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Capítulo 2

작가: Linda Selva
Dentro del salón, Victoria no apartaba la vista de Daniel.

Lo veía sonriente, brindando con cada invitado, con Lara a su lado.

—Mi amigo Hugo está en el extranjero con un proyecto confidencial, tardará un año en volver.

—Hoy bebo por él.

—Lara acaba de dar a luz hace un mes, no puede beber.

—Yo bebo por ella también.

De pronto, el zumo de naranja que Victoria bebía le supo amargo y frío, tan frío que le hizo tiritar.

Tras años trabajando juntos, en cada evento social él la empujaba sin dudar a beber, alabando su resistencia.

Nunca lo había visto aceptar cada copa así, y mucho menos imaginar que podría ofrecerse a beber por otra persona.

Al ver su rostro enrojecerse poco a poco, solo sintió una punzada de tristeza y amarga ironía.

No pudo soportarlo más y se disponía a acercarse, cuando el presentador del evento anunció en voz alta desde el escenario:

—¡Hoy celebramos el primer mes del pequeño Carlos!

—Su tío, el Sr. Fernández, tiene un regalo especial para el bebé.

—¡Un aplauso!

Daniel, ahora junto a Lara y con Carlos en brazos, se situó frente a todos.

Ante la mirada de los presentes, abrió una caja alargada.

Dentro había una medalla religiosa de oro, incrustada de piedras rojas.

Al verla, Victoria se quedó paralizada.

Avanzó de un salto al frente, fijó la vista en la medalla durante unos segundos y la ira estalló en su interior.

Entonces, la voz de Daniel resonó:

—Esta medalla religiosa es una reliquia familiar de mi esposa, de gran valor.

—Ahora se la obsequio a Carlos, ¡que le traiga larga vida, inteligencia y buen juicio!

Sus palabras confirmaron el origen del objeto. Victoria sintió que la desesperación la invadía.

Era el regalo que su propia madre le había traído cuando estaba de seis meses, para su bebé.

Temía perderla en casa, así que la guardó en la caja fuerte de la empresa de Daniel.

¿Y ahora?

Sin consultarla siquiera, se la regalaba al hijo de Lara.

Mientras, a su propia hija, desde el embarazo hasta el nacimiento, ni siquiera la había visto una vez.

Menos aún le había dado algún regalo.

No pudo contenerse más.

Ella dijo en voz alta y clara, cortó el silencio:

—¿Y tu esposa estuvo de acuerdo en que la regalaras?

El salón entero se sumió en un silencio absoluto.

Todas las miradas se volvieron hacia ella.

En el escenario, Daniel la reconoció.

Un destello de alarma cruzó sus ojos, pero rápidamente recuperó la compostura.

Se acercó a toda prisa y, antes de que ella pudiera reaccionar, la sacó a rastras del salón.

Su voz contenía una irritación apenas disimulada:

—Victoria, ¿qué haces aquí?

Ella se arrancó la mascarilla, estaba furiosa.

Pero al abrir la boca, solo salió un sollozo ahogado:

—¿Acaso no puedo estar?

—¡No armes escándalo! —murmuró él, con rabia apenas contenida.

—¿Gritar así era necesario? ¿Querías humillarme?

Victoria se soltó de su agarre, mirándolo con incredulidad.

—Daniel, esa medalla era de mi madre, para mi hija.

—¿Cómo te atreves a regalarla sin preguntarme?

El rostro del hombre se ensombreció de inmediato.

—Siempre has sido sensata, Victoria, ¿era necesario crear esta situación?

Sus palabras avivaron aún más la furia de ella.

—¿Tú me preguntas? ¿Tú regalas una reliquia familiar a tu "sobrino" sin consultarme?

—Daniel, dime, ¿quién está humillando a quién?

Él echó un vistazo rápido a su alrededor y bajó aún más la voz.

—Es solo una medalla.

—No tuve tiempo de encargar una, por eso usé esa.

—Lara y Hugo son de la familia, ¿por qué conviertes esto en un drama?

La mirada de Victoria se volvió gélida.

—No es "solo una medalla", Daniel, es una herencia familiar.

Se llevó una mano al pecho y dijo con una voz grave y terrible.

—Si no se la devuelves a mi hija, esto no terminará aquí.

Sufría de dolores en el pecho cuando se alteraba.

Ahora, su corazón se contraía con punzadas agudas, y la cicatriz de la cesárea en su vientre parecía querer abrirse.

No pudo sostenerse más.

Palideció y se agachó, doblada por el dolor.

Daniel notó algo extraño.

Una sombra de preocupación cruzó su rostro.

Iba a acercarse a ayudarla, cuando una mano lo sujetó del brazo.

—Daniel, ¿qué pasa? ¿Es por la medalla? ¿Tu esposa está enfadada?

Era Lara, quien, al ver a Victoria, se tapó la boca con sorpresa.

—Dios mío, Victoria, ¿dar a luz te ha dejado tan demacrada? Casi no te reconozco.

Victoria alzó lentamente la mirada hacia Lara.

Lucía un vestido de alta costura, esbelta, radiante, sin rastro de haber sido madre recientemente.

Antes de que Victoria pudiera hablar, Lara se acercó y le agarró el brazo con fuerza.

—Victoria, no te enfades con Daniel.

—Él iba a llevarle la medalla a tu hija, pero a mí me gustó mucho y dijo que se la daría a mi hijo.

—Es solo una medalla.

—Si te gusta, te compro una nueva, ¿bien?

Sus uñas largas se clavaron en la carne de Victoria.

Ella, por el dolor, la empujó con fuerza.

Para su sorpresa, Lara cayó al suelo y lanzó un grito agudo.

—¡Victoria! ¿Qué haces? ¡Lara acaba de dar a luz! —rugió Daniel, ayudando a Lara a levantarse.

Su mirada hacia Victoria estaba llena de furia.

Victoria mostró su brazo, ya amoratado por el agarre de Lara.

Con una mano en su dolorido vientre, clavó una mirada cargada de odio en Daniel.

—¿Y acaso yo no acabo de dar a luz también?

La voz de Daniel fue fría como el hielo.

—Tú no eres igual, tienes buena salud.

El rostro de Victoria perdió todo el color.

A duras penas, logró ponerse de pie.

Antes de que Daniel reaccionara, su mano se estrelló con fuerza contra su mejilla.

Sus ojos ardían de un odio desbordado.

—Y tú no eres igual que los demás esposos, eres basura.

Había perdido hasta la última pizca de fuerza para pelear.

Cinco años de matrimonio, callando y aguantando... en ese momento, se acabó.

Sin volver la cabeza, regresó al salón.

Se dirigió directamente hacia donde la niñera cargaba al bebé, que aún llevaba la medalla. Su mirada era glacial, sin rastro de calor.

La niñera retrocedió asustada, dijo con la voz temblorosa.

—Qué... ¿qué quieres?

—Recuperar la que es mía.

Victoria se acercó, arrancó la medalla religiosa del cuello del bebé y se la guardó en el bolsillo.

—¡Victoria!

Daniel entró corriendo al salón, observando a una Victoria que parecía haberse transformado en una persona afilada y decidida.

Iba a reprenderla, pero ella se giró de golpe.

Sus ojos, rebosantes de odio, se clavaron en él.

—Nos divorciamos.

—Mañana a primera hora, te espero en el Registro Civil.

Daniel se quedó petrificado en el sitio.

La ira en su mirada se transformó en sorpresa, luego en incredulidad absoluta.

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