantener la compostura.

—¿Es… un delito amarlo? Lo he amado con locura desde que éramos niños. ¿Qué más tengo que hacer para que me valore? —balbuceó con voz temblorosa.

Durante cinco años, había soportado un matrimonio abusivo, aguantando en silencio los insultos de Michael, de su suegra y de su cuñada. De vez en cuando, él incluso llegaba a golpearla.

Durante años, la habían convertido en el blanco de todas sus frustraciones, pero ella nunca se había quejado, aferrándose a la esperanza de que algún día él cambiara.

Pero se había equivocado. El maltrato solo había empeorado con el paso del tiempo.

El padre de Michael había sido un amigo íntimo del padre de Charlotte, además de su chofer personal.

Le había prometido al padre de Charlotte que ella y Michael acabarían juntos, y se había asegurado de que se casaran antes de fallecer.

En aquel entonces, Michael apenas mostraba interés en ella. Para él, no era más que una amiga.

Sin embargo, a medida que pasaban más tiempo juntos, terminó enamorándose de ella.

Se casaron poco después de que Charlotte se graduara de la universidad, pero todo cambió tras la muerte de su padre.

Desde entonces, ella había soportado una forma de maltrato tras otra.

A veces, incluso la encerraban y la dejaban sin comer durante un par de días antes de liberarla. Y, aun así, nunca le había contado nada de aquello a su padre.

Charlotte sorbió por la nariz y se secó las lágrimas del rostro.

—No puedo soportar este dolor —dijo, apretándose el pecho mientras respiraba con dificultad.

El dolor era demasiado intenso para soportarlo, pero aun así intentaba mantenerse fuerte.

Durante el último año, ya había sufrido bastante por su infertilidad. Los insultos de su suegra y de su cuñada parecían un castigo más que suficiente por el «delito» de amarlo.

A pesar de todas las humillaciones, se odiaba a sí misma por seguir deseando estar a su lado.

Michael le era infiel, y ella lo sabía. Sin embargo, cada vez que lo enfrentaba, él terminaba insultándola sin responder a ninguna de sus preguntas.

Michael era un hombre que siempre obedecía a su madre. Hacía prácticamente todo lo que ella le ordenaba.

Apenas un mes después de la muerte de su padre, todo había cambiado. Su madre había tomado el control de la empresa y ahora le daba órdenes, que él seguía obedientemente, como un tonto.

Durante los siguientes treinta minutos, Charlotte lloró hasta quedarse sin lágrimas.

Entonces, una idea se le pasó por la cabeza y la impulsó a levantarse del suelo.

Michael no regresaría a casa hasta bien entrada la noche, como siempre, cuando ella ya estuviera dormida.

Tenía tantas ganas de enfrentarse a él que no pudo contenerse. Subió las escaleras a toda prisa y regresó poco después con las llaves de su coche.

Corrió hasta el estacionamiento, se subió al vehículo y salió de la casa.

Charlotte conducía a toda velocidad hacia la oficina de Michael, mientras nuevas lágrimas le resbalaban por las mejillas.

Le temblaban las manos al volante, y siguió llorando durante todo el trayecto. Cuando estaba a apenas unos minutos de llegar a la oficina, apenas podía ver con claridad a través de las lágrimas.

Mientras intentaba secarse el rostro, otro coche se acercó a gran velocidad y chocó contra el suyo, provocando un terrible accidente.

Los transeúntes se agolparon alrededor de los vehículos destrozados. Algunos corrieron a socorrer a las víctimas y, poco después, ambos conductores fueron trasladados de urgencia a un hospital privado cercano.

En cuanto llegaron, los llevaron directamente a la sala de emergencias.

—¡Llamen a sus familiares! —ordenó un médico antes de entrar para atender a los heridos.

La recepcionista se acercó a las personas que habían llevado a las víctimas al hospital.

—¿Recuperaron sus teléfonos del lugar del accidente? —preguntó.

—Sí.

La recepcionista recogió ambos teléfonos y revisó el de Charlotte para localizar su contacto de emergencia. Al ver un contacto guardado con el nombre de Michael, decidió llamarlo.

El teléfono sonó cinco veces, pero él nunca contestó.

Preocupada, la recepcionista buscó otro número. Encontró uno identificado como el de su padre y marcó de inmediato.

El teléfono sonó y, al instante, alguien respondió.

—¡Hola! ¿Es usted el padre de la señorita Charlotte? Si es así, debe venir al hospital de inmediato. Su hija ha sufrido un accidente.

—Sí, soy su padre. ¿A qué hospital la han llevado, por favor? —preguntó él, respirando agitadamente, con el corazón latiéndole desbocado en el pecho.

—Al Hospital St. Grace —respondió la recepcionista.

En cuanto terminó de hablar, la llamada se cortó.

Miró el teléfono y se encogió de hombros antes de regresar a su escritorio.

Mientras tanto, las personas que habían llevado a Charlotte al hospital se marcharon para continuar con sus asuntos una vez que la recepcionista terminó la llamada.

Diez minutos después, el padre de Charlotte irrumpió en la recepción, jadeando y con el rostro desencajado por la preocupación.

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