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Capítulo 3

Author: Mencía Zavala
Faltaban tres días para mi partida. Llamé a una empresa de mudanzas, empaqué los libros y la ropa que quería llevarme y los envié a Monteliria. No quedaba mucho más. Después de ocho años de matrimonio, lo que de verdad me pertenecía cabía en cuatro cajas de cartón.

Estaba comprobando la dirección de destino cuando llegó Ethan. No vio que faltaban unos zapatos en la entrada ni que se habían vaciado dos estantes de la biblioteca. Dejó caer una carpeta sobre la mesa.

—Firma esto.

Contenía el proyecto del documental que su equipo preparaba sobre su trayectoria —del aislamiento y la autodestrucción a los escenarios internacionales— y una autorización para usar material privado.

El proyecto dedicaba diez páginas enteras a su peor época. Ni una sola línea me mencionaba.

—El director quiere usar material de antes —dijo Ethan, desabrochándose los puños de la camisa—. Dale a Marina las grabaciones, los expedientes médicos y los videos de los primeros ensayos que guardaste, para que los organice.

Fui a la página de las entrevistas. En el apartado "Persona que lo acompañó en sus momentos más difíciles" aparecía el nombre de Marina.

—Ella ni siquiera te conocía en esa época.

—No hace falta contar las cosas exactamente como pasaron —respondió, sin darle importancia—. Ahora es mi asistente y quien mejor conoce mi trabajo.

—¿Y yo?

Ethan levantó la vista. Señalé las diez páginas que hablaban de sufrimiento, crisis y recuperación.

—Pasé contigo cada uno de los días que aparecen aquí.

Su expresión se volvió impaciente.

—¿De verdad tienes que pelear hasta por esto?

—Solo estoy preguntando.

—No importa quién estuvo antes —dijo—. Lo que importa es quién está a mi lado ahora.

La maleta, ya lista, estaba junto a la puerta del dormitorio. Le habría bastado con voltear para verla. No lo hizo. Se puso a responder mensajes, incluso con una leve sonrisa. No tenía que adivinar quién le escribía.

Dejé la autorización sobre la mesa, sin firmarla.

—No pueden usar ese material privado.

A Ethan se le ensombreció el rostro.

—Marina lleva varias noches sin dormir por este documental, ¿y tú no puedes darle unos cuantos archivos?

—Es tu expediente médico, pero también es mi vida.

—Laura. —Cerró la carpeta de golpe—. Deja de usar lo que hiciste por mí para chantajearme.

Me quedé inmóvil un instante. Así que aquellos ocho años no habían sido compañía, sino chantaje. Los primeros auxilios que aprendí por él, las noches en que, a las tres de la madrugada, seguía junto a la sala de música, las heridas en mis manos por los vidrios que Ethan rompía cuando perdía el control… Todo se había convertido en una prueba de que yo pretendía cobrarle lo que le había dado.

—Está bien —dije, guardando el documento en un cajón—. No volverá a pasar.

Ethan no pareció entender lo que quise decir. Dio por terminada la discusión y se fue a la sala de música.

La tarde siguiente, el equipo del documental vino a casa para filmar algunas escenas adicionales. El director preguntó por "La persona que más amo".

—Dicen que esta fue la primera obra que logró completar durante su etapa más difícil, señor Olvera. ¿Para quién la compuso originalmente?

Yo estaba al fondo del pasillo. Ethan me vio, pero apenas vaciló un segundo antes de volverse hacia Marina, sentada junto a la cámara.

—Una vez terminada, una obra deja de pertenecerle a una sola persona.

Marina sonrió y bajó la cabeza. El director le indicó enseguida al camarógrafo que la enfocara. Ethan no se lo impidió.

Esa noche dejé en su estudio los documentos del traslado, el acuerdo de separación y la llave del departamento. Al mismo tiempo, recibí en el celular la confirmación de mi boleto de avión. Dos días después, de madrugada, me iría de allí.

Ethan no leyó los documentos. Le pidió a Marina que los guardara en el cajón y comentó como si nada:

—Laura anda de mal humor últimamente. No le hagas caso.

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