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Capitulo 28: Líneas de Ataque.

Author: JJBenitez
last update publish date: 2026-09-12 11:11:36

Dos días después, Leonor caminaba con paso apresurado hacia la mesa del fondo de una cafetería apartada en el centro de la ciudad. El lugar estaba casi vacío. Allí la esperaba un hombre de mediana edad, vestido con una chaqueta oscura, que mantenía un sobre de manila plano sobre sus piernas.

Al verla llegar, el hombre asintió brevemente y esperó a que ella se sentara frente a él.

—Aquí está lo que me pediste —dijo el hombre en voz baja, poniendo el sobre sobre la mesa, pero manteniendo su mano
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    Después de la comida, se reunieron en la sala principal. Eleanor Macalister se mostraba emocionada y cercana con Helena; la rodeó de atenciones y preguntas sobre su salud, mientras le acariciaba el vientre con ternura. Leonor se acercó e intentó saludar a su suegra. Eleanor le respondió únicamente por cortesía, con un gesto rígido que no ocultaba su descontento.Leonor se sentó al extremo de un sofá largo. Observaba en silencio cómo hablaban con tanta naturalidad y cómo los sirvientes servían el vino. Cada vez que intentaba intervenir, Eleanor apenas le dirigía la palabra y se limitaba a asentir de forma cortante, ignorando deliberadamente sus comentarios.Edward Spencer, el padre de William, estaba muy feliz. No dejaba de repetir que el apellido ahora tendría dos herederos legítimos para asegurar los negocios de la familia. Se dio la vuelta hacia Helena, la miró con aprobación y le dijo que se veía muy bien, añadiendo que William parecía estar cuidándola como correspondía. Helena so

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    Al día siguiente, Leonor se detuvo frente a la pequeña casa de ladrillo. Vestía un traje sastre gris, llevaba el cabello rígidamente recogido y sostenía una carpeta de piel negra contra el pecho. Subió los tres escalones del porche y tocó la puerta con firmeza.La enfermera abrió tras quitar el cerrojo, observando con desconfianza la vestimenta formal de la visitante.—Buenos días —dijo Leonor con tono seco y profesional—. Soy la licenciada Anna Miller, supervisora del departamento de auditoría del servicio de atención médica domiciliaria del condado. Estamos realizando inspecciones aleatorias para evaluar el desempeño del personal contratado y el estado cognitivo de los pacientes bajo el programa de asistencia.La enfermera abrió más la puerta, visiblemente tensa.—Ah, buenos días. Pase, por favor. Soy Marta. No nos habían avisado de ninguna auditoría hoy.—Son visitas sin previo aviso para garantizar la veracidad de los reportes diarios —respondió Leonor, entrando al vestíbulo y abr

  • Subrogada para el Millonario    Capitulo 28: Líneas de Ataque.

    Dos días después, Leonor caminaba con paso apresurado hacia la mesa del fondo de una cafetería apartada en el centro de la ciudad. El lugar estaba casi vacío. Allí la esperaba un hombre de mediana edad, vestido con una chaqueta oscura, que mantenía un sobre de manila plano sobre sus piernas.Al verla llegar, el hombre asintió brevemente y esperó a que ella se sentara frente a él.—Aquí está lo que me pediste —dijo el hombre en voz baja, poniendo el sobre sobre la mesa, pero manteniendo su mano encima—. No fue fácil, pero logré armar el expediente completo de Helena.Leonor miró el sobre con atención y extendió la mano.—¿Está todo? No me sirven datos a medias.—Está todo —aseguró él, soltando el papel—. Toda su información personal. Su historial desde la época en que vivía en la Isla de Wight. Movimientos, registros, todo lo que hizo allá antes de regresar.Leonor abrió el sobre con cuidado y sacó las primeras hojas. Pasó la mirada rápidamente por los renglones, confirmando las fechas

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    Al día siguiente, el resto de la mañana transcurrió en una calma tensa. Desde su ventana, Leonor vio a Clara bajar al jardín a tender unas sábanas y luego caminar hacia el ala de servicio. Juana subió a los pocos minutos fingiendo limpiar los marcos de las ventanas del pasillo. Al pasar junto a Leonor, le hizo una leve inclinación de cabeza: la enfermera estaría ocupada en el sótano al menos por la próxima media hora y Helena estaba sola.Leonor no lo pensó dos veces. Cruzó el pasillo a paso firme y giró el picaporte de la alcoba de Helena.Entró a la habitación y cerró la puerta con un golpe seco. Helena, que estaba sentada junto a la ventana leyendo un libro con la mano en la panza, levantó la vista. Al ver de quién se trataba, se puso rígida y dejó el libro a un lado.—¿Qué hace aquí? —preguntó Helena, tratando de sonar segura—. Usted no puede esta aquí.—Esta es mi casa y entro a donde me da la gana —respondió Leonor, caminando hacia ella sin apuro—. Vine a ver cómo estás. Y a dec

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    A la mañana siguiente, William cumplió su palabra. Antes de irse a trabajar, pasó por la habitación de Helena, pero no venía con las manos vacías. Traía una bolsa de papel pequeña y discreta. Sentado al borde de la cama, vio cómo Helena abría el paquete con timidez. Adentro había una peineta de carey con incrustaciones de plata y un chal de lana fina, de un tono gris azulado.Al tocar la peineta, Helena sintió un golpe frío en el pecho. Por un segundo, la mente se le fue a un recuerdo difuso: su propio rostro, sonriendo mientras se peinaba frente a un espejo. Sacudió la cabeza suavemente para alejar el pensamiento y le sonrió a William, agradecida por el detalle.Ese fue solo el comienzo. Durante los días siguientes, la rutina se repitió. William empezó a dejarle pequeños regalos casi a diario: un frasco de perfume a medio usar pero de aroma exquisito, unos aretes de perlas pequeñas y un libro de poesía con las páginas gastadas. Helena recibía todo con una mezcla de alegría y descon

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    Pero el peligro seguía acechando muy cerca. Varios metros por encima de ellos, en la penumbra del segundo piso, las cortinas de una de las habitaciones se abrieron apenas unos centímetros. Leonor estaba de pie junto a la ventana, oculta en la oscuridad. Desde ahí arriba, la vista del jardín era perfecta. Tenía los ojos fijos en la pareja, llenos de rabia, mirando cómo William abrazaba a Helena y cómo le acariciaba esa panza que ella tanto había anhelado. Aunque no podía escuchar lo que decían, los gestos se lo decían todo: se amaban, planeaban un futuro y ella ya no encajaba ahí.La furia le recorrió las venas como fuego. Apretó los dedos contra el marco de la ventana con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Su respiración se volvió pesada y cortada. Sentía que la estaban borrando de su propia vida para cambiarla por una intrusa.—Disfruta mientras puedas —susurró Leonor para sí misma, con una voz llena de veneno—. Crees que te vas a quedar con mi casa, con mi esposo

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