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Tres Horas para Ella, Diez Minutos para Mí

Tres Horas para Ella, Diez Minutos para Mí

Por:  Mencía ZavalaCompletado
Idioma: Spanish
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Durante ocho años acompañé a mi esposo, el violonchelista Ethan Olvera, desde sus peores momentos —el aislamiento, la autodestrucción y varios intentos de suicidio— hasta verlo tocar en la Sala Dorada de Valdoria. Durante su año más difícil, Ethan ni siquiera podía sostener el arco con firmeza. Una y otra vez lo encontré encerrado en una habitación y me quedé a su lado mientras perdía el control y se derrumbaba. Compuso para mí su primera obra completa y la llamó "La persona que más amo". Me dijo que, mientras yo quisiera escucharla, la tocaría para mí toda la vida. Después llegó la fama. Su agenda se llenó de conciertos por todo el mundo y apenas le quedaban diez minutos a la semana para estar conmigo. Cuando por fin teníamos esos preciados diez minutos para estar juntos, le pedía que volviera a tocar "La persona que más amo". Pero él siempre cerraba los ojos, agotado. —Los conciertos ya me cansan bastante. No quiero seguir con la presión del trabajo cuando llego a casa. Me dolía verlo así, de modo que no volví a pedírselo. Hasta que un sábado me enviaron a Valdoria de improviso para hacer una entrevista. El concierto ya había terminado cuando escuché aquella melodía conocida en el auditorio. Entre el público solo quedaba su asistente, Marina Suárez, dormida en un asiento de la primera fila. Ethan estaba en el centro del escenario, tocando "La persona que más amo" una y otra vez para arrullarla. Alguien le recordó que debía descansar. Él la miró y respondió en voz baja: —No importa. A ella le gusta escucharla. Me quedé escuchándolo tocar para ella durante tres horas enteras después del concierto. Así que no estaba demasiado cansado, ni se negaba a llevarse trabajo a casa. Simplemente ya no quería tocarla para mí. No entré a pedirle explicaciones. Me di la vuelta y me fui. Había decidido aceptar el traslado a la sede de mi empresa en Monteliria por un período de tres años. Me quité el anillo de matrimonio que había llevado durante ocho años.

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Capítulo 1

Capítulo 1

En ese momento, él me envió un mensaje:

«Ya terminó el concierto. Dejemos los diez minutos de esta semana para la próxima».

Borré la conversación sin responder. Si aquella pieza ya tenía otra oyente, a mí también me tocaba irme.

***

Cuando Ethan llegó a casa, era casi la una de la madrugada. Traía el estuche del violonchelo y todavía llevaba la camisa negra del concierto. Se acercó por detrás de mí y solo se detuvo al ver la palabra "Valdoria" en mi pantalla.

—¿Fuiste a Valdoria hoy?

—Sí.

Mientras revisaba la grabación, borré una anotación repetida.

—Me asignaron una entrevista de última hora con un director de orquesta.

—¿A qué hora llegaste?

—Por la tarde.

Ethan guardó silencio un par de segundos.

—¿Por qué no fuiste a verme?

—Estaba ocupada. Volví en cuanto terminé la entrevista.

No levanté la vista, pero de reojo vi cómo se relajaban sus hombros. Parecía haber confirmado, por fin, que yo no había entrado al auditorio ni había visto lo que pasó después del concierto.

Dejó el estuche junto a la pared y se frotó la muñeca.

—Hoy toqué demasiado. Me están dando espasmos otra vez.

Se sentó a mi lado con toda naturalidad y me tendió la mano derecha.

—Dame un masaje y prepara el baño medicinal.

En los últimos ocho años, aquello se había convertido en una costumbre que no necesitaba explicaciones. En su peor época, Ethan ni siquiera podía sostener un vaso con la mano derecha. Para aprender a darle masajes, consulté a un fisioterapeuta. En una libreta anoté la ubicación de cada músculo, dónde presionar si se le agarrotaba un dedo y qué medicamento usar según la intensidad del dolor. Con solo verlo cerrar los ojos, sabía qué iba a necesitar.

Pero esa noche me limité a mirarle la mano. En la yema de uno de sus dedos había una marca roja reciente, producto de tantas horas de tocar sin descanso.

En aquel auditorio casi vacío, mientras Marina dormía, él había pasado tres horas tocando una y otra vez la pieza que compuso para mí. Por eso estaba cansado. Por eso le dolía. Y por eso, al volver a casa, todavía esperaba que yo le aliviara ese dolor.

Cerré la computadora.

—Pídeselo al equipo que te acompaña.

Su mano quedó suspendida en el aire.

—¿Qué?

—Tienes un fisioterapeuta en tu equipo —dije mientras guardaba la computadora en el bolso—. De ahora en adelante, que él te dé los masajes después de los conciertos.

Me miró fijamente y fue frunciendo el ceño.

—¿Sigues molesta por lo de los diez minutos?

No respondí. Retiró la mano y su voz sonó un poco más cansada.

—Has visto cómo tengo la agenda últimamente. No es que no quiera estar contigo.

—Sí.

—La próxima semana.

Como si estuviera resolviendo una discusión sin sentido, lo pensó un instante y ofreció una compensación que, al parecer, le resultaba más que generosa.

—La próxima semana te doy veinte minutos, ¿satisfecha?

¿Debía alegrarme?

Antes lo habría hecho, sin duda. Habría reservado toda la noche, cancelado cualquier trabajo, elegido el restaurante con cuidado y confirmado una y otra vez que no le hubiera surgido un concierto de última hora. Aunque al final solo tuviera veinte minutos para mí, me habría consolado pensando que hacía todo lo posible.

Pero para Marina sí había tenido tres horas.

Bajé la mirada y no dije nada. Ethan esperó unos segundos. Debió de tomar mi silencio por aceptación, porque poco a poco se le suavizó la expresión.

—Que el baño no esté demasiado caliente. Como siempre.

Se fue al baño. No fui a buscar los sobres para el baño medicinal ni me agaché junto a la tina para ajustar la temperatura con el cuidado de siempre.

Volví a abrir la computadora y entré al sistema de la empresa. La propuesta de traslado a Monteliria llevaba horas pendiente de mi respuesta. La asignación duraría tres años y partiría en siete días. Al final de la página solo faltaba confirmar mi aceptación.

Desde el baño llegó la voz de Ethan:

—Laura, ¿ya preparaste el agua?

Dejé el cursor sobre el botón de confirmación durante un segundo y luego hice clic. Apareció un aviso: el traslado había quedado confirmado.

Miré la pantalla y no le contesté.

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