ANMELDENEn lugar de irse a casa con su padre, Charlotte se dirigió a un parque lleno de parejas que reían y disfrutaban de la compañía mutua. Sus risas resonaban débilmente en sus oídos, como un recuerdo lejano al que ya no podía aferrarse. Se sentó en silencio en un banco, con la mirada perdida y los pensamientos hechos un nudo.
Tres semanas en el hospital. Tres largas semanas. Y Michael no había ido a verla ni una sola vez. Ni siquiera una llamada. Ni siquiera un mensaje. Debería habérselo esperado. En el fondo, sabía que algo así podía pasar, pero aun así le dolía más de lo que podía soportar. No era solo su ausencia; era la confirmación de todo aquello que llevaba tanto tiempo intentando ignorar. Sus dedos se cerraron ligeramente alrededor del teléfono que una pareja le había prestado. Ambos estaban a unos pasos de distancia, observándola con discreta preocupación. Se habían dado cuenta de que le temblaban las manos y de que su respiración era irregular, como si apenas lograra mantenerse entera. Charlotte bajó la cabeza y marcó el número de Michael. Cada dígito le pesaba más que el anterior. Cuando el teléfono empezó a sonar, se apartó unos pasos, necesitando algo de intimidad, como si la distancia pudiera darle fuerzas. El corazón le latía desbocado y sus labios se movían en silencio, formando una plegaria. Por favor… Solo esta vez. Contesta. —¿Hola? ¿Quién habla? —respondió Michael con voz tranquila y ligeramente adormilada. Se le hizo un nudo en la garganta. —Soy yo… Por favor, no cuelgues —dijo apresuradamente, con la voz temblorosa y cargada de desesperación—. Tenemos que hablar. No puedes hacerme esto. No he hecho nada malo. Hubo una breve pausa al otro lado de la línea. Entonces la oyó. La voz de una mujer. Suave, familiar de la peor manera posible. A Charlotte se le encogió el corazón. —¿Hablas en serio? —replicó Michael. Su tono se volvió frío de repente—. ¿Qué parte de que se acabó no entiendes? Ya te envié los papeles del divorcio. Están firmados. Charlotte se quedó paralizada. ¿Firmados? Su mente luchaba por asimilar aquella palabra. Ella no había firmado nada. Ni siquiera le habían entregado los documentos. Tampoco habían hablado del asunto. Entonces, ¿cómo era posible? —No… Por favor —suplicó con voz temblorosa, haciendo un esfuerzo por mantener la compostura—. Sé que esto no es lo que quieres. No dejes que tu madre… —No vuelvas a llamar a este número —la interrumpió bruscamente—. Si lo haces, te arrepentirás. La llamada se cortó. Durante unos instantes, Charlotte permaneció inmóvil, mirando fijamente el teléfono, como si este pudiera volver a la vida y Michael fuera a llamarla de nuevo para decirle que todo había sido un error. Pero no ocurrió nada. Poco a poco, bajó la mano. Regresó junto a la pareja y les devolvió el teléfono, obligándose a hablar. —Gracias —murmuró, evitando mirarlos a los ojos. Ellos no dijeron nada, pero la compasión que reflejaban sus rostros bastó para oprimirle el pecho una vez más. Charlotte se dio la vuelta y regresó al banco. Esta vez, no intentó contener las lágrimas. Le resbalaron libremente por las mejillas, dejando un rastro cálido sobre su piel. No sollozó ni hizo ruido. Simplemente se quedó sentada, dejando que todo lo que llevaba dentro se derrumbara poco a poco. Las risas a su alrededor parecían ahora lejanas. Casi burlonas. Como si el mundo entero siguiera adelante sin ella. Apretó los labios, intentando recomponerse, pero fue inútil. La opresión en el pecho no hacía más que aumentar, hasta dejarla casi sin aliento. Incapaz de soportar las miradas que empezaba a atraer, Charlotte se levantó y se dirigió al baño. Una vez dentro, entró en uno de los cubículos y cerró la puerta con pestillo. Y entonces se derrumbó. Los sollozos brotaron de golpe, desgarradores e incontrolables, y resonaron contra las paredes del pequeño espacio. Se tapó la boca con una mano para amortiguar el sonido, pero fue inútil. Todo lo que había reprimido durante semanas salió a la superficie. El dolor. La humillación. La traición. Nadie había ido a verla para saber cómo estaba. Nadie había llamado a la puerta. Y, por primera vez, ni siquiera esperaba que alguien lo hiciera. Ya estaba acostumbrada. A estar sola. A que la ignoraran. A que la dejaran atrás. Pasaron los minutos, aunque no habría sabido decir cuántos. El tiempo había perdido todo significado. Finalmente, los sollozos fueron apagándose hasta convertirse en respiraciones entrecortadas y silenciosas. Unos treinta minutos después, Charlotte salió del cubículo. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos, y el rostro pálido, pero algo en su expresión había cambiado. El dolor seguía ahí, aunque ahora parecía haberse transformado en algo más silencioso… más vacío. Se acercó al lavabo, abrió el grifo y se echó agua fría en la cara. Después, se quedó contemplando su reflejo durante un largo rato, apenas capaz de reconocer a la mujer que le devolvía la mirada. Estaré bien, se dijo en silencio. Tengo que estarlo. No tenía a nadie más en quien confiar. Nadie que fuera a consolarla. Tras permanecer unos segundos más frente al espejo, esbozó una pequeña sonrisa que no llegó a iluminarle los ojos y se dio la vuelta. Cuando regresó al parque, eligió otro banco, más alejado del lugar donde había estado antes. Esta vez, procuró mantenerse apartada, como si necesitara poner distancia entre ella y todo lo que la rodeaba. Observó a las parejas en silencio. Se reían, se tomaban el pelo y se acurrucaban unos contra otros, como si el mundo les perteneciera. Al cabo de un rato, Charlotte apartó la mirada y esbozó una sonrisa triste. Ella nunca había tenido algo así. Ni una sola vez. Ni siquiera al principio. —Hola, querida. Charlotte parpadeó, sobresaltada, y levantó la vista. Frente a ella había una mujer mayor, de postura erguida y expresión serena. A pesar de la suave sonrisa que curvaba sus labios, sus ojos tenían una mirada inusualmente penetrante. —¿Estás aquí sola? —preguntó la mujer. Charlotte vaciló antes de asentir ligeramente. La mujer la observó con atención, como si pudiera ver a través de todas las barreras que Charlotte había levantado a su alrededor. —Te acaban de romper el corazón, ¿verdad? —preguntó con calma. Charlotte se puso tensa. —¿Cómo…? —Te oí hablar por teléfono —respondió la mujer con sencillez—. Además, se te nota en los ojos. Charlotte apartó la mirada, incómoda. —No necesito que nadie se compadezca de mí —murmuró. La mujer soltó una risita suave. —No te estoy ofreciendo compasión. Charlotte frunció ligeramente el ceño, confundida. —Te estoy ofreciendo una salida. Parpadeó, desconcertada. —¿A qué se refiere? La mujer dio un pequeño paso hacia ella, sin apartar la mirada. —Cásate con mi hijo. Charlotte se quedó mirándola, convencida de haber oído mal. —¿Qué? —No tienes que amarlo —continuó la mujer tranquilamente—. Solo tienes que aceptar. Tu vida cambiará. Charlotte soltó una risita incrédula y negó con la cabeza. —Acabo de divorciarme. ¿Por qué iba a meterme en otro matrimonio? La mujer no pareció ofenderse por su reacción. En cambio, la observó con más atención, como si estuviera evaluando algo. —Porque, si sigues así, acabarás destruyéndote —respondió en voz baja. Charlotte se quedó paralizada. Aquellas palabras la afectaron más de lo que esperaba. Aun así, negó con la cabeza. —No me interesa. Se puso de pie y agarró el bolso con fuerza, dispuesta a marcharse. Aquella conversación era absurda. Su vida acababa de hacerse pedazos y, ahora, aquella mujer le proponía otro matrimonio como si fuera la solución a todos sus problemas. Charlotte se dio la vuelta para alejarse. —Pon tú el precio —dijo la mujer tranquilamente a sus espaldas. Charlotte se detuvo. Vaciló antes de dar el siguiente paso. —Y yo lo pagaré.Los Blackwood no dejaban de elogiar a Michael por lo convincente que había sido durante la entrevista. Sus palabras y su actuación hacían que todo pareciera creíble, como si nunca hubiera maltratado a Charlotte. Según él, todo había ocurrido en un arrebato de ira. Su amor por ella había sido lo bastante fuerte como para impulsarlo a descubrir quién había orquestado supuestamente todo aquello.Ante el público, todo parecía un caso de celos: el de un esposo que había actuado impulsivamente, dejándose llevar por sus emociones. Esa era la razón que había dado para anunciar el divorcio de manera tan pública. Afirmar que nunca le había entregado los documentos del divorcio a Charlotte era mentir, pero se trataba de una mentira cuidadosamente elaborada para que el mundo la creyera.—Lo has hecho muy bien —dijo María con entusiasmo—. Ahora regresaremos a casa. Asegúrate de que la visita transcurra sin problemas.La entrevista quizá había terminado, pero la visita al hospital era mucho más imp
Aún era de madrugada cuando Internet se llenó de noticias sobre los Blackwood y su exesposa, Charlotte. Michael recibió una oleada de críticas por supuestamente querer recuperarla, a pesar de todo lo que le había hecho.Se había filtrado una nota de voz de una conversación entre Fernández y una persona anónima, lo que avivó las sospechas y desató aún más críticas. Muchos de los que la habían escuchado no hicieron más que condenar a Michael por no haber cuidado de Charlotte mientras ella estaba hospitalizada.Ansioso por limpiar su nombre, Michael organizó rápidamente una entrevista. Se puso en contacto con un reportero por teléfono y programó el encuentro para primera hora de la mañana.Pero no se detuvo ahí. Para reforzar su versión de los hechos, ordenó a su equipo de seguridad que encontrara a alguien dispuesto a asumir la culpa, alguien que aceptara confesar que había orquestado todo a cambio de dinero.A las siete de la mañana, Michael ya había salido de casa para reunirse con el
Fernández no tenía mucho que hacer en casa. Escogió algunas cosas para su hija y se obligó a comer como era debido, algo que no había hecho desde que comenzaron los problemas relacionados con el divorcio. Sentía una presión en el pecho, pero se esforzó por mantener la calma mientras pensaba qué hacer y cómo mantener a los Blackwood alejados de su familia.Había intentado averiguar por qué habían reaparecido de repente, pero, al carecer tanto de influencia como de poder económico, no había conseguido obtener la información que necesitaba.Cuando estuvo listo, tomó la pequeña bolsa que había preparado para su hija y se dirigió a la salida. Justo cuando llegaba a la puerta, su teléfono sonó con fuerza, obligándolo a detenerse.El nombre que apareció en la pantalla lo hizo vacilar. Era la empresa de préstamos. Había prometido realizar pagos semanales, pero ni siquiera había conseguido abonar la primera cuota.Su trabajo se había visto interrumpido por el estado de salud de su hija, y no h
La familia Blackwood no se detendría ante nada para llevar sus vidas a la perfección, convencida de que estaba muy por encima del resto de las élites.Al salir del hospital, Michael convocó una reunión con las partes interesadas para tratar el asunto de las firmas que llevaban tiempo exigiéndole. La hospitalización de Charlotte, la persona que debía firmar los documentos, le venía de maravilla, pues le permitía posponer el asunto. Si conseguía que aceptaran esperar un poco más, podría visitarla primero y convencerla personalmente de que firmara.Las partes interesadas accedieron a acudir al hospital para comprobar su estado antes de tomar cualquier otra decisión.Todo salió exactamente como Michael lo había planeado.Cuando regresó a casa con su amante, el asunto había quedado zanjado temporalmente. Estaban sentados a la mesa del comedor, cenando, cuando su hermana Molly rompió el silencio.—Mamá, ¿qué pasa con el dinero que te pedí? Necesito tenerlo todo listo antes de que termine la
La visita de Xavier al hospital no salió como esperaba, pues se encontró con el médico en compañía de Michael y su madre. Ambos parecían sinceramente preocupados por Charlotte, pero Xavier sabía que las cosas no eran así.Michael estaba sentado junto a Charlotte, en la cama del hospital, dándole de comer. Sin embargo, eso no impidió que Xavier entrara en la habitación con paso firme y dejara clara su presencia.Abrió la puerta de golpe, haciendo suficiente ruido como para llamar la atención de todos. Las miradas se dirigieron inmediatamente hacia él.Michael sabía perfectamente quién era. No cabía duda. Xavier dirigía una empresa que ocupaba el segundo puesto en el mundo de los negocios. Michael competía con ella y esperaba derrotarla algún día para arrebatarle ese lugar. Solo entonces podría enfrentarse a Xavier en igualdad de condiciones. Pero ese día aún no había llegado. Y ahora lo tenía justo delante.—¡Señor Xavier! ¡Qué oportuno! —exclamó el médico—. Justo estaba hablando de us
La situación era complicada para Xavier, sobre todo ahora que se veía directamente involucrado. No sabía si debía seguir los deseos de su abuela o mantenerse al margen de todo aquello. El problema no era sencillo: estaban legalmente casados. Se trataba de un matrimonio civil. E incluso si decidía seguir adelante, las cosas podían salirse fácilmente de control con su abuela en medio de todo.Si ella no lo hubiera involucrado desde el principio, no estaría ahora en un hospital, metido en una disputa por una mujer que no recordaba nada, ni siquiera a su propio padre.Caminaba en silencio de un lado a otro por el salón, mientras su asistente permanecía a unos pasos de distancia, observándolo atentamente. No era un asunto de negocios que pudiera resolver simplemente recurriendo a la lógica. Se trataba de un matrimonio. Uno complicado y arriesgado.No podía casarse sin más con una mujer que todavía no se había divorciado legalmente de su anterior marido.Soltó el aire lentamente y se volvió







