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La Esclava del CEO - Capítulo 5

last update Última actualización: 2026-01-08 06:29:01

Lara guardó silencio, el corazón latiendo tan fuerte que temía que él pudiera oírlo. Estaba leyendo su alma con una precisión aterradora. Era como si hubiera escudriñado los rincones más oscuros y ambiciosos de su mente, aquellos que ella apenas admitía para sí misma.

— No sé de qué está hablando —susurró, pero la voz le falló, sin convicción.

— Claro que lo sabe. —Se inclinó hacia adelante nuevamente, su voz bajando a un tono casi confidencial, íntimo y, por eso, aún más peligroso.— ¿Cree que llegué a esta silla siendo 'aplicado'? ¿Siendo un buen chico que hizo su tarea? Existe un ecosistema aquí, Lara. Una jungla de cristal y acero. Hay alianzas que se forman en los pasillos, enemistades que nacen en las reuniones, información que vale más que el oro. Hay reglas no escritas. Y yo... —hizo una pausa dramática, sus ojos fijos en los de ella— ... yo soy el maestro de esas reglas.

Abrió un cajón y sacó una pequeña credencial. Era la credencial de visitante temporal de Lara, con su foto seria y su nombre en letras blancas sobre un fondo rojo. La deslizó sobre la mesa, hasta detenerse justo frente a ella.

— Esto —dijo, señalando la credencial— es lo que es ahora. Una visitante. Alguien que necesita permiso para estar aquí. Alguien prescindible.

Lara miró su propia imagen, el símbolo de su provisionalidad. Un arranque de rabia, pura y feroz, brotó dentro de ella, superando temporalmente el miedo. Él la estaba humillando. La había traído aquí para restregarle su insignificancia en la cara.

— ¿Entonces por qué estoy aquí? —preguntó, la voz más firme.— ¿Para que usted me diga lo reemplazable que soy? Eso ya lo sé.

— Está aquí —respondió él, sin perder el ritmo— porque le estoy haciendo una propuesta.

El aire se le escapó de los pulmones a Lara. — ¿Una... propuesta?

— Sí. —Se levantó y comenzó a caminar alrededor de la mesa, acercándose a ella. Su silueta bloqueó la luz de la ventana, envolviéndola en sombra.— Tiene un potencial crudo. Un instinto que, si se canaliza, puede ser un arma poderosa. Pero en su estado actual, será devorada por la mediocridad del séptimo piso. En un año, será solo una empleada más 'aplicada'. En dos, estancada. En cinco, amargada. Yo puedo evitar eso.

Se detuvo junto a su silla, tan cerca que ella podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, el discreto olor de su perfume.

— Puedo ser su mentor. Su... patrocinador. —La palabra sonó cargada de significado.— Le daré acceso. A información, a proyectos, a personas. Le enseñaré las reglas no escritas. La colocaré en situaciones que la obligarán a crecer, a volverse más dura, más astuta. Le abriré puertas que, de otra manera, permanecerían cerradas para siempre para alguien con su... historial.

Lara lo miró, aturdida. La oferta era tentadora de una manera enfermiza, perversa. Era todo lo que secretamente deseaba, entregado en bandeja de oro, pero con un precio que aún no podía ver.

— ¿Y a cambio? —preguntó, su voz un hilo de sonido.— ¿Qué quiere usted a cambio?

Calleb sonrió por primera vez. No era una sonrisa cálida; era la sonrisa de un hombre a punto de cerrar un gran negocio.

— Lealtad. Incondicional. —Hizo una pausa, dejando que la palabra resonara en la sala silenciosa.— Y sus ojos y oídos. El séptimo piso, y eventualmente otros, vistos por usted, filtrados por usted, reportados a mí. Será mis ojos donde yo no pueda estar. Me traerá no solo los hechos, sino los chismes, las tensiones, las ambiciones de los demás. Me ayudará a... tomar el pulso de la empresa.

Lara sintió un frío helar recorrer su espina dorsal. Él no solo estaba ofreciendo una mentoría. Estaba reclutando a un espía. Una informante. Quería que ella se convirtiera en parte de la red de poder de él, que se ensuciara con las "reglas no escritas".

— Usted... usted me está pidiendo que traicione la confianza de mis compañeros. Del señor Almeida.

— Le estoy pidiendo que sea pragmática. —Su voz perdió cualquier rastro de suavidad.— La confianza es un sentimiento. El poder, un hecho. El señor Almeida y sus 'compañeros' son peones en el tablero. Puede elegir ser un peón también, o puede elegir ser una jugadora. Pero no se engañe: en este juego, la lealtad es un lujo que se paga caro. La única lealtad que importa es la lealtad hacia el poder. Y, en este momento, yo soy el poder.

Él extendió la mano y tomó la credencial temporal de la mesa. La sostuvo entre el pulgar y el índice, como si fuera algo sucio.

— Esta es tu elección, Lara. Ahora. En este momento. —Sus ojos tormentosos perforaban los de ella, exigiendo la verdad que intentaba ocultar.— Puedes tomar esta credencial y salir por esa puerta. Vuelve al séptimo piso. Sé 'aplicada'. Ten una carrera... decente. Nadie sabrá nunca de esta conversación.

Hizo una pausa, y su voz bajó hasta un susurro hipnótico e intenso.

— O... puedes dejar este pedazo de plástico aquí, sobre mi mesa. Y aceptar mi propuesta. —Se inclinó un poco más, y sus palabras siguientes fueron un soplo casi inaudible, pero que resonó como un trueno en el alma de Lara.— Porque en el fondo, tú quieres esto. Quieres esta oportunidad. Quieres demostrarte a ti misma que eres capaz de jugar en el nivel más alto. Lo quieres... tanto como yo quiero ver hasta dónde puedes llegar.

Era la verdad más cruda que había enfrentado. Él no la estaba coaccionando, no del todo. Estaba apelando a la parte más oscura y ambiciosa de ella, la parte que se sentía aburrida por la perspectiva de una carrera "decente", la parte que había saboreado, con miedo y excitación, la atmósfera del décimo piso. La estaba desafiando. Y tenía razón.

Miró la credencial en su mano. Miró su rostro, impaciente y expectante. Una guerra se libraba dentro de ella. La ética, el miedo, la noción de traición por un lado. La ambición, la curiosidad, el hambre de significado y poder por el otro.

Los segundos se arrastraron. El silencio en la oficina era opresivo. Podía oír la sangre pulsando en sus oídos.

Lentamente, muy lentamente, alzó la mano. Sus dedos temblorosos se cernieron sobre la credencial que él sostenía. Él no se movió, solo observó, los ojos fijos en los de ella.

Y entonces, su mano se desvió. No tocó la credencial. En cambio, su mano se cerró, y la posó en el vacío de la mesa, entre ellos. Un gesto simbólico. Estaba dejando atrás la credencial. Estaba dejando atrás a la Lara "aplicada".

No dijo una palabra. Solo asintió con la cabeza, un único y breve gesto, sus ojos encontrando los de él en un desafío silencioso.

El rostro de Calleb no cambió, pero algo en sus ojos se encendió. Era una chispa de triunfo, de profunda satisfacción.

— Bienvenida al juego —dijo, su voz de vuelta al tono profesional y controlado.

Se dio la vuelta y caminó de regreso detrás del escritorio, sentándose como si nada extraordinario hubiera sucedido. La reunión había terminado.

— Puedes irte. Mañana recibirás instrucciones de la Sra. Valeria. Y Lara... —añadió, ya mirando la pantalla de su portátil, despidiéndola.— A partir de ahora, observa todo. Y recuerda a quién le reportas.

Lara se levantó. Sus piernas estaban débiles, temblorosas, apenas sosteniéndola. Se sentía ligera y sucia al mismo tiempo, eufórica y aterrorizada. ¿Acababa de vender su alma? ¿O acababa de comprar su boleto a la cima?

Caminó hasta la puerta, sus piernas pareciendo de gelatina. Al salir, echó un último vistazo hacia atrás. Calleb ya estaba inmerso en su trabajo, la luz de la pantalla reflejándose en su rostro impenetrable. La credencial temporal seguía sobre la mesa, un pequeño rectángulo rojo abandonado en el vasto campo de madera oscura.

Salió y cerró la puerta tras de sí. El silencioso corredor del décimo piso pareció diferente ahora. Ya no era un lugar prohibido, sino un futuro campo de batalla. Caminó hacia el ascensor, cada paso un esfuerzo consciente. Las piernas le temblaban incontrolablemente, un reflejo físico de la tormenta que rugía en su interior.

Había entrado en la oficina de Calleb como una empleada. Salía como... ¿qué? ¿Una aliada? ¿Una herramienta? ¿Una aprendiz del poder?

No importaba. La suerte estaba echada. El juego, de hecho, había comenzado.

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