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Dejar Ir

作者: Seraphic
last update 公開日: 2026-10-18 21:21:26

Tres semanas después del accidente que casi le cuesta la vida, Charlotte recibió finalmente el alta hospitalaria.

Fernández había conseguido cubrir los gastos médicos pidiendo dinero prestado, a pesar de su ya precaria situación económica.

Justo cuando estaban a punto de marcharse, el médico entró en la habitación con una hoja de papel en la mano.

—Lamento haberlos hecho esperar. Antes de irse, asegúrense de recoger estos medicamentos —dijo mientras le entregaba la receta a Fernández.

Él la tomó y luego miró a Charlotte.

La bata del hospital le quedaba holgada sobre el cuerpo frágil. Tenía el rostro pálido y la mirada perdida, como si estuviera atrapada en pensamientos de los que no podía escapar.

Michael no había ido a verla.

Ni una sola vez.

Ni para visitarla, ni para preguntar cómo estaba, ni siquiera para preocuparse por los gastos médicos.

—Señorita Charlotte —la llamó el médico con delicadeza.

Ella levantó lentamente la mirada.

—Supongo que su padre ya le ha explicado que deberá venir una vez por semana para hacerse una revisión.

Él se lo había mencionado, pero no le había explicado por qué.

Se sentía bien… o, al menos, lo bastante bien. Entonces, ¿por qué necesitaba hacerse revisiones con tanta frecuencia?

Una ligera sospecha cruzó por su mente, pero decidió no preguntar. Si le estaban ocultando algo, quizá fuera mejor no saberlo.

No estaba segura de poder soportar otro golpe.

—Está bien… Vendré —respondió en voz baja, sorbiendo por la nariz mientras intentaba contener las lágrimas.

—Muy bien. Puede marcharse.

Tras decir aquello, el médico se dio la vuelta y salió de la habitación.

Fernández se acercó para ayudarla, pero ella negó suavemente con la cabeza.

—Estoy bien. Puedo caminar.

Él no insistió.

A la salida del hospital, se quedaron junto a la acera, esperando un taxi.

—Vendrás a casa conmigo —dijo Fernández con firmeza—. Todavía necesitas descansar.

Charlotte negó con la cabeza.

—No puedo. Necesito ver a Michael… Necesito respuestas. Además, tengo que recoger mis cosas.

—Charlotte —dijo él con un suspiro—, no seas terca. No ha venido a verte en tres semanas. ¿De verdad crees que ahora le vas a importar?

Ella no respondió.

En lugar de hacerlo, levantó la mano para detener un taxi.

—Por favor, paga el trayecto antes de que me vaya.

Fernández vaciló, pero finalmente cedió. Le indicó la dirección a la conductora y pagó el viaje.

—Gracias —murmuró Charlotte mientras subía al taxi—. Nos vemos en casa.

El trayecto transcurrió en silencio.

Charlotte contemplaba el paisaje a través de la ventanilla, con los ojos empañados por las lágrimas.

Los recuerdos la asaltaron: momentos que alguna vez había atesorado y que ahora solo le causaban dolor.

Cinco años de matrimonio.

Cinco años… y nada que mostrar por ellos.

Ni siquiera un hijo.

Apretó las manos sobre su regazo.

Y, aun así, lo había intentado.

Siempre lo había intentado.

El taxi redujo la velocidad hasta detenerse.

Charlotte alzó la mirada.

La mansión se alzaba ante ella, exactamente igual que siempre, pero ahora le resultaba extraña.

Fría.

Poco acogedora.

Bajó despacio, con las piernas temblorosas. Por un instante, dudó.

Quizá no debería haber venido.

Pero ya era demasiado tarde. El guardia de seguridad la dejó pasar sin hacer preguntas.

Dentro, la casa estaba en silencio.

Demasiado silencio.

Se dirigió hacia las escaleras, pensando que quizá Michael estuviera arriba, cuando oyó unas voces procedentes de la cocina.

Redujo el paso y siguió el sonido. Al llegar a la entrada, sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.

Empujó la puerta.

Y se quedó paralizada.

Norah.

La prima de Michael.

Estaba allí, comportándose como si fuera la dueña de la casa.

Por un momento, Charlotte fue incapaz de moverse.

Entonces, Norah se volvió hacia ella.

La recorrió de arriba abajo con una expresión de absoluto desprecio.

—¿Qué haces aquí? —se burló—. ¿Quién ha dejado entrar a esta mujer apestosa e infértil?

Charlotte sintió una opresión en el pecho.

—Tú… —dijo con voz temblorosa—. Sabía que algo no iba bien contigo. ¿Cómo te atreves a quitarme lo que es mío?

Norah soltó una carcajada.

—¿Quitarte algo? No tienes nada que merezca la pena quitarte.

Cruzó los brazos.

—Si yo fuera tú, me marcharía antes de que llamara a seguridad.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Michael a sus espaldas.

El corazón de Charlotte dio un vuelco.

Estaba allí.

Por fin.

Pero, antes de que pudiera decir una palabra, Norah soltó un grito y cayó al suelo.

—¡Ay! ¡Me duele el vientre! ¡Michael, ayúdame! ¡Está intentando hacerle daño a mi bebé!

Charlotte abrió los ojos de par en par.

¿Un bebé?

Michael corrió hacia ellas y apartó a Charlotte de un empujón antes de arrodillarse junto a Norah.

—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? —preguntó angustiado.

—Ha intentado hacerle daño a nuestro bebé —gimió Norah, llevándose las manos al vientre.

Nuestro bebé.

Las palabras resonaron en la cabeza de Charlotte.

Se quedó inmóvil, atónita, incapaz de hablar.

—¿Qué haces aquí? —espetó Michael, volviéndose hacia ella—. ¿Y cómo te atreves a tocar a mi hijo?

Antes de que pudiera responder…

¡Paf!

La cabeza de Charlotte se volvió bruscamente hacia un lado.

Le ardía la mejilla.

Pero no gritó.

Ya estaba acostumbrada.

—Vete —dijo él con frialdad—. Antes de que haga algo de lo que pueda arrepentirme. Lo nuestro se ha acabado. Te enviaré los papeles del divorcio.

Charlotte sintió que el pecho se le oprimía mientras luchaba por respirar.

—Me dejaste sola en el hospital… —susurró—. ¿Y ahora también me echas de casa?

Las lágrimas le nublaron la vista.

—¿Qué hice mal? ¿Es porque no pude darte un hijo?

—Exactamente —intervino otra voz.

Charlotte se volvió.

Era su suegra.

—¿Es que no has hecho ya suficiente? —continuó la mujer—. Ya has arruinado su vida. ¿También tienes que acabar de destruirla?

—Pasé semanas en el hospital —dijo Charlotte con la voz quebrada—. Ninguno de ustedes vino a verme.

—Deberías haberte muerto —espetó su cuñada con frialdad.

Charlotte se quedó paralizada.

—¿Incluso tú…? —susurró.

—¡Basta ya! —la reprendió su suegra—. Si te hubieras muerto, al menos te habríamos dado un entierro digno.

—¡Ahora lárgate! —ordenó su cuñada, señalando la puerta.

Charlotte no se movió.

Volvió a mirar a Michael, aferrándose desesperadamente a la esperanza de que la aceptara de nuevo.

Le suplicó con la mirada, sin atreverse a pronunciar una palabra.

—Michael… por favor —rogó mientras caía de rodillas—. Todavía te quiero. Puedo cambiar. Te daré un hijo, te lo prometo…

Pero él ni siquiera la miró.

En cambio, estrechó a Norah entre sus brazos.

Esa fue su respuesta.

—No vas a quedarte aquí —dijo su suegra mientras la agarraba del brazo.

La arrastraron hasta la puerta.

Y la echaron a la calle.

La puerta se cerró de golpe tras ella.

Charlotte se desplomó en el suelo, con las lágrimas resbalándole por las mejillas.

Todo había terminado.

Todo.

Y, sin embargo…

Una parte de ella seguía aferrándose a Michael.

Seguía negándose a dejarlo ir.

Seguía esperando que él cambiara de opinión, la aceptara de nuevo y le permitiera regresar a casa, convencida de que quizá, esta vez, la trataría mejor.

Pero esa esperanza la aterraba más que cualquier otra cosa.

Porque su suegra seguiría allí.

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