LOGINEl silencio que se extendía por la habitación era casi insoportable. Sentía mi pecho subir y bajar en respiraciones cortas, como si todo mi cuerpo fuera rehén del recuerdo del beso que acabábamos de compartir. Era más que un simple roce de labios; había sido una invitación peligrosa, un aviso de que no había vuelta atrás.Adrián permanecía parado frente a mí, los ojos fijos en los míos, como si pudiera atravesar cada capa de mi piel hasta llegar a lo que yo ocultaba. Y, aun así, no podía moverme. Era como si mis piernas no respondieran, como si mi mente se hubiera rendido a su mera presencia.— Sabes que no deberías estar aquí — murmuré, con la voz fallando.Él sonrió de lado, una sonrisa lenta, cargada de malicia, como si estuviera saboreando mi hesitación.— Lo sé. — Dio un paso adelante, tan cerca que casi pude sentir el calor de su cuerpo. — Pero tú también sabes que me quieres aquí.La confesión latió dentro de mí, abrumadora, como si él hubiera pronunciado en voz alta el secreto
El pasillo parecía más estrecho de lo que realmente era. Gabriela caminaba apresurada, sujetando contra el pecho una pila de papeles que apenas tenían sentido —era solo un disfraz para mantener las manos ocupadas, para que nadie notara el temblor que insistía en recorrer sus dedos. Desde el casi accidente que casi los delatara, su corazón no había vuelto al ritmo normal. Intentaba mantener la compostura, pero dentro de ella crecía un torbellino. Culpa, miedo, y algo aún más peligroso: la adicción a la presencia de Adrián. Cada mirada intercambiada, cada roce disimulado, era como una droga. Gabriela sabía que si alguien los descubriera, no habría excusa posible. Lucas confiaba en ella ciegamente, la trataba como parte de su vida, de su casa, casi como familia. Y, sin embargo, ella se estaba perdiendo en los brazos del hombre que menos debería desear. El destino, sin embargo, parecía divertirse con ellos. Adrián surgió al final del pasillo, apoyado de forma relajada contra la pared,
El sol ni siquiera había salido cuando Gabriela se despertó con el cuerpo aún dolorido, marcado por las manos y la boca de Aslan. La brisa matinal atravesaba la ventana entreabierta, pero no lograba borrar el calor que aún flotaba entre las sábanas. Cerró los ojos por un instante, intentando recuperar el aliento, como si todo aquello hubiera sido solo un sueño. Pero no lo fue. Estaba allí. En el cuerpo. En la piel. En el olor de él pegado a ella.El sonido distante de la puerta principal cerrándose hizo que la sangre de Gabriela se helara.—Lucas... —susurró, sentándose rápidamente en la cama, tirando de la sábana para cubrir su cuerpo desnudo.Aslan aún estaba acostado, con el pecho desnudo subiendo y bajando en un ritmo perezoso, como si no sintiera el peso del mundo que ahora aplastaba los hombros de ella.—Relájate —dijo él, con la voz ronca y calmada—. Él no va a subir ahora. Siempre va directo a la cocina.—Esto no es normal, Aslan. Esto no está bien... Dios mío, ¿qué hemos hech
Después de aquella noche, Gabriela sintió que nada sería igual. La casa de su mejor amigo ya no era solo un lugar de risas y conversaciones triviales. Cada encuentro con Adrián tenía el sabor de lo prohibido, y eso solo aumentaba el fuego que ardía dentro de ella, haciendo que su cuerpo se incendiara de deseo incontrolable.Adrián se convirtió en un maestro en provocar. Los encuentros, siempre furtivos y cargados de tensión, se transformaban en verdaderos inmersiones en el placer crudo y sin ataduras. Era como si cada toque suyo arrancara pedazos de la resistencia que Gabriela aún intentaba mantener, pero que se desmoronaba a cada segundo.En una tarde calurosa, Gabriela llegó a la casa para ayudar a Lucas a organizar unas cosas. Sabía que él no estaría y que podría aprovechar un momento a solas con Adrián —incluso si aquello fuera un riesgo tremendo que aceleraba su corazón.Tan pronto como entró en la cocina, él la esperaba, apoyado en la encimera, con una expresión sombría y una mi
La noche llegó lenta, cargada de promesas no dichas y deseos ocultos. Gabriela estaba en la casa de Lucas para ayudar a su amigo a organizar algunas cosas para la universidad, pero dentro de ella ardía sin control un fuego que solo crecía. Desde el último encuentro con Adrian, apenas podía pensar con claridad. Cada mirada de él era una invitación, cada gesto, una provocación imposible de ignorar.Lucas salió a atender una llamada, dejando a Gabriela sola en la sala. El silencio pesado de la casa parecía amplificar sus pensamientos confusos, hasta que sintió la presencia de él a su espalda. Adrian entró despacio, como si no quisiera asustarla, pero el peso de su presencia hizo que el aire se volviera casi irrespirable.—No deberías estar aquí sola —dijo él con esa voz grave, un tono de advertencia y deseo al mismo tiempo.Ella se giró para enfrentarlo, el cuerpo ya reaccionando automáticamente, los ojos fijos en los de él.—No consigo pensar en irme —confesó, sintiendo que el corazón s
Los días siguientes parecieron eternos para Gabriela. Cada paso que daba en la casa de Lucas estaba cargado del recuerdo de aquel beso, de aquel toque urgente y ardiente que la quemaba por dentro. Intentaba actuar con naturalidad, pero dentro de ella un fuego no se apagaba.Adrian también parecía diferente. Más relajado, más provocador y, al mismo tiempo, controlado. Cada vez que sus miradas se cruzaban, comenzaba un juego silencioso de coqueteo, una tensión casi palpable en el aire, como si cualquier palabra pudiera ser la chispa que lo detonara todo.Esa tarde, Gabriela llegó para estudiar con Lucas. Entró en la cocina, distraída, cuando Adrian apareció de repente a su lado.—¿Quieres un café? —preguntó él, con una sonrisa que hizo que todo su cuerpo se erizara.Ella sintió el calor subirle al rostro, intentando retroceder, pero una voz interna la impulsaba a quedarse.—Por favor —respondió, con la voz más firme de lo que esperaba.Mientras él preparaba la bebida, quedaron uno al la







