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Capítulo 3

Author: Circle Master
Cuando el ruido del público amainó, no dejé de mirar a Kate.

Estaba apoyada en el pecho de Cole. Parecía radiante y feliz, tragándose las felicitaciones de la manada como si fuera la reina del mundo.

Me acerqué a ellos y hablé con una voz que dejó muy claro mi odio:

—Felicidades.

Pero en el segundo en que di un paso más en su dirección, Cole se atravesó como un escudo frente a Kate. El instinto de Alfa lo empujó a protegerla y ese reflejo de macho protector me dio una cachetada. ¿Qué carajos le hice para ponerlo tan a la defensiva? Él estaba tan seguro de que mi próximo movimiento sería atacarla que se olvidó de nuestro vínculo.

Una sonrisa amarga se dibujó en mi cara.

—Baja la guardia, Cole. Lo digo en serio.

Vi el debate interno de Cole en sus ojos. Podía verlo todo: el deseo de pedir perdón por su actitud en el altar estaba peleando contra el instinto salvaje de mantener las garras afuera por si yo perdía el control.

Pero en ese momento, mi único objetivo era rescatar la poca dignidad que quedaba entre los dos. Quería darle un entierro decente a un amor que ya no merecía mi tiempo ni mi vida.

Agarré una copa de la bandeja de un mesero. Ni siquiera tuve tiempo de abrir la boca cuando un empujón brutal por la espalda me hizo tropezar hacia adelante.

La copa salió volando de mis manos y estalló en pedazos contra el piso. Kate soltó un chillido de horror.

Cole saltó para cubrirla y me fulminó con una mirada cargada de odio. Sin hacer una sola pregunta, agarró otra copa de la mesa y me lanzó todo el champán a la cara.

—¡Descarada! ¡¿Por qué coño atacas a Kate?! —me gritó él—. ¡Ella no te ha hecho nada malo! ¡Ya es hora de que te mires al espejo y sanes esos malditos celos!

Kate seguía encogida en los brazos de Cole. Lloraba con sollozos ruidosos, armada con su mejor cara de víctima después de sufrir el peor ataque de toda su vida.

—Wendy... ¿qué te hice para ganarme tu odio? —gimoteó la mosquita muerta—. ¿Por qué intentas arruinar mi ceremonia?

Antes de decir otra mentira, palideció y se desmayó. Cole la atrapó en el aire y la acunó contra su pecho, escupiendo una maldición tras otra en mi contra.

—¡Desgraciada! ¡Te advertí sobre su salud! —me gritó el Alfa—. Si le pasa algo grave, terminamos. ¡Romperé el vínculo! Y te juro que tu manada no volverá a ver un solo recurso nuestro en su puta vida. Jamás creí que fueras una loba envidiosa.

Cole me dio la espalda y salió corriendo, llevándose a su amada Kate en brazos.

Justo antes de desaparecer por el pasillo, Kate abrió los ojos.

En el segundo en que nuestras miradas se encontraron, sus labios temblaron para formar una sonrisa de superioridad. Era una mirada que me presumía su triunfo. Cole le pertenecía y ella quería dejarlo claro.

Entonces estallaron los reclamos de la manada de Cole para acorralarme.

—Siempre sospechamos de su obsesión enfermiza por nuestro Alfa —murmuró un lobo en el público.

—Fue ella, yo lo vi, está loca. Buscaba arruinar la ceremonia por envidia —lo apoyó otro lobo metiche.

—Mírenla bien. Nuestro Alfa no es capaz de cambiar a la dulce Kate por una loba tan asquerosa... ¡Loba de mierda! ¡Lárgate de nuestro territorio! —me gritó uno que estaba cerca de mí.

Enderecé la espalda, recuperé mi postura y los miré a todos con desprecio.

Tres oportunidades, Cole. Y acababas de quemarlas todas de un solo golpe.

Tuve toda la buena voluntad de mantener tu ridículo show en paz. Pero como el gran Alfa eligió la guerra, él y toda su estúpida manada iban a pagar los platos rotos.

Abrí el vínculo mental con mi manada y di la orden final:

«A partir de este momento, todos los intercambios de recursos con la manada de Cole quedan cancelados. Cualquier manada con intención de hacer negocios con ellos será tratada como enemiga directa de los Blood Moon».

A los Blood Moon jamás nos hizo falta su ayuda. Yo aceptaba los acuerdos comerciales de Cole con el único fin de crearle la ilusión de estar a mi nivel. Quería disipar sus inseguridades de macho inferior y pagué caro por ello. Pero como el magnífico Alfa ya no necesitaba de mi caridad, estaba segura de su capacidad para sobrevivir por su cuenta en medio de la nada con su patética manada.

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