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Tu Esposa Murió en Aquel Incendio
Tu Esposa Murió en Aquel Incendio
Auteur: Anne P

Capítulo 1

Auteur: Anne P
Cuando el médico dijo que no habían podido salvar al bebé, Raúl estaba junto a mi cama. Su traje todavía olía a quemado y llevaba el dorso de la mano derecha cubierto con una venda.

Con esa misma mano había sujetado con fuerza a Lorena Montero la noche anterior.

El médico revisó los resultados y bajó la voz.

—Sufrió lesiones graves. Las posibilidades de que vuelva a quedar embarazada son muy bajas.

Raúl tragó saliva.

—¿Qué tan bajas?

El médico no respondió. La habitación quedó en silencio.

Miré el techo y volvió a aparecer ante mí el incendio de la noche anterior.

Cuando el humo llenó la sala de descanso, Raúl abrió la puerta de una patada y entró corriendo. Lorena estaba sentada en el suelo, junto a la pared, con el tobillo rojo e hinchado. Yo me apoyaba en el borde de una mesa con una mano y me protegía el vientre con la otra.

—Raúl.

Apenas ella abrió la boca, él corrió a levantarla en brazos.

Yo estaba más cerca de la puerta de la sala. Desde allí, la salida de emergencia parecía estar a solo unos pasos.

Raúl me miró.

—¿Puedes caminar? —preguntó sin esperar mi respuesta—. Sal por la ruta de evacuación. Lorena tiene el tobillo lastimado. Voy a sacarla y enseguida vuelvo por ti.

Él sabía que yo estaba embarazada. Una semana antes, me había acompañado a un control prenatal. El médico había dicho que el bebé era del tamaño de una uva. De regreso, Raúl había comprado una caja entera de uvas, diciendo que así nuestra Uvita podría comer un poco más.

Por eso le creí cuando dijo que volvería enseguida.

Pero apenas di dos pasos, se oyó un estruendo sobre mi cabeza. El techo se desplomó y quedé atrapada bajo los escombros. Entre el humo, grité su nombre una y otra vez.

Cuando volví a despertar, mi bebé ya no estaba.

Raúl se sentó junto a la cama y me tomó de la mano.

—Perdón.

Tenía los ojos muy rojos. Probablemente no había dormido en toda la noche.

—Pensé que podrías salir sola. En cuanto dejé a Lorena con los médicos, volví, pero los bomberos no me dejaron entrar.

Le pregunté en voz baja:

—¿Y si tuvieras que elegir otra vez?

Sus dedos apretaron los míos de golpe. Tardó mucho en responder, con la voz ronca:

—No volverá a pasar.

No había contestado mi pregunta, pero yo ya tenía la respuesta.

Su celular sonó. Vio quién llamaba y no contestó. Cuando sonó por segunda vez, lo apagó.

—No voy a ir a ningún lado. Me quedo aquí contigo.

Hubo un tiempo en que esas eran las palabras que más deseaba escuchar.

Cuando operaron a mi madre, me había quedado llorando sola, en cuclillas, frente a la ventanilla de pagos. Raúl pagó por mí setenta mil dólares y permaneció a mi lado toda la noche. Al amanecer, me puso en las manos un vaso de leche caliente.

—Mientras yo esté aquí, tu mundo no se vendrá abajo.

Entonces creí que él era quien sostenía mi mundo. Pero cuando de verdad se derrumbó, la primera persona a la que protegió no fui yo.

De pronto, la puerta se abrió y su madre entró con el rostro serio.

—Raúl, Lorena no deja de llorar. Ya sabes que le tiene miedo al fuego y que aquel accidente de tránsito la dejó traumatizada. ¿Cómo puedes dejarla sola?

Raúl frunció el ceño.

—Estrella acaba de salir de una operación.

—Aquí hay cuidadores y médicos. ¿Qué le va a pasar?

Su madre me echó una mirada.

—Lo de Lorena es distinto. Si no hubiera regresado al país para ayudarte, tampoco habría pasado por ese incendio.

Raúl guardó silencio un momento y luego se levantó. Me acomodó la manta con cuidado.

—Voy a verla. Vuelvo pronto.

Asentí.

—Está bien.

Pareció aliviado.

—Si quieres comer algo, dile a Tomás que te lo compre.

Cuando se cerró la puerta, saqué de debajo de la almohada aquel comprobante de pago.

El papel ya estaba amarillento, pero la cifra de setenta mil dólares seguía siendo perfectamente legible.

Llamé al abogado.

—Ayúdeme a calcular cuánto valen, en total, las propiedades, las acciones y las joyas que Raúl me ha dado durante estos años.

El abogado vaciló.

—¿Usted quiere hacer un inventario de sus bienes?

Me acaricié el vientre vacío.

—Sí. Llevo demasiado tiempo en deuda. Ya es hora de pagarla.

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    Tres años después, compré un pequeño edificio junto al mar. En la planta baja estaba la tienda; en el piso de arriba enseñaba a las muchachas de la zona a preparar postres.Algunas eran como yo había sido antes: no tenían un título ni una familia en la que pudieran apoyarse. Les pagaba un sueldo y les enseñaba un oficio con el que pudieran mantenerse.Paloma decía a menudo que yo había cambiado mucho. Ya no medía cada paso ni estaba siempre pendiente del humor de los demás. Al mirarme en el espejo, descubrí que, desde que había dejado a Raúl, me sentía mucho más yo que antes.No vendí la vieja casa de mi madre. Las hortensias del patio florecían cada año. A veces me sentaba en el patio y pensaba en el bebé que no había llegado a nacer.Todavía me ponía triste, pero esa tristeza ya no me mantenía atrapada.Creé un fondo de ayuda con el nombre de Uvita, destinado a mujeres embarazadas que no tenían dinero para recibir atención médica. El primer aporte salió de lo que yo había ganado con

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