Masuk—¿Estás bien? —Esa voz se me hace conocida; levanto la cabeza y corroboro que es quien yo creo.
—Sí, sí. —Trato de limpiar mi rostro con la blusa—. Todo está bien. —Toma. —Me extiende un pañuelo de papel—. No estás bien. Eso es claro. ¿Quieres hablarlo? —No quiero. Gracias. —Le señalo el papel con el que comienzo a limpiarme la cara. —De nada, es lo menos que puedo hacer. Pablo se sienta en la hierba a un lado mío. —¿Cómo es que estabas en mi clase? Ahora sí me pareces un acosador en potencia —digo tratando de reír para cambiar la conversación. —Bueno. Pasa que aquí me ofrecieron una beca para graduarme y quedarme de docente. No iba a desaprovechar la oportunidad, es una excelente universidad. —Oh, eso es grandioso. Me da gusto por ti. Al menos cuando salgas ya vas a tener un trabajo asegurado —digo sinceramente. Las cosas como están ahora en el país hacen muy difícil que uno pueda conseguir un trabajo decente. —Sí lo es. La verdad es que no imaginé encontrarte. Aunque confieso que sí llegué a pensarlo, pero no al grado de que compartiríamos clase —me dice con una hermosa sonrisa. —Ni yo, menuda sorpresa he recibido. Pero ¿qué te hizo suponer que nos encontraríamos? —Bueno, me di cuenta de que llevabas esa mochila y luego trabajas acá cerca. Así que había dos opciones: verte en tu lugar de trabajo o en la escuela. Pero me alegra verte aquí. —A mí igual me alegra verte; bueno, apenas te conozco, pero me caes bien, creo que podríamos ser buenos amigos. —¿Solo buenos amigos? —Pone una cara con puchero. —Sí, solo eso. Ahorita no estoy para nada más. —Tristemente, es la verdad, aunque él esté muy guapo. —¿Es por causa de ese chico que te acorraló en las escaleras? —David, así se llama. Y en parte es por eso, pero la verdad es que no tengo tiempo para nada más ahora. Quiero obtener titulación automática y no debo distraerme. —O sea que te distraigo. —Me regala una mirada coqueta al decirlo. —No lo sé. Y no quiero averiguarlo. —Tomo mi mochila para levantarme; él se da cuenta y se levanta para ayudarme. —No te preocupes, yo puedo sola —digo poniéndome en pie con facilidad y sacudiéndome las manos. —Huy, ¿eres de esas feminazis? —pregunta divertido y me hace reír. —Claro que no, tal vez feminista, pero no feminazi. —Me devuelve la sonrisa. —¿Y por qué no? —Por qué no, ¿qué? —le pregunto confundida. —¿Por qué no quieres averiguar si te distraigo? —Este chico es algo insistente, pero hasta el momento no me molesta. —Ah, eso. Bueno, Pablo, apenas te conocí hoy. No podemos negar que eres guapo y resaltas entre todos, pero eso no significa que podamos tener algo. Como te dije, por el momento no quiero y no necesito tener algo. Quizás más adelante, pero por el momento no. —Entiendo —dice mientras comienza a caminar conmigo—. ¿Puedo ser sincero contigo? —Claro. —Eres muy guapa; en cuanto te subiste al auto, no pude dejar de verte por el retrovisor. Y claro que noté que te me quedaste viendo. Eres más sensata que yo; la verdad es que hace unos meses me iba a casar. Me detengo y volteo a verlo. —¿Te ibas a casar? ¿Ya no? ¿Qué pasó? —pregunto todo a la vez. —Sí, no, ya no. Y lo que pasó es que ella consiguió graduarse antes que yo. Consiguió un buen puesto en una empresa internacional y se fue a Londres. Realmente la amaba, pero ella eligió su profesión a un futuro conmigo. En sus palabras fue «Eres lo que quiero, pero no lo que necesito» y canceló la boda. —¡Wow! Pablo, eso fue cruel. Supongo que aún te duele. —Sí, a veces. Siendo sincero, llegué a pensar que eras como cualquier otra chica que solo coquetea para tener un poco de sexo. Pero algo en ti me dice que no es así. —En mi defensa quiero decir que a veces, solo a veces. No siempre. Me gusta coquetear con los chicos por diversión. Y esas veces es porque son muy guapos, y más cuando sé que no los volveré a ver —me río recordando cómo fue que le pregunté que sí qué era. —O sea que creíste que no volverías a verme. —Exacto —reafirmo su afirmación y continuamos caminando—. Oye, pero aclaro que hacer un inocente coqueteo no significa que tenga sexo con ellos. Como dije, solo lo hago por diversión. —Te gusta saber que alborotas hormonas. Entiendo. —Le veo asombrada por su comentario y tiene la frente ceñida. —Es un comentario atrevido, pero supongo que sí. No conozco mujer que no necesite saber que alguien se interese por ella. Ya sean su familia, amigos, pareja o alguien del sexo opuesto. —Entiendo —dice mientras camina a mi lado. Seguimos caminando en un silencio incómodo hasta llegar a rectoría. —Oye, Pablo. Lamento lo que te sucedió. Ella no merece ni que la extrañes. Siempre he considerado que a veces la vida parece injusta, pero en el camino todo se va acomodando hasta que cada uno está donde le corresponde estar. —Sí, así es. Disculpa por haber sido tan atrevido contigo —dice mientras me regala otra de sus sonrisas. —No hay problema, discúlpame tú por haberte hecho pensar en algo que no era. Tal vez deba dejar de hacerlo; no falta quien se dé una idea errónea de algo que no es; no es como si yo fuera teniendo sexo por ahí con cuanto hombre sexi se me presente, bueno, no siempre. —Ok, no siempre. Entiendo. —Pablo detiene la caminata y pone una linda cara de estar entendiéndome. —Tal vez debamos comenzar de nuevo, ¿no crees? —sugiere. Ambos nos reímos de eso y él extiende su mano para estrecharla conmigo. —Mucho gusto, soy Pablo, tengo veintiséis años y estudio diseño industrial. —No me suelta; espera que me presente. —El gusto es mío, Pablo, soy Zoé, tengo veintidós años y estudio diseño gráfico. En verdad es muy guapo, pero, como dije, por el momento no puedo tener nada con nadie. Me da otra de sus sonrisas y nos quedamos en un silencio incómodo. —Este, yo tengo que entrar. —Señalo el edificio de la rectoría con mi mano libre. —Ok, yo tengo otra clase y es todo por hoy. —Me suelta. —Bien, te veo luego. —Sí, ¿tienes mi número, cierto? —me recuerda. —Este… no. Podrías apuntarlo de nuevo. Me lavé las manos. —La verdad es que lo olvidé y con el ir y venir en el restaurante se me borró. Le paso mi móvil para que lo ingrese y él lo hace. —¿Tienes saldo? —me pregunta. —Sí. —Se marca desde mi móvil y luego guarda mi número en el suyo. —Ahora sí, te veo luego. —Me devuelve el móvil, me guiña un ojo y se va. Yo solo me quedo parada mirando cómo toma el camino de regreso a los edificios de clases. Si en verdad no quiero nada con nadie, creo que debería dejar de observarlo. Tiene ese sex appeal que ninguna puede resistirse. Sin embargo, su confesión me ha bajado de mi nube; no es alguien con quien pueda tener una relación; es claro que no ha superado su pasado. Entro al edificio y me dirijo a la oficina de la carrera con la señora Dora, una secretaria que tiene aquí más años que el edificio mismo; ella es el alma piadosa de las oficinas, todo un amor. Camino hacia ella para el cambio de clases. —Buenas tardes, Dora. ¿Cómo está? —Hola, guapa, muy bien, ¿y tú? ¿Qué tal el primer día? —Estoy bien, gracias. Y el primer día, como siempre. De locos, ya sabe. Es por eso por lo que estoy aquí; deseo cambiarme de turno o de clases. —¿Cómo así? Si estás inscrita en esas clases desde junio. —Sí, es que necesito hacerlo, ya que me han cambiado los horarios de trabajo y no me cuadran —miento. —Es que por el momento es imposible, linda. Como bien sabes, es imposible por ser el primer día. Ahorita estamos haciendo cambios con los de nuevo ingreso. Quizás, si vuelves en una semana, ya todo esté más ordenado. —¿Una semana? —pregunto algo desilusionada. —Sí, una semana. Es más, te prometo que en una semana podré ayudarte con tus cambios de horario. Ahorita sí nos tienen algo mareados los nuevos. Veo a mi alrededor y hay varios alumnos nuevos haciendo fila en otras oficinas o dentro de ellas. —Vale, Dora, muchas gracias, vuelvo en una semana. —Sonrío amablemente y me retiro de ahí mientras veo cómo Dora camina a otra oficina con varias carpetas en las manos. Adiós, planes de evasión. Veo la hora y apenas son las tres con quince. Ya es mucho drama por hoy; decido irme a casa a descansar y ver una peli mientras acaricio a la Yuyu, mi gata persa. Le marco a mi madre para ver si ya salió del trabajo; capaz y la alcanzo para irnos juntas. —Bueno, mamá. —Hola, hija. ¿Qué pasó? —¿Ya salió? —Ya casi, estoy guardando las cosas. —Ya me desocupé, espéreme, paso por usted y nos vamos juntas. —Está bien. Te espero en el súper de enfrente. —Sale, ahí la veo. —Cuelgo.Mi madre y yo nos apuramos a entrar a la privada. Trato de que el paraguas cubra mayormente a mi mamá; no importa que yo me moje un poco más. Esto será un pretexto para hacer un rico chocolate, tirarme en el sofá y ver Juego de tronos por sexta ocasión. El día lo amerita.—En cuanto lleguemos a casa te das una ducha con agua caliente —me ordena mi madre.—Sí. ¿Puedes hacer chocolatito caliente? —digo con ojitos de borreguito.—Quería hacer café con leche. Traje conchas —me responde mientras llegamos a casa y pasa a la sala.—Es que yo quiero chocolate. Se antoja con este clima. Anda… —le ruego de nuevo mientras cierro el paraguas y lo acomodo en su esquina detrás de la puerta.—Ok, pero ya vete a bañar y a secar, si no, te me vas a enfermar —me ordena de nuevo.—A sus órdenes, general —digo con acento militar mientras me retiro a mi cuarto.Al entrar veo a la Yuyu echada en mi cama como la reina y señora de la casa. Ni porque tiene la suya propia. Saco un pijama y ropa interior y me m
Me acomodo la mochila y recuerdo el lonche. Me salgo de la banqueta y me pongo debajo de un árbol. Saco el túper y veo toda la comida batida. Esto ni la Yuyu se lo comería. Lástima, tan rico que se veía en la mañana. Tiro en un bote lo que queda del arroz con verdura y devuelvo el túper a su lugar. Me pongo la mochila, los audífonos en el oído y reproduzco la música aleatoriamente.Salgo de la universidad y tomo la avenida principal hasta llegar al trabajo de mi madre. «Eterna soledad», de los Enanitos Verdes, empieza a sonar por los audífonos; eso me provoca un aire de nostalgia. El día de hoy ha sido un caos. Camino entre la gente y veo cómo el día, que al comenzar era soleado, ahora está vestido de gris con una decoración de nubes oscuras. El aire comienza a correr fresco y eso solo puede significar una cosa: lluvia. Lo que me faltaba.Las gotas comienzan a caer lentamente y las personas corren a refugiarse debajo de los techos de los negocios o dentro de estos. Yo sigo caminando.
—¿Estás bien? —Esa voz se me hace conocida; levanto la cabeza y corroboro que es quien yo creo.—Sí, sí. —Trato de limpiar mi rostro con la blusa—. Todo está bien.—Toma. —Me extiende un pañuelo de papel—. No estás bien. Eso es claro. ¿Quieres hablarlo?—No quiero. Gracias. —Le señalo el papel con el que comienzo a limpiarme la cara.—De nada, es lo menos que puedo hacer.Pablo se sienta en la hierba a un lado mío.—¿Cómo es que estabas en mi clase? Ahora sí me pareces un acosador en potencia —digo tratando de reír para cambiar la conversación.—Bueno. Pasa que aquí me ofrecieron una beca para graduarme y quedarme de docente. No iba a desaprovechar la oportunidad, es una excelente universidad.—Oh, eso es grandioso. Me da gusto por ti. Al menos cuando salgas ya vas a tener un trabajo asegurado —digo sinceramente. Las cosas como están ahora en el país hacen muy difícil que uno pueda conseguir un trabajo decente.—Sí lo es. La verdad es que no imaginé encontrarte. Aunque confieso que sí
Hay dos cosas en esta vida que hacen que me parta de risa: la primera, un buen chiste, y la segunda, la gente necia. Como, por ejemplo, este hombre que acabo de conocer y, por un estúpido accidente añadido su ego supermasivo, se ha comportado como el peor patán de los patanes con esta dulce damisela. Bueno, no, no soy una damisela, pero que no exagere: un accidente lo puede tener cualquiera y él exageró mucho. Es una nena.Así que aquí estoy. Parada frente a mis compañeros de clase, Pablo, el chico nuevo «superguapo», el profesor malaleche y, claro, no podía faltar mi ex en la fila de atrás mirándome con desaprobación. Como si él fuera una santa palomita.El profesor y, para acabarla de amolar, el hombre con el que he peleado ya dos veces hoy está diciendo una sarta de pelotudeces. Así que ¿qué hago? Lo que mejor sé hacer: reírme. Me río de la ironía de la vida, de poner en el mismo salón al futuro padre de mis hijos (ya sé que exagero, pero en verdad está buenísimo) y al tipo que me
Guardo el sobre en la mochila y salgo a ayudarle a doña Ermine. ¡Oh sorpresa! Nuestro cliente estrella es el grosero que me encontré en la mañana fuera del trabajo de mi madre. Me río sola planeando un pésimo servicio que asegure no volver a verlo en mi lugar de trabajo.—Cariño, han pedido café negro de entrada. Llévales la carta del desayuno luego de eso. —Me intercepta mi jefa.—A la orden —le respondo a doña Ermine.Me regreso a la cocina y tomo unos platitos con sus tazas. Las pongo sobre la bandeja al igual que la jarra con café y salgo de nuevo.—Buenos días a Bistró Vítale —saludo mientras coloco las cosas y los cubiertos en la mesa.La cara del hombre es un poema. Se me queda mirando mientras entrecierra los ojos. Viene acompañado de otros dos señores, el señor Henry, que es cliente frecuente del lugar, y otro señor que se parece mucho a él.—Buen día —responden al unísono mientras el malcriado solo me mira con desdén en lo que sirvo los cafés.—Su café negro y las cartas del
—¿Tarde? —Busco el origen de esa voz. Es el conductor Pablo, parado por un lado del Uber.—Algo —respondo amable disponiéndome a seguir caminando. Si vuelvo a llegar tarde, mi jefe me dijo que me iba a correr.—Espera, yo te llevo. Estoy fuera de servicio, así que no te preocupes. No te cobraré.—No, así está bien. Voy aquí cerca. —Vuelvo a ver la hora.—¿Qué tan cerca? —pregunta con una dulce sonrisa de medio lado.—Por la avenida treinta y dos.—Eso no es cerca, anda, te llevo. Además, queda cerca de mi escuela, no hay problema por mí.—Está bien, pero al menos deja que te pague la ida —sugiero mientras me acerco al auto.Pablo se ríe y me abre la puerta del copiloto.—No es necesario —dice mientras me subo para luego cerrar la puerta.Pasa por enfrente del auto y eso me permite observarlo más detalladamente. Tiene brazos torneados y espalda amplia con cintura angosta. Trae un pantalón de mezclilla y un polo con chamarra de piel. Todo un sexi y exquisito hombre comestible.Sube al a







