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Treinta días para que mi Alfa me pierda
Treinta días para que mi Alfa me pierda
Penulis: Elena Rojas

Capítulo 1

Penulis: Elena Rojas
No quería que su expresión fría fuera el último recuerdo que me llevara a la tumba. Por eso acepté darle una oportunidad a Eric, el candidato a compañero que el propio Ivander había elegido para mí y, en cuanto lo hice, él por fin dejó de evitarme.

Por primera vez en meses, me habló por iniciativa propia.

—¿Cómo van las cosas entre Eric y tú? ¿Ya decidieron cuándo celebrar la ceremonia de unión?

—Van bien. Todavía estamos hablando de la fecha.

Aquella conversación tan sencilla casi me hizo llorar. Hacía tanto tiempo que Ivander no me hablaba con tanta ternura que quise aferrarme a ese instante todo lo posible.

—Queremos rosas rosadas por todas partes —le conté—. Hasta mi vestido será rosado, con una cola larga.

La sonrisa se borró de su rostro, pero no me di cuenta. Seguí describiendo la ceremonia de unión con la que siempre había soñado hasta que él me interrumpió.

—Antes de que llegue ese día, quiero que te quede claro que siempre voy a ser tu padre adoptivo y esta siempre será tu manada. Puedes volver cuando quieras.

Recorrió la habitación con la vista y solo entonces notó cuántas de mis cosas habían desaparecido.

—¿Ya decidiste irte a vivir con Eric? Si quieres mudarte, hazlo. Les diré a los empleados que reemplacen todo lo que falte.

Sus palabras me dolieron, así que apreté los labios y aparté la vista.

—No hace falta. No creo que vuelva.

Dentro de un mes, ya no me sería posible. Eric jamás iba a recibir ninguna de mis pertenencias, pues ya había enviado todo a la casa donde viví de cachorra con mis padres.

Tras su muerte, solo una sirvienta se había quedado a cuidar el lugar. Cuando yo regresara, ella me acompañaría durante el poco tiempo que me quedaba.

A Ivander le cambió la expresión. Nunca le había gustado oírme hablar así, ni siquiera en broma.

Desvié el tema de inmediato.

—¿Cuál es el color favorito de Daisy?

—Azul claro. ¿Por qué?

Su tono volvió a endurecerse porque, seguramente, pensó que planeaba hacerle daño a su futura Luna. Se me encogió el corazón, pero, en lugar de responder, me quedé mirando las paredes rosadas que nos rodeaban.

Cuando él me adoptó a los trece años, la mansión de la manada me parecía un lugar extraño y aterrador. Extrañaba tanto a mis padres que nada lograba consolarme. Por eso, Ivander había pintado la habitación con mi color favorito y había hecho todo lo posible para que me sintiera como en mi hogar.

—Solo quería preparar una sorpresa para ti y Daisy —respondí.

Rechazó la idea sin siquiera preguntar de qué se trataba.

—No es necesario. Ella puede pedir sola lo que quiera. —Entrecerró los ojos—. ¿Y de verdad tenías que preguntármelo tres veces?

Me sorprendí. ¿Ya se lo había preguntado dos veces antes? Con razón sospechaba de mí. El sanador me había advertido que el Deterioro del Espíritu de Lobo borraría mis recuerdos poco a poco hasta no dejar nada. Ya estaba ocurriendo. Apenas lograba recordar cómo Ivander me cumplía antes cualquier capricho, por absurdo que fuera, con tal de sacarme de mi tristeza.

También había olvidado que ahora Daisy, y no yo, era la loba más importante de su vida. Como uno de los Alfas de mayor rango entre todos los clanes, Ivander podía darle lo que fuera. Si ella le pidiera la luna, él buscaría la forma de ponérsela en las manos.

Sin embargo, luego de todo lo que había hecho por mí, lo único que quería era seguir su ejemplo y hacerlo feliz una última vez.

Ninguno de los dos volvió a hablar.

El otoño había llegado y las noches eran cada vez más frías. Desde que enfermé, mi cuerpo se había vuelto demasiado sensible a los cambios de temperatura, por lo que bastaron unos pocos minutos ahí parada para que empezara a temblar.

—Ya es tarde. Deberíamos descansar —dije.

Antes de que él pudiera responder, me fui rápidamente a mi habitación.

A la mañana siguiente, mi estado había empeorado. No recordaba nada, ni siquiera mi charla con Ivander de la noche anterior. Por suerte, aún tenía mi diario para que me indicara lo que debía hacer.

“Comprar pintura. Preparar los regalos. Volver a casa en una semana”, leí. Luego, seguí las instrucciones y le pedí al personal de servicio que subiera varios botes de pintura azul claro a mi cuarto.

Esa noche, Eric me invitó a cenar. Como ya había decidido irme, quise ser sincera con él.

—Eric, lo siento, pero no puedo ser tu compañera. —Me obligué a mirarlo a los ojos—. Tengo una enfermedad terminal. Podría morir en cualquier momento.

Se quedó atónito, completamente mudo.

—Me voy a casa —continué—. Quiero pasar el tiempo que me queda en el hogar donde viví con mis padres. Nadie sabe nada del diagnóstico y quiero que siga así.

—¿Entonces Ivander tampoco lo sabe?

Negué con la cabeza.

—No. Por favor, ayúdame a mantenerlo en secreto.

Levanté el bolso pesado que tenía a mi lado y lo puse sobre la mesa. En cuanto Eric vio lo que había dentro, se quedó inmóvil.

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