MasukMi madre y yo nos apuramos a entrar a la privada. Trato de que el paraguas cubra mayormente a mi mamá; no importa que yo me moje un poco más. Esto será un pretexto para hacer un rico chocolate, tirarme en el sofá y ver Juego de tronos por sexta ocasión. El día lo amerita.—En cuanto lleguemos a casa te das una ducha con agua caliente —me ordena mi madre.—Sí. ¿Puedes hacer chocolatito caliente? —digo con ojitos de borreguito.—Quería hacer café con leche. Traje conchas —me responde mientras llegamos a casa y pasa a la sala.—Es que yo quiero chocolate. Se antoja con este clima. Anda… —le ruego de nuevo mientras cierro el paraguas y lo acomodo en su esquina detrás de la puerta.—Ok, pero ya vete a bañar y a secar, si no, te me vas a enfermar —me ordena de nuevo.—A sus órdenes, general —digo con acento militar mientras me retiro a mi cuarto.Al entrar veo a la Yuyu echada en mi cama como la reina y señora de la casa. Ni porque tiene la suya propia. Saco un pijama y ropa interior y me m
Me acomodo la mochila y recuerdo el lonche. Me salgo de la banqueta y me pongo debajo de un árbol. Saco el túper y veo toda la comida batida. Esto ni la Yuyu se lo comería. Lástima, tan rico que se veía en la mañana. Tiro en un bote lo que queda del arroz con verdura y devuelvo el túper a su lugar. Me pongo la mochila, los audífonos en el oído y reproduzco la música aleatoriamente.Salgo de la universidad y tomo la avenida principal hasta llegar al trabajo de mi madre. «Eterna soledad», de los Enanitos Verdes, empieza a sonar por los audífonos; eso me provoca un aire de nostalgia. El día de hoy ha sido un caos. Camino entre la gente y veo cómo el día, que al comenzar era soleado, ahora está vestido de gris con una decoración de nubes oscuras. El aire comienza a correr fresco y eso solo puede significar una cosa: lluvia. Lo que me faltaba.Las gotas comienzan a caer lentamente y las personas corren a refugiarse debajo de los techos de los negocios o dentro de estos. Yo sigo caminando.
—¿Estás bien? —Esa voz se me hace conocida; levanto la cabeza y corroboro que es quien yo creo.—Sí, sí. —Trato de limpiar mi rostro con la blusa—. Todo está bien.—Toma. —Me extiende un pañuelo de papel—. No estás bien. Eso es claro. ¿Quieres hablarlo?—No quiero. Gracias. —Le señalo el papel con el que comienzo a limpiarme la cara.—De nada, es lo menos que puedo hacer.Pablo se sienta en la hierba a un lado mío.—¿Cómo es que estabas en mi clase? Ahora sí me pareces un acosador en potencia —digo tratando de reír para cambiar la conversación.—Bueno. Pasa que aquí me ofrecieron una beca para graduarme y quedarme de docente. No iba a desaprovechar la oportunidad, es una excelente universidad.—Oh, eso es grandioso. Me da gusto por ti. Al menos cuando salgas ya vas a tener un trabajo asegurado —digo sinceramente. Las cosas como están ahora en el país hacen muy difícil que uno pueda conseguir un trabajo decente.—Sí lo es. La verdad es que no imaginé encontrarte. Aunque confieso que sí
Hay dos cosas en esta vida que hacen que me parta de risa: la primera, un buen chiste, y la segunda, la gente necia. Como, por ejemplo, este hombre que acabo de conocer y, por un estúpido accidente añadido su ego supermasivo, se ha comportado como el peor patán de los patanes con esta dulce damisela. Bueno, no, no soy una damisela, pero que no exagere: un accidente lo puede tener cualquiera y él exageró mucho. Es una nena.Así que aquí estoy. Parada frente a mis compañeros de clase, Pablo, el chico nuevo «superguapo», el profesor malaleche y, claro, no podía faltar mi ex en la fila de atrás mirándome con desaprobación. Como si él fuera una santa palomita.El profesor y, para acabarla de amolar, el hombre con el que he peleado ya dos veces hoy está diciendo una sarta de pelotudeces. Así que ¿qué hago? Lo que mejor sé hacer: reírme. Me río de la ironía de la vida, de poner en el mismo salón al futuro padre de mis hijos (ya sé que exagero, pero en verdad está buenísimo) y al tipo que me
Guardo el sobre en la mochila y salgo a ayudarle a doña Ermine. ¡Oh sorpresa! Nuestro cliente estrella es el grosero que me encontré en la mañana fuera del trabajo de mi madre. Me río sola planeando un pésimo servicio que asegure no volver a verlo en mi lugar de trabajo.—Cariño, han pedido café negro de entrada. Llévales la carta del desayuno luego de eso. —Me intercepta mi jefa.—A la orden —le respondo a doña Ermine.Me regreso a la cocina y tomo unos platitos con sus tazas. Las pongo sobre la bandeja al igual que la jarra con café y salgo de nuevo.—Buenos días a Bistró Vítale —saludo mientras coloco las cosas y los cubiertos en la mesa.La cara del hombre es un poema. Se me queda mirando mientras entrecierra los ojos. Viene acompañado de otros dos señores, el señor Henry, que es cliente frecuente del lugar, y otro señor que se parece mucho a él.—Buen día —responden al unísono mientras el malcriado solo me mira con desdén en lo que sirvo los cafés.—Su café negro y las cartas del
—¿Tarde? —Busco el origen de esa voz. Es el conductor Pablo, parado por un lado del Uber.—Algo —respondo amable disponiéndome a seguir caminando. Si vuelvo a llegar tarde, mi jefe me dijo que me iba a correr.—Espera, yo te llevo. Estoy fuera de servicio, así que no te preocupes. No te cobraré.—No, así está bien. Voy aquí cerca. —Vuelvo a ver la hora.—¿Qué tan cerca? —pregunta con una dulce sonrisa de medio lado.—Por la avenida treinta y dos.—Eso no es cerca, anda, te llevo. Además, queda cerca de mi escuela, no hay problema por mí.—Está bien, pero al menos deja que te pague la ida —sugiero mientras me acerco al auto.Pablo se ríe y me abre la puerta del copiloto.—No es necesario —dice mientras me subo para luego cerrar la puerta.Pasa por enfrente del auto y eso me permite observarlo más detalladamente. Tiene brazos torneados y espalda amplia con cintura angosta. Trae un pantalón de mezclilla y un polo con chamarra de piel. Todo un sexi y exquisito hombre comestible.Sube al a







