FAZER LOGINEl olor a perfume francés costoso inundó el pasillo del piso cuarenta y dos antes de que pudiera levantar la vista de mi computadora. Escuché el taconeo firme, elegante y sin prisa aproximarse a la recepción de Beatriz.
—Buenos días. Busco a Gabriel —dijo una voz femenina, refinada, educada en los colegios más caros del país—. Sé que está ocupado, pero no necesita anunciarme. Me asomé por la rendija de la puerta de mi cubículo. Era Victoria de la Torre. La vi perfecta, luciendo un vestido de seda marfil que le amoldaba la figura sin esfuerzo y una sonrisa de absoluta pertenencia. Traía en las manos un sobre de cuero y una bolsa de una boutique exclusiva. —Señorita Victoria, el señor director está en una teleconferencia con los inversores de Londres —alcanzó a decir Beatriz, levantándose deprisa. —No te preocupes, Beatriz. Le dejaré el almuerzo en su escritorio y esperaré adentro —respondió ella, pasando de largo sin pedir permiso. Giré la manija de mi puerta y salí al pasillo justo cuando Victoria iba a tocar la doble puerta de caoba. Al verme, se detuvo un segundo y me recorrió de pies a cabeza con una mirada cargada de condescendencia. —¿Tú debes ser Elena, verdad? La nueva analista de la que tanto habla el consejo —dijo, dedicándome una sonrisa fingida que no le llegaba a los ojos. —Señorita De la Torre. Buenos días. El señor Gabriel pidió explícitamente no ser interrumpido por nadie durante esta reunión. —Entiendo tu celo profesional, querida, pero ese protocolo aplica para los empleados. Yo soy su prometida. Esa sola palabra se me clavó en el pecho como una aguja helada. La promesa de matrimonio de la que todos hablaban en los pasillos pero que yo había decidido ignorar en la oscuridad de la noche anterior. Victoria caminó hacia la puerta, giró la manija y entró al despacho como si fuera la dueña del lugar. Giré sobre mis talones y volví a mi puesto con el pulso desbocado. Me senté frente al monitor encendido, pero las filas de números contables se borraron por completo de mi mente. Estaba paralizada. Entendí la realidad de la manera más cruel y directa: Victoria no era una intrusa, era la promesa legítima, la mujer aceptada por la familia de Gabriel, la junta directiva y toda la alta sociedad. Ella tenía el derecho de cruzar esa puerta sin tocar, de dejarle el almuerzo y de reclamar su lugar. ¿Y qué era yo? Una empleada sin nombre, sin puesto seguro y sin un solo derecho a sentir celos o pedir explicaciones. Aunque en ese preciso instante Gabriel la estuviera abrazando detrás de esa pared de caoba, yo no tenía la menor autoridad para protestar. Solo me quedaba tragarme la humillación, apretar los puños en el escritorio y aguantar el ardor que me quemaba las entrañas. Me pasé las manos por la cara, sintiendo un asco profundo hacia mí misma. Una y otra vez me había jurado mantener la distancia, poner límites profesionales y no caer en el juego de Gabriel. Pero bastaba con que él me acorralara contra la pared, me hablara al oído o me pusiera las manos encima para que toda mi fuerza de voluntad se desmoronara. Me odiaba por ser tan débil, por ceder a su toque y por haber creído por un segundo que lo de anoche significaba algo para él. Estaba atrapada bajo su dominio, actuando como una cobarde que no era capaz de agarrar sus cosas y huir de este rascacielos. Miré la hora en el margen de la pantalla. Habían pasado veinte minutos exactos. La puerta del despacho principal se abrió con un chasquido seco. Escuché la risa baja y pausada de Gabriel, seguida por la voz suave de Victoria. —Nos vemos en la cena de la fundación, mi amor. No llegues tarde —dijo ella en el pasillo. Me asomé lo suficiente para ver la escena. Gabriel estaba inclinado hacia ella, hablándole con tono bajo y atento. Antes de que ella caminara hacia el ascensor, él la tomó suavemente de la cintura y le plantó un beso en la mejilla con una naturalidad que me destrozó el alma. Esa sola imagen consumió la última gota de cordura que me quedaba. La humillación contenida, el rabioso autodesprecio y la indignación estallaron en mi pecho. Si él tenía una mujer oficial a la que trataba con esa delicadeza pública, ¿por qué venía a buscarme a mí en la oscuridad? ¿Por qué rompía mis defensas, jugaba con mi cuerpo y me arrastraba a este infierno? Las puertas del ascensor se cerraron, llevándose a Victoria. Me levanté de la silla de un golpe, tomé la carpeta de los estados financieros con las manos temblorosas y caminé a pasos agigantados hacia la oficina principal. Llegué a la entrada, empujé la madera con rabia, entré de un salto y pasé el cerrojo de la puerta con un golpe metálico que resonó en todo el piso. Gabriel estaba junto al ventanal, acomodándose los gemelos de oro de la camisa. Se giró despacio al escuchar el cerrojo. —Hay reglas para entrar a esta oficina, Elena. Se toca la puerta.—Si mueven esa tasa de retorno al cuatro por ciento, el grupo inversor asiático retirará su capital en menos de seis meses —dije, apoyando el puntero láser sobre el gráfico del gran proyector en la sala de juntas.El salón principal de la corporación estaba abarrotado. Directores de finanzas, abogados corporativos y tres de los principales socios minoritarios seguían cada una de mis palabras en absoluto silencio. A la cabeza de la mesa ovalada, Gabriel no apartaba la mirada de mí. Tenía la pluma estilográfica suspendida entre los dedos, con la chaqueta desabrochada y esa expresión indescifrable que solía imponer terror en cualquiera, menos en mí.—El análisis de la señorita Gómez es demasiado arriesgado —interrumpió el abogado del consorcio, hojeando las carpetas con nerviosismo—. Las cláusulas de penalización nos cubren ante cualquier retiro anticipado.—Las cláusulas no cubren una fuga masiva de activos si el mercado asiático se desestabiliza en el tercer trimestr
—¿Vas a beberte esa copa o solo la sostienes para tener algo en la mano? —preguntó Gabriel mientras dejaba la botella de vino sobre la mesa de centro.—La sostengo para no temblar —admití.Me recosté contra los cojines del sofás de cuero. La luz de la ciudad entraba por los ventanales del penthouse, proyectando sombras largas y doradas sobre el suelo de mármol.—No tienes por qué temblar aquí —dijo él, sentándose a mi lado—. Estás a salvo, Elena.—Nunca estoy a salvo contigo, Gabriel. Tú eres la amenaza.Gabriel soltó una risa amarga y se pasó una mano por el cabello, despeinándose un poco.—Siempre me ves como al monstruo de la historia, ¿verdad? El jefe tirano, el hombre que te acorrala, el tipo que destruye tus planes.—Tú te encargaste de construir esa imagen. Rompiste mi carta de renuncia en mi cara esta mañana. Me dijiste que si renunciaba ibas a comprar la empresa donde pidiera trabajo solo para seguir siendo mi jefe. ¿Cómo quieres que te vea?—Como a un hombre desesperado —res
—Los números proyectados para el tercer trimestre reflejan un crecimiento del veintidós por ciento en la división de activos internacionales —expliqué frente a la pantalla táctil de la sala de juntas, manteniendo el tono firme y profesional que exigían los inversores europeos.A mi lado, Gabriel permanecía sentado en el sillón principal de cuero negro, con los codos apoyados sobre la caoba de la mesa y las manos entrelazadas frente al mentón. Nadie en esa habitación de paredes vidriadas y aire acondicionado gélido imaginaba lo que había pasado en su despacho apenas una hora antes. Nadie sabía que mi carta de renuncia yacía hecha jirones en el fondo de su papelera, ni que la tensión entre nosotros era una bomba a punto de detonar.—El análisis de riesgo que presenta la señorita Elena es impecable como siempre —comentó el señor Alarcón, el inversor principal, ajustándose las gafas con una sonrisa de aprobación—. Tienen mi visto bueno para liberar los fondos del fideicomiso.—Agradecemos
Entré a su despacho sin tocar la puerta. Gabriel estaba de espaldas, mirando la ciudad a través del ventanal con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. La luz tibia de la mañana le marcaba la línea mandíbula, dura y tensa, como si no hubiera dormido en toda la noche. Al escuchar mis pasos, se giró despacio.—No tengo tiempo para rodeos hoy, Elena —dijo con esa voz fría que usaba cuando quería poner distancia—. Tenemos la reunión con los inversores en dos horas.—Esto no va a tomar más de dos minutos —respondí.Avancé hasta su escritorio de cristal y coloqué la carta justo en el centro. El sobre blanco destacaba contra la superficie limpia. Gabriel bajó la mirada, vio el papel y volvió a fijar sus ojos oscuros en los míos. Una ceja se le elevó imperceptiblemente.—¿Qué es esto?—Mi renuncia. Firma el recibido para que Recursos Humanos procese mi salida hoy mismo.Gabriel se quedó inmóvil. El silencio en la oficina se volvió pesado, espeso, cortado únicamente por el zumbido su
El taconeo fino resonó con fuerza en el piso de mármol de mi despacho antes de que la puerta se abriera de golpe. —¿No te enseñaron a tocar antes de entrar, o es que tu estatus de empleada te da privilegios especiales? —dije sin levantar la vista de la pantalla de mi computadora. —No necesito pedir permiso para entrar a un lugar que le pertenece a la familia de mi futuro esposo, querida —respondió una voz aguda, cargada de desprecio. Alcé la cabeza lentamente. Valeria estaba de pie en el centro de mi oficina, luciendo un vestido de diseñador color crema, lentes de sol oscuros en la cabeza y un bolso que costaba más que mi sueldo de seis meses. —Valeria. Qué sorpresa —dije, apoyando las manos sobre el escritorio con serenidad—. Gabriel no está en este piso. Subió a la sala de conferencias con la junta directiva. —No vine a ver a Gabriel —dijo, dando dos pasos lentos hacia mi escritorio, mirándome de arriba abajo con asco—. Vine a verte a ti, Elena. —Pues lamento decirte que
—Señores miembros del directorio —dijo Gabriel, de pie en la cabecera de la mesa de caoba, con el traje impecable y la voz firme como una sentencia—. Les presento a la señorita Elena, nuestra Directora Adjunta de Proyectos. Ella expondrá la reestructuración financiera que garantizará el control de la firma este trimestre. Los doce hombres maduros sentados en la sala de juntas de la planta ejecutiva giraron sus miradas hacia mí. Todos vestían trajes oscuros, con rostros serios y miradas desconfiadas. —Buenos días a todos —dije, levantándome de mi asiento a la derecha de Gabriel. Me acomodé el saco del traje sastre blanco. Apreté el control del proyector en mi mano derecha, intentando disimular el temblor de mis dedos. —Como pueden observar en la pantalla —continué, apuntando al gráfico interactivo—, las pérdidas operativas del departamento de activos internacionales no son consecuencia de una mala gestión interna, sino de una fuga sistemática de capitales canalizada a través







