LOGINSIETE AÑOS DESPUÉS—¡¡¡PAPAAAAAAAAÁ!!!Adrian Cross había negociado adquisiciones multimillonarias, sobrevivido a intentos hostiles de adquisición, enfrentado a competidores despiadados y soportado suficientes reuniones de negocios como para hacer que cualquier hombre corriente cuestionara todas las decisiones que lo habían llevado hasta su carrera.Sin embargo, ninguna de esas experiencias lo había preparado para el pequeño huracán que en ese momento atravesaba corriendo la puerta principal de su casa.—¡Papá!Apenas tuvo tiempo de dejar el teléfono antes de que una niña con uniforme escolar rosa se lanzara a sus brazos.Adrian la atrapó sin esfuerzo.—¡Lily Cross!Su hija soltó una risita mientras él la levantaba en brazos.—Has llegado temprano a casa —dijo, besándole la mejilla—. ¿Me has echado de menos?—No.Adrian se quedó boquiabierto.—¿No?Ella negó solemnemente con la cabeza.—He echado más de menos a mamá.Adrian se quedó mirándola.Durante tres segundos enteros, pareció co
Las puertas del hospital se abrieron deslizándose.Adrian apenas esperó a que el coche se detuviera antes de salir.—Vivian, ya llegamos.Ella asintió, pero tenía los dedos tan apretados alrededor de los de él que podía sentir cómo le temblaban las manos.Otra contracción la había dejado agotada, y la incertidumbre en sus ojos le estaba destrozando el corazón.Había pasado todo el trayecto intentando mantener la calma por ella.Le había dicho que irían paso a paso.Le había prometido que permanecería a su lado.Pero en cuanto vio la entrada del hospital, con sus luces brillantes y el ir y venir apresurado de la gente, todo el miedo que había estado reprimiendo amenazó con consumirlo.Podía enfrentarse a crisis empresariales.Podía soportar escándalos públicos.Podía lidiar con una sala llena de personas que intentaran destruir su reputación.Pero nunca en su vida se había sentido tan impotente.—Vamos —murmuró mientras le abría la puerta—. Entremos.Una enfermera los recibió en la ent
La mujer que había pasado dos semanas buscando finalmente estaba de pie al otro lado de la puerta.Durante varios segundos, ninguno de los dos se movió.Adrian Cross había imaginado aquel momento de mil maneras diferentes.En algunas versiones, Vivian le gritaba.En otras, le cerraba la puerta en la cara antes de que pudiera pronunciar una sola palabra.A veces, en los rincones más crueles de su imaginación, ella lo miraba con una indiferencia que le dejaba claro que ya no significaba nada para ella.Se había preparado para la ira.Para las lágrimas.Para el rechazo.Había ensayado disculpas en el avión, en su habitación de hotel, en el asiento trasero de un automóvil y durante innumerables noches de insomnio.Sin embargo, nada lo había preparado para verla.Vivian.Su Vivian.De pie frente a él.Viva.Real.Lo bastante cerca como para que pudiera tocarla si extendía la mano.Parecía un sueño.No.Parecía una pesadilla, porque Adrian estaba aterrorizado ante la idea de que el más míni
Adrian Cross desapareció un martes.Sin anuncios.Sin ruedas de prensa.Sin una sospechosa caravana de coches negros estacionándose frente a su oficina.Sin ningún despegue de su jet privado captado por algún fotógrafo demasiado entusiasta en el aeropuerto.Nada.Un momento, era el multimillonario cuyo rostro había aparecido en todos los canales de noticias durante semanas. Al siguiente, había desaparecido sin dejar rastro.Los periodistas acampados frente a Cross Enterprises fueron los primeros en notarlo.A las ocho de la mañana, todavía estaban detrás de las barreras, sosteniendo cámaras y micrófonos, esperando al hombre que recientemente había suplicado a su esposa desaparecida que regresara a casa durante una transmisión en vivo vista por millones de personas.A las diez, empezaron a impacientarse.Al mediodía, alguien había llamado a la recepción de la empresa para preguntar si Adrian tenía previsto aparecer.A las dos, tres medios de comunicación diferentes habían publicado art
Adrian Cross estaba perdiendo la paciencia.No con los abogados.Ni con los reporteros que seguían acampando frente a su oficina, esperando atraparlo haciendo otra declaración.Ni siquiera con Sharon y Marcus, cuyos problemas legales apenas estaban comenzando.Estaba perdiendo la paciencia con el silencio.El silencio que lo recibía cada mañana cuando despertaba.El silencio que lo seguía hasta su oficina.El silencio que llenaba el dormitorio que una vez había compartido con Vivian.Y el silencio que respondía a cada mensaje que le enviaba a la mujer que amaba.Habían pasado días desde su transmisión en directo.Días desde que se había tragado el orgullo y había suplicado a millones de desconocidos que lo ayudaran a llegar hasta su esposa.Días desde que le había dicho al mundo que quería que Vivian Lane regresara a casa.Y, aun así, nada.Ni una llamada.Ni un mensaje.Ni siquiera una sola palabra que le confirmara que había visto la transmisión.No sabía si había llorado mientras l
Adrian Cross nunca había sido un hombre que suplicara.Había construido un imperio con sus propias manos, sobrevivido a traiciones en las salas de juntas, enterrado a sus padres y aprendido a mantener una expresión tan fría que incluso sus colaboradores más cercanos a veces tenían dificultades para descifrar lo que estaba pensando.Él era Adrian Cross.El multimillonario que nunca perdía.El hombre cuyo nombre abría puertas, cuya firma movía millones y cuyo silencio a menudo resultaba más aterrador que las amenazas de cualquier otro hombre.Pero aquella mañana, cuando sus abogados colocaron los documentos finales frente a él, Adrian descubrió algo mucho más importante que su reputación.Había ganado la batalla para limpiar su nombre.Y había perdido a la mujer que una vez había conseguido que su casa se sintiera como un hogar.—¿Señor Cross?Adrian levantó la mirada de los documentos.Jonathan Hayes, su abogado principal, estaba sentado frente a él en la sala de reuniones privada. Dan







