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Capítulo 2

Author: Mencía Zavala
A la mañana siguiente hice una cita en el centro de visas. Había que tramitar el traslado a toda prisa: el certificado de antecedentes penales, los documentos para la visa de trabajo… Tenía que revisar cada requisito personalmente.

Guardé los documentos en una carpeta y bajé la maleta de la parte más alta del armario. Al ponerla en el suelo, se levantó una pequeña nube de polvo. La había comprado tres años atrás y nunca la había usado.

A Ethan no le gustaba viajar. Para ser exacta, no le gustaba viajar conmigo. Podía recorrer más de diez países por sus conciertos, pero siempre decía que los viajes personales perjudicaban su rendimiento.

Acababa de guardar la ropa de invierno cuando sonó el teléfono. La llamada venía del celular de Ethan. Al contestar, escuché un alboroto: alguien pedía un médico.

Su representante bajó la voz.

—Laura, a Ethan le dejó de responder la mano a mitad de la grabación.

Me quedé en silencio, con los documentos de la visa en la mano.

—Se encerró en el camerino y no le abre a nadie. Ven, por favor. Solo te hace caso a ti —insistió, cada vez más apurado.

En ocho años había recibido demasiadas llamadas así. La peor vez, Ethan había roto el arco y las astillas le habían cortado la palma. Cuando forcé la puerta, lo encontré acurrucado en un rincón, con la mano cubierta de sangre. Se aferró a mi manga y me preguntó una y otra vez si ya nunca volvería a tocar.

Me quedé sentada junto a él hasta el amanecer. Aquella noche me dijo:

—Laura, si no fuera por ti, quizá llevaría mucho tiempo muerto.

—¿Laura? —El representante seguía esperando.

—Voy a contactar a su médico —dije, abriendo la lista de contactos—. Que vaya a atenderlo.

—Pero Ethan no deja entrar a nadie.

—¿Y Marina?

Hubo una pausa al otro lado.

—Está junto a la puerta.

—Entonces que se quede con él.

Colgué, me comuniqué con el médico y le envié su número al representante. Después salí hacia el centro de visas.

Más tarde, mientras esperaba mi turno, me llamó el propio Ethan.

—¿Por qué no vienes?

Tenía la voz ronca y apenas contenía la rabia después de haber perdido el control.

—Estoy haciendo unos trámites —respondí—. El médico está por llegar.

—No quiero al médico.

—Entonces, ¿a quién necesitas?

Guardó silencio un momento.

—Tú lo sabes muy bien.

Claro que lo sabía. Necesitaba que alguien le tomara la mano y le confirmara que todavía podía mover cada dedo. Necesitaba que alguien le repitiera que no tuviera miedo cuando se le descontrolaba la respiración.

Yo había hecho todo eso durante ocho años. Creí que, si permanecía a su lado, algún día él también estaría para mí cuando yo lo necesitara. Después entendí que necesitar a alguien no era lo mismo que amarlo.

—No puedo ir corriendo cada vez que te pasa algo.

Su respiración se volvió más agitada.

—¿Sigues haciendo un berrinche?

—No.

—¿Ya no te importa lo que le pase a mi mano solo porque no he pasado tiempo contigo?

Parecía haber encontrado, por fin, una explicación para mi comportamiento.

—Cuando termine la grabación, te lo compenso. Podemos salir a comer o ir al cine. Lo que quieras.

Bajé la vista. Estaban llamando mi número.

—Ya me toca.

—¡Laura!

Colgué y me acerqué a la ventanilla.

Por la tarde, el estudio anunció que se posponía la grabación. Marina también publicó una foto. Estaba en cuclillas junto a la puerta del camerino, con agua caliente y medicamentos a su lado. El texto decía:

"Alguien tiene que quedarse".

La miré unos segundos y cerré la página.

Esa noche, al volver a casa, abrí la carpeta con la información médica de Ethan. Taché mi nombre de la hoja de contactos de emergencia y escribí el de Marina.

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