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Capítulo 2

Auteur: Anne P
El día que me dieron de alta, Raúl fue a buscarme. Me puso el abrigo él mismo y luego se inclinó para ayudarme con los zapatos.

Cuando llegué por primera vez a la casa de los Santos, siete años antes, ni siquiera sabía ponerme unos tacones. Él se arrodilló en la entrada, me abrochó las correas y dijo sonriendo:

—Para eso estoy yo.

En aquel entonces, nadie de su familia me respetaba. Los empleados me llamaban "la mesera" a mis espaldas y su madre ni siquiera quiso asistir a la boda.

Fue Raúl quien me llevó de la mano hasta el salón y dijo delante de todos:

—Viene de una familia humilde, pero es la mujer que yo elegí.

Después, cuando luchaba por convertirse en el director del Grupo Santos, lo acompañé a reuniones de negocios, bebí con él, pasé noches en vela a su lado y organicé montones de documentos. Cuando lo hospitalizaron por una hemorragia estomacal, también fui yo quien lo cuidó durante tres días y tres noches.

Solo cuando logró consolidarse en ese puesto, su madre empezó a llamarme por mi nombre.

Creí que siete años bastarían para que me consideraran parte de la familia.

Pero al volver a la casa, encontré todas las cosas del cuarto del bebé amontonadas en la sala. Su madre estaba sentada en el sofá.

—Hay que guardar todo. Tenerlo a la vista solo hace daño.

Tomé el caballito de madera que estaba encima de las demás cosas. Raúl lo había armado con sus propias manos. Había quedado un tornillo sin ajustar y pasó horas revisando el caballito hasta la madrugada, sin dejar que lo ayudara.

—Cuando el bebé pregunte quién lo hizo, le diré que fui yo.

Ahora al caballito le faltaba una pata y lo habían metido sin cuidado en una caja de cartón.

Lorena estaba sentada junto a la madre de Raúl. Todavía tenía los ojos rojos. En cuanto me vio, se puso de pie.

—Estrella, perdón. Si hubiera sabido que iba a pasar esto, jamás habría dejado que Raúl me salvara primero.

Él la sostuvo.

—Tu tobillo todavía no está bien. Siéntate.

Solo entonces se volvió hacia mí.

—Más adelante podemos volver a comprar todo.

El médico ya le había dicho que las posibilidades de que volviera a quedar embarazada eran muy bajas. Quizá no se atrevía a recordarlo, o quizá creía que, si no lo mencionaba, todo acabaría quedando atrás.

Su madre deslizó un comunicado hasta el borde de la mesa.

—Todo el mundo está atacando a Lorena. Dicen que Raúl abandonó a su esposa embarazada para salvar a su antiguo amor. Firma esto. Diremos que tú le pediste que la salvara primero.

Leí aquellas líneas.

Raúl sí me había preguntado si podía caminar, pero no había esperado mi respuesta.

—Estrella no me pidió que salvara a Lorena —dijo de pronto.

Me temblaron los dedos, pero él continuó:

—Cambien esa frase. Pongan que Estrella estaba más cerca de la salida y que yo consideré que podía salir sola.

Tomás Navarro, su asistente, asintió enseguida.

—Así decimos la verdad y no responsabilizamos a la señora.

Bastaba con cambiar unas palabras para presentar su decisión de abandonarnos a mí y a nuestro bebé como un simple error de criterio.

Lorena bajó la cabeza. Las lágrimas le caían sobre el dorso de la mano.

—Déjenlo. No pongan a Estrella en una situación difícil. Al fin y al cabo, unas cuantas críticas no van a matarme.

La madre de Raúl la abrazó de inmediato, conmovida.

—Siempre piensas en los demás. Por eso te hacen sufrir tanto.

Raúl me miró y bajó la voz.

—Lorena acaba de regresar al país y los Montero son socios importantes de mi empresa. Este comunicado solo busca calmar las críticas por ahora.

Rara vez explicaba algo con tanta paciencia.

Siete años antes, cuando los directivos más antiguos de la empresa lo presionaron para que me apartara de su vida, él puso su carta de renuncia sobre la mesa de reuniones de un golpe.

—Si aquí no aceptan a mi esposa, yo tampoco tengo por qué quedarme.

Entonces era capaz de renunciar a todo por mí. Ahora que lo tenía todo, también podía pedirme que cediera.

Firmé el comunicado con la corrección que Raúl había pedido. Su expresión por fin se relajó. Se inclinó para abrazarme.

—Sé que esto es injusto para ti.

Lorena también se acercó. Al pasar junto a mí, dijo tan bajo que solo yo pude oírla:

—¿Lo ves? Me sigue eligiendo a mí.

No me volví. Más tarde, le entregué al abogado aquella tarjeta negra sin límite y guardé el caballito de madera en una caja.

Raúl me preguntó:

—¿Por qué no dejas que lo guarden los empleados?

Le quité suavemente el polvo al caballito.

—Quiero guardarlo yo misma.

Vi una sombra de culpa en sus ojos. Pero no se dio cuenta de que, además de los recuerdos del bebé, en la caja estaba la primera joya que me había regalado.

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    Tres años después, compré un pequeño edificio junto al mar. En la planta baja estaba la tienda; en el piso de arriba enseñaba a las muchachas de la zona a preparar postres.Algunas eran como yo había sido antes: no tenían un título ni una familia en la que pudieran apoyarse. Les pagaba un sueldo y les enseñaba un oficio con el que pudieran mantenerse.Paloma decía a menudo que yo había cambiado mucho. Ya no medía cada paso ni estaba siempre pendiente del humor de los demás. Al mirarme en el espejo, descubrí que, desde que había dejado a Raúl, me sentía mucho más yo que antes.No vendí la vieja casa de mi madre. Las hortensias del patio florecían cada año. A veces me sentaba en el patio y pensaba en el bebé que no había llegado a nacer.Todavía me ponía triste, pero esa tristeza ya no me mantenía atrapada.Creé un fondo de ayuda con el nombre de Uvita, destinado a mujeres embarazadas que no tenían dinero para recibir atención médica. El primer aporte salió de lo que yo había ganado con

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