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Capítulo 6: Bajo la tormenta

Penulis: Jerinson Gómez
last update Tanggal publikasi: 2026-09-18 20:40:01

El retumbo del trueno hizo temblar los ventanales del rascacielos. Afuera, la lluvia caía como una cortina tupida sobre la ciudad; adentro, la oficina principal estaba en penumbras, iluminada apenas por los relámpagos y los destellos de las pantallas encendidas.

—El sistema eléctrico del edificio acaba de colapsar —dije, mirando la pantalla del teléfono sin señal—. No hay ascensores y las salidas de emergencia están bloqueadas por el protocolo de seguridad.

Gabriel ni siquiera se inmutó. Siguió de pie junto a la cristalera, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y la camisa blanca con las mangas remangadas hasta los codos.

—Entonces estamos atrapados, Elena.

—¿Y lo dices así de tranquilo? Tengo que salir de aquí.

—No vas a ir a ninguna parte con esta tormenta. Siéntate y cálmate.

—¡No me pidas que me calme! —le espeté, dando un paso hacia él—. Lleva todo el día buscándome la boca, acorralándome en los pasillos, y ahora la vida me encierra contigo aquí.

—Tú sola te pones en esa posición —respondió él, girándose despacio para mirarme—. Nadie te obligó a subir los informes a estas horas.

—Subí porque me amenazaste con auditorías si no te entregaba los cierres hoy mismo.

—Sabías perfectamente a lo que venías.

—¡Vine a trabajar, Gabriel!

—Mientes.

Dio dos pasos al frente, cortando la distancia entre los dos. El olor a lluvia mezclado con su loción me golpeó la memoria, trayéndome el recuerdo de sus manos recorriendo mi piel.

—No me mires así —murmuré, dando un paso atrás hasta que mis muslos tropezaron contra el borde de su enorme escritorio de caoba.

—¿Cómo te estoy mirando?

—Como si fuera tuya.

—Es que eres mía, Elena. Aunque te pongas esos trajes cerrados hasta el cuello y me pongas cara de odio delante de la junta directiva.

Le solté un manotazo en el pecho para alejarlo, pero él me atrapó la muñeca antes de que pudiera tocarlo. La presión de sus dedos era firme, sin llegar a lastimarme, pero lo suficientemente fuerte para paralizarme.

—Suéltame.

—Dímelo mirándome a los ojos.

—Suéltame, por favor...

—No vas a ningún lado.

Un nuevo trueno retumbó, más fuerte que el anterior, y las luces de emergencia parpadearon antes de apagarse por completo. Quedamos a oscuras, solo iluminados por el resplandor azulado de los rayos. Gabriel aprovechó mi sobresalto para pegarse a mi cuerpo, acorralándome contra el mueble de madera.

—Sientes cómo estás temblando, ¿verdad? —susurró él contra mi oído, bajando la mano libre hasta mi cintura.

—Es el frío de la oficina.

—No es frío y lo sabes. Tu corazón está que se sale del pecho.

—Te odio... Te juro por Dios que te odio con todas mis fuerzas.

—Demuéstralo entonces. Empújame, Elena. Vete a la puerta.

Traté de poner las manos contra sus hombros para apartarlo, pero al sentir la firmeza de sus músculos bajo la tela de la camisa, mis dedos se traicionaron a sí mismos y se engancharon en su cuello. Su aliento caliente rozaba mis labios.

—Eres un maldito manipulador —reclamé, respirando con dificultad.

—Y tú eres una mentirosa que se muere porque la bese.

Gabriel no me dio tiempo de responder. Apoyó su boca contra la mía con una ferocidad que me sacó un gemido del pecho. El beso fue hambriento, directo, sin rodeos. Me tomó de la nuca, despeinándome el recogido del cabello con brusquedad, mientras sus labios devoraban los míos sin dejarme espacio para respirar.

Le devolví el beso con la misma rabia acumulada de todo el día. Mis manos pasaron de sus hombros a su cabello, tirando de él para pegarlo más a mí. El choque de nuestros cuerpos resonó en la oficina vacía.

—Gabriel... —logré articular cuando separó apenas un milímetro sus labios para buscar mi cuello.

—¿Qué quieres, Elena? Dime qué quieres.

—No me hagas esto aquí...

—Aquí mismo. Sobre la mesa donde me firmaste los balances esta mañana.

Sin romper el contacto de sus labios contra mi garganta, Gabriel metió sus manos por debajo de mi chaqueta de sastre. Escuché el chasquido del botón al ceder y sentí el aire frío de la noche rozarme la piel expuesta. Sus manos eran fuego puro contra mi abdomen.

—Alguien puede subir por las escaleras... —dije, arqueando la espalda al sentir sus besos bajar por mi clavícula.

—El piso está cerrado con clave. Nadie va a interrumpirnos.

—Eres despiadado.

—Solo contigo.

Me tomó de los muslos y me levantó con una facilidad que me dejó sin aire, sentándome de un golpe sobre el escritorio de caoba. Varios folletos y plumas cayeron al suelo con un ruido sordo, pero a ninguno de los dos nos importó. Gabriel se metió entre mis piernas abiertas, pegando su cadera a la mía con una urgencia que no disimulaba nada.

—Mira lo que me haces —murmuró con la voz enronquecida, bajando la mano hacia el cierre de mi falda.

—Tú te lo buscas... Tú me provocas hasta que me vuelvo loca.

—Me encanta verte perder el control.

Bajó el cierre con un movimiento seco. Sentí sus dedos fríos rozar la parte interna de mis muslos, subiendo despacio, provocando que se me erizara hasta el último vello del cuerpo. Ahogué un grito contra su hombro cuando sus manos encontraron mi intimidad humedecida.

—Gabriel, por favor...

—¿Por favor qué? ¿Que pare o que siga?

—No pares... No te atrevas a parar.

Él soltó una risa baja, cargada de satisfacción y triunfo. Se desabrochó el cinturón con una sola mano, sin dejar de mirarme a los ojos con esa oscuridad dominante que me deshacía por dentro.

—Mírame bien, Elena. Que no se te olvide nunca quién te hace sentir así.

—Eres un egoísta.

—Soy el único hombre que te tiene en sus manos.

Se acomodó entre mis piernas y me poseyó de un solo impulso firme, profundo, haciendo que me agarrara con fuerza a sus hombros mientras soltaba un gemido alto que rebotó en los cristales. La sensación me atravesó el cuerpo como una descarga eléctrica.

Él no me dio tregua. Marcó un ritmo acelerado desde el primer segundo, sujetándome con firmeza de las caderas para mantener la embestida sobre la mesa. La madera crujía a cada movimiento, pero la tormenta afuera tapaba los sonidos de nuestra propia locura.

—Gabriel... MÁS... —le pedí, clavándole las uñas en la espalda a través de la camisa.

—Vas a decir mi nombre toda la noche.

—Te odio... Ah... Dios mío...

—Dilo otra vez.

Apretó el ritmo, llevándome al límite con cada estocada. Mis piernas se enredaron en su cintura, buscando más contacto, más profundidad, borrando de mi mente cualquier racho de sensatez, de trabajo o de dignidad. Solo existíamos su cuerpo duro contra el mío y las luces de los rayos iluminando intermitentemente nuestro desastre.

—Gabriel, no puedo más... Me voy a caer...

—No te vas a caer. Te tengo yo.

Me sujetó por la espalda y me pegó a su pecho sin dejar de moverse dentro de mí, haciendo que cada embestida fuera aún más profunda. Sentí la presión acumularse en el vientre, una ola de calor que me nubló la vista por completo. Apreté los labios contra su cuello, mordiéndole la piel mientras el orgasmo me sacudía en espasmos violentos que me dejaron sin respiración.

Gabriel soltó un gruñido grave contra mi oído al sentir mi apretón, acelerando sus últimos movimientos hasta entregarse por completo dentro de mí con una sacudida intensa.

Quedamos abrazados en la penumbra, escuchando únicamente nuestras respiraciones agitadas y el golpeteo incesante de la lluvia contra las ventanas. Mi cabeza reposaba en su hombro, sintiendo el sudor de su piel y el latido desbocado de su corazón.

—Esto no cambia nada —susurré con la poca voz que me quedaba, intentando recuperar el aire.

Gabriel se separó un poco para mirarme, acomodándome un mechón de cabello detrás de la oreja con una delicadeza que me dio escalofríos.

—Lo cambia todo, Elena. Mañana a las ocho te quiero en este mismo escritorio. Y vas a mirarme a la cara sabiendo lo que hicimos aquí.

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