로그인How would you feel if one day you find out that the faith of the whole world rests on your shoulder? Do you think you are up for the task? Lorraine and her friend discover that the mayor of their town is involved in an underground blood business. They become fugitives and must run for their lives. Soon, Lorraine finds out a shocking secret about herself, her family, and her destiny. After the discovery, she must do whatever it takes to fulfil her destiny and end the vampire race. This is the story of adventure.
더 보기El restaurante estaba a treinta y siete pisos sobre el puerto, los rascacielos parpadeaban y los barcos trazaban líneas lentas sobre el mar haciendo que desde el ventanal, Hong Kong pareciera una ofrenda de diamantes derramada sobre el agua negra. Wai-ling sonrió cuando el socio de su marido levantó la copa.
—Por el cierre del contrato —brindó el hombre, con el rostro enrojecido de euforia—. Y por Wai-ling, que mantiene a Jun-ho con los pies en la tierra.
En la mesa rieron y el cristal tintineó al chocar las copas. Jun-ho inclinó la cabeza con esa modestia estudiada que tanto gustaba en las cenas, y su mano cálida, segura y visible subió hasta la nuca de ella y le acomodó un mechón detrás de la oreja.
El gesto duró un segundo.
Las dos esposas que acompañaban a los otros socios lo encontraron tierno y una sacó el teléfono, como si el momento mereciera prueba. Wai-ling no apartó la cara. Había aprendido a no apartarla. La mejilla de Jun-ho rozó la suya lo justo para la foto que se iba a tomar, y su voz, baja, llegó solo a ella:
—Deja de tensar los hombros.
No era un reproche. Era una instrucción envuelta en perfume caro.
Wai-ling sostuvo la sonrisa hasta que le dolieron los músculos. Tenía treinta años y una licencia de enfermería que ya no colgaba en ninguna pared. Llevaba un vestido negro que Jun-ho había elegido esa misma tarde. El diamante de la sortija le pesaba como un grillete.
—Wai-ling era enfermera —dijo Jun-ho, ofreciendo el dato a la mesa como quien exhibe el pedigrí de una mascota rescatada y la mesa hizo el sonido aprobado de la admiración—. Una mujer con oficio. Aunque ahora, claramente su oficio soy yo.
La mesa celebró la ocurrencia que a ella lejos de emocionarle, le supo al trago amargo del recuerdo de lo que en estos años había sacrificado. Ella bebió un sorbo de agua helada para pasar el nudo áspero de la garganta.
—Debe de ser difícil no ejercer —comentó la esposa del socio, genuina, quizás—. Yo no sabría qué hacer con tanto tiempo.
Wai-ling olvidó ocultar sus emociones en el rostro y por un breve instante pensó en el tiempo. En las horas de la mañana que pasaba encerrada en aquel departamento de lujo. En la angustia que la embargaba cuando se acercaba la hora en que su esposo regresaba, en cómo su integridad dependía de su obediencia y sobre todo del estado de ánimo con el que él llegara.
—Uno se acostumbra —respondió Wai-ling.
La frase sonó tan limpia que ni ella supo si mentía.
Bajo el mantel de lino de la mesa, la suela dura del zapato de Jun-ho se posó sobre el empeine de ella. Presionó despacio, buscando el hueso delgado, sin desviar la mirada de su socio. Un recordatorio mudo de lo ocurrido tres horas antes en el ático.
Aquella tarde, el detonante había sido un mensaje en la pantalla de la cocina. Una excompañera del hospital de Kowloon le enviaba una oferta de trabajo. Jun-ho no había levantado la voz; nunca gritaba entre paredes donde el servicio pudiera escuchar. Solo había caminado hacia ella, arrebatándole el teléfono de las manos con un chasquido seco.
—¿Quieres trabajar como enfermera todavía? —preguntó, hojeando el hilo con el pulgar—. ¿Extrañas el uniforme O es que necesitas que otros hombres te miren el cuerpo para sentir que existes?
Cuando ella intentó explicarse, el agarre de él se cerró sobre su muñeca izquierda. No fue un golpe; fue una torsión lenta, quirúrgica, midiendo la fuerza exacta para aplastar los tendones contra el cúbito sin dejar un hematoma que arruinara el vestido de noche. El dolor le había arrancado un gemido ahogado mientras él la miraba a los ojos, con las pupilas dilatadas de satisfacción.
—Ahh y te vi en el ascensor el martes —dijo—. Saludaste al vecino del veintidós. ¿Hace falta?
—Solo dije buenos días.
—Buenos días se dicen con la boca cerrada cuando un hombre te mira demasiado.
Le habló de respeto, de lo que decían los socios, de lo que su padre había invertido en ella para que ahora anduviera de sonrisas en los pasillos. Antes de arrojarle la funda de la boutique sobre el pecho, le ordenó:
—Póntelo. Esta noche representas algo.
Wai-ling se lo puso. En el espejo del vestidor, la mujer que la miraba tenía el pelo liso, la piel maquillada, los ojos color miel. Era ella Cheng Wai-ling, la esposa de Lau Jun-ho, la hija del legendario empresario Cheng Man-kit. Pero, durante veinte años, también huérfana de una madre que el mar se había llevado y que el padre se había negado a nombrar.
Ahora, en la cena, Wai-ling respiró hondo para no apartar el pie bajo la mesa. Miró su plato intacto. Pensó en su madre, Lam Sze-yan, tragada por el mar veinte años atrás en una bahía solitaria, dejando solo una lancha vacía y un silencio familiar espeso como brea. Había noches en que Wai-ling no la juzgaba; entendía el mar como la única fuga posible ante un encierro decorado en oro.
El socio estaba hablando de un terreno en Sha Tin. Jun-ho asentía, brillante, el hombre que todos querían tener cerca. Alguien pidió postre. Alguien mencionó un yate. La ciudad, abajo, seguía parpadeando como si nada de lo que ocurría a treinta y siete pisos pudiera alcanzarla.
Wai-ling llevó la servilleta a los labios y sintió, de pronto, el recuerdo del apretón de la muñeca. No había huellas, pero el dolor seguía ahí, latente.
—¿Estás bien? —preguntó la mujer de al lado.
—Cansada —dijo Wai-ling—. Solo eso.
Jun-ho se adelantó, solícito, y le sirvió agua.
—Mi esposa se esfuerza demasiado —explicó a la mesa, y hubo un murmullo de simpatía—. Por eso la cuido.
La palabra cuido le recorrió la espalda.
Wai-ling pensó en las fotos de Lumi que miraba cuando la casa se apagaba: mujeres en trenes, mujeres con perros, mujeres comiendo solas sin pedir permiso. No las envidiaba por ser felices. Las envidiaba por parecer dueñas del gesto más pequeño. Trabajar, pedir la cuenta, salir con amigas y dejar un mensaje sin revisar dos veces el tono.
El camarero retiró el servicio y Jun-ho firmó el recibo sin mirar la cifra. A ella se le negaba conocer las cuentas; el dinero que había ganado durante años en el hospital permanecía confiscado en un fondo administrado por su propio padre bajo la excusa de protegerla. La jaula no tenía barrotes, tenía firmas notariales.
Salieron juntos. En el vestíbulo de mármol, Jun-ho le ofreció el abrigo y se lo colocó sobre los hombros con la misma delicadeza de la oreja. Alguien del grupo los fotografió de espaldas, contra el ventanal. La ciudad salió nítida. Ellos, también.
En el coche, el cuero de los asientos olió a limpio. El chófer levantó el panel divisorio de vidrio ahumado. Afuera, el asfalto mojado de Garden Road devoraba las luces de la ciudad. Mid-Levels estaba a escasos minutos. Doce minutos.
Jun-ho se aflojó el nudo de la corbata de seda. La atmósfera en el habitáculo se volvió densa, viciada.
—Estuviste decente —dijo él, sin mirarla—. Aunque esa costumbre de bajar la vista cuando hablan de tu pasado da lástima. Pareces una sirvienta avergonzada.
—Entendido —murmuró ella, mirando su reflejo borroso en el cristal.
La mano de Jun-ho aterrizó en su muslo. Sus dedos no acariciaron; se anclaron en la carne a través de la tela fina, apretando con una familiaridad posesiva que le revolvió el estómago.
—Esta noche cancelé mis llamadas.
El aire se le atascó en los pulmones. Wai-ling sintió cómo su cuerpo reaccionaba con el instinto clínico de una emergencia: pulso disparado, frío en las extremidades.
—Me duele la cabeza, Jun-ho. No me siento bien.
Él giró el rostro despacio. En la penumbra del asiento trasero, su expresión perdió cualquier rastro del hombre educado del restaurante; sus ojos eran pozos oscuros y planos. Se inclinó hacia ella, acorralándola contra la puerta del coche. El calor de su aliento le golpeó la oreja con una violencia íntima, haciendo que se le erizara la piel en una oleada de náusea.
—Cuando subamos, te quitas el vestido de inmediato. Te dejas el maquillaje. No tengo ganas de ver tu cara lavada ni tus ojeras de cadáver. Arréglate la piel; das un aspecto descuidado que me avergüenza.
No admitía respuesta. Nunca había opciones.
Wai-ling cerró los ojos con fuerza. Bajo la manga del abrigo, deslizó los dedos de la mano derecha hacia el brazo izquierdo, buscando a ciegas. Allí, bajo la piel del bíceps, palpó la varilla plástica del implante anticonceptivo, oculta, diminuta como una cerilla. Jun-ho le exigía un embarazo desde hacía un año para atarla de por vida, para consumar el pacto entre sus familias. Ese fragmento de plástico clandestino era su único territorio soberano; un secreto minúsculo que la mantenía a flote.
El coche frenó frente a la torre residencial. El chófer abrió las puertas desde fuera.
Antes de descender, Jun-ho le tomó el mentón con los dedos, obligándola a girar la cabeza hacia él. Clavó las yemas en sus mandíbulas y le estampó un beso húmedo y pesado en la comisura de los labios.
—Esta noche —le susurró contra la boca, con una ternura monstruosa— voy a quererte.
Wai-ling tragó saliva, sosteniéndole la mirada con los ojos secos. Había comprendido hacía mucho tiempo que, en el lenguaje de su marido, aquel verbo no guardaba ninguna relación con el amor: era simplemente la promesa de un castigo sin marcas visibles.
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After almost an hour of working on the passport David had given him, Kyle had found out that Mary, as I suspected, had been in and out of Lightwood several times over the last few weeks. According to him, she was in the city at this very moment."When last was she in Lightwood?" David raised a question and Kyle gave him a fiendish glare. He had just said she was still in Lightwood so what does it matter when she entered the town."What is she doing in Lightwood?" David asked another question, with surprise spreading all over his face. If anything, he has had one of the roughest stories so far amongst all of us."We'll have to find out. That's why we need to find her before she leaves the city," I answered, calculating the possibilities of finding her. It was not going to be easy, where would we begin to look? I asked myself. Just as it was impossible to look for a needle in a sea, it was same when the case is turned to her David pursed his lips tightly and smirked. " I don't think sh
Lorraine's POV"Hurry, we need to go before he finds you," Ellie said and began to hasten her steps. She was faster than I expected her to be. Perhaps it was because she was frequent with the road."Before he finds me?" I gaped, unable to hide my surprise. "Is he going to find me?" I halted and my eyes blazed with fear.This was the point where I was supposed to be confused and scared at the same time. And Yes, I was confused and scared.Turning her head backwards, Ellie saw that I wasn't following her anymore. "You need to hurry up, Lorraine, I'm sure he's coming for you right now," she uttered and stopped. I thought I had seen it all and there was possibly nothing more that would shock me again but hearing that he would be able to find me was something I had not expected.My head began to heat up with questions. Complying with her, I continued walking, and even hastened my steps and began to run. "Why is he able to talk to me despite our distance?" I asked but she didn't reply. W
Lorraine's POVJames had blood stains on him. I instantly knew whose blood it was, it was Kayla's.So all this while she had been the mastermind behind everything that was happening. I regretted not reading her mind when I had the chance.Unlike I expected, there was no sign of remorse in James's voice as he spoke. It was as if he had just disassembled a nuclear bomb that would have killed the whole world.After James has rushed out in between our discussion, I wanted to follow him but my mind suggested I gave him some space. It would appear like I was pegging him too much if I don't let him do some things alone.So I forced myself not to follow him and I crawled back onto the bed and waited anxiously for him to return and tell me what it was all about.I was waiting when I slept off."No!" I yelled as I jerked from the nightmare I was having. I was gasping for breath. I looked around the room, the walls were familiar. I was sweating like a rat dropped into a bucket of water.It was o
"What do you want me to do?" Kyle asked as he was finally able to clear the sleep off his eyes."I want you to track this number, get the location and everything on it that you can lay your hands on," David said, stretching the phone to him and scowling back at Kayla when he caught her doing the same
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Why was everyone avoiding her? She looked at David, noticing the hard set of his jaw and the coldness that was in his eyes. What had she done to deserve this cold treatment from him? She couldn't think of anything. "As I've said already, nothing is going on. I am just a bit tired about everyth
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