로그인Guardo el sobre en la mochila y salgo a ayudarle a doña Ermine. ¡Oh sorpresa! Nuestro cliente estrella es el grosero que me encontré en la mañana fuera del trabajo de mi madre. Me río sola planeando un pésimo servicio que asegure no volver a verlo en mi lugar de trabajo.
—Cariño, han pedido café negro de entrada. Llévales la carta del desayuno luego de eso. —Me intercepta mi jefa.
—A la orden —le respondo a doña Ermine.
Me regreso a la cocina y tomo unos platitos con sus tazas. Las pongo sobre la bandeja al igual que la jarra con café y salgo de nuevo.
—Buenos días a Bistró Vítale —saludo mientras coloco las cosas y los cubiertos en la mesa.
La cara del hombre es un poema. Se me queda mirando mientras entrecierra los ojos. Viene acompañado de otros dos señores, el señor Henry, que es cliente frecuente del lugar, y otro señor que se parece mucho a él.
—Buen día —responden al unísono mientras el malcriado solo me mira con desdén en lo que sirvo los cafés.
—Su café negro y las cartas del menú —anuncio mientras coloco las cosas en la mesa.
El señor Henry la rechaza amablemente con la mano.
—Tráeme lo de siempre, por favor.
—¿Qué es lo de siempre? —pregunta el metiche malcriado.
Decido que el señor Henry responda, ya que no me apetece hablar directamente con él. Al notar mi silencio y mi sonrisa falsa, él lo nota y responde.
—Huevos rancheros con la salsa de la casa y tocino, acompañado de frijoles, queso, panela y pan tostado con jamón.
—¿Huevos rancheros? —pregunta como no sabiendo lo que es; ¿de qué planeta viene este? Tiene un acento extraño.
—Huevos montados —responde el señor Henry.
—¿A poco también montas huevos? —pregunta el insolente dirigiéndose a mí.
Sus rostros perplejos no son nada con la cara que pongo. ¡Esto no se puede quedar así!
—Sí, y también los quemo —respondo mientras tomo la jarra con café de la charola y la derramo en sus pantalones.
—¡Bitch! —salta del asiento gritando maldiciones en inglés.
—Ups —digo mientras le tiro una servilleta al pecho.
Huyo de la escena del crimen y me refugio en la cocina. Don Fiorenzo se queda viendo todo espantado, mientras doña Ermine entra detrás de mí.
Siento un nudo en la garganta de coraje y frustración, pero no voy a llorar. Tomo un vaso y me sirvo agua mientras oigo cómo doña Ermine le relata lo ocurrido a don Fiorenzo. Me tomo el agua rápidamente mientras veo cómo la cara de don Fiorenzo se torna roja de coraje. Seguro ha perdido a un cliente importante con la escenita que me acabo de montar.
—¿Estás bien? —me pregunta doña Ermine acercándose a mí.
—Sí, estoy bien. Enojada, pero bien.
—No creí que fueras a hacer eso. El muchacho se portó muy grosero contigo.
—Lo siento, doña Ermine. Fue un arrebato de mi parte. Estoy consciente de que esto me puede costar mi trabajo y créame que no le voy a rogar. Voy a afrontar las consecuencias de ello —digo mientras me sobo la sien.
—Consecuencias, ¿de qué? —dice una tercera voz que entra a la cocina en ese momento.
—Henry, hola —saluda Fiorenzo.
—Hola, Fiorenzo, Ermine. Disculpen mi intromisión, quería pedir disculpas por la actitud de mi sobrino; como pudieron darse cuenta, carece de modales. —Se acerca a mí con una mirada penetrante—. No hay ningún tipo de consecuencia que afrontar, querida. Al contrario, gracias por darle una lección. Ya la merecía.
—No, señor Henry, en serio, discúlpenme, no debí haber hecho eso. Lo pude haber lastimado.
—Nada, ya te digo que no hay ningún problema y se lo tiene muy merecido. Esa no es manera de dirigirse a una dama. —Asiente con la cabeza y luego se dirige a mi jefe—. Fiorenzo, ¿podemos hablar?
—Claro —dice este último mientras ambos se dirigen al pequeño despacho.
—Ves, no hay ningún problema. Tranquilízate un poco, que aún se te nota la molestia en la cara. Yo iré a atender.
—Está bien, señora Ermine. En un momento salgo.
Doña Ermine sale de la cocina y se va a atender el caos que hice. Me siento pésima conmigo por la actitud que tomé. Sé que no era necesario verterle la jarra entera de café caliente. Pero de que se lo tenía merecido, se lo tenía merecido. No sé cómo puede haber gente tan repugnante y grosera. Si es sobrino del señor Henry, eso significa que es de dinero; eso puede ser una gran causa para su soberbia e insolencia.
Termino de beberme el agua y me preparo un té de tila. Se oyen las voces opacas de mi jefe y don Henry, el que curiosamente viene siendo el jefe de mi mamá. El señor Henry fue el que ayudó a mi madre cuando quedó viuda; en una ocasión que pasé por mi madre al trabajo, mientras la esperaba en la recepción, el señor Henry se acercó para saber cómo me iba en la escuela; con lo parlanchina que soy, le conté de mi nuevo trabajo en el bistró y de lo delicioso que cocinaba don Fiorenzo; prometió visitar el lugar y desde entonces viene de una a dos veces a la semana.
Esta era la primera vez que venía acompañado; por lo que sé de mi madre, el señor Henry nunca se casó y no tiene hijos. Me tomo a sorbos el té, esperando el veredicto de don Fiorenzo. No quiero ni pensar qué es lo que pueda suceder; si bien es cierto, el señor Henry ha sido una especie de ángel de la guarda de mi madre y mío al darle un trabajo fijo y un sueldo justo cuando ella ni pertenecía a su empresa de arquitectura. Eso no significa que sea nuestro justiciero enmascarado ni nuestro proveedor, pues no es así. Después de todo, solo soy una empleada y estoy a merced de lo que decida don Fiorenzo.
Los minutos transcurren lentamente; el reloj de pared marca las doce y media; Lucy no tardará en llegar, ya que siempre lo hace antes solo para tener un momento más para conversar en lo que nuestros clientes de la hora de comida comienzan a llegar.
Por fin, don Fiorenzo y el señor Henry salen de la oficina entre risas y chistes que solo ellos se entienden.
—Quiero ser yo quien me disculpe por las malas acciones de mi sobrino; me hubiera encantado que fuera él, pero su arrogancia y orgullo no le permiten tal cosa —me dice el señor Henry.
—No tiene por qué pedirlas, señor Henry; usted no ha tenido culpa de nada. Y por su sobrino no esperaba que las diera, así que pierda cuidado —finalizo mientras le regalo una de mis mejores sonrisas.
El señor Henry es un inglés enamorado de México que decidió quedarse en el país después de unas vacaciones; bueno, eso lo sé porque es lo que mi madre me ha contado. Es una persona en sus cincuenta, alto, con ojos de color azul y una cabellera rubia con algunas canas. Mi madre dice que en la empresa muchas mueren por sus huesos, ya que es una persona muy amable y que muchas suelen confundir con otra cosa. Yo digo que en sus tiempos ha de haber estado bien; ahora no soy quién para opinar.
—Ok, querida. Si por alguna otra razón mi sobrino te vuelve a molestar, no dudes en llamarme. —Me extiende una tarjeta de presentación con su nombre y su móvil—. Por favor, cualquier cosa. ¿De acuerdo?
—Está bien —digo sin más.
—Bueno, me retiro. Fiorenzo, no olvides lo que hablamos —le recuerda a mi jefe y, sin esperar respuesta, se retira del lugar.
—Don Fiorenzo, yo… —me interrumpe.
—Tú nada, no te preocupes. Todo está bien. Mejor ve a ayudarle a Ermine, que seguro piensa que ya te hice lasaña. —Me cierra un ojo y se gira a la estufa.
Salgo al frente del restaurante y tomo de nuevo mi libreta de pedidos. Hay apenas unos cuantos clientes que al menos me permiten distraerme un poco de lo sucedido. De reojo miro la mesa donde antes ocurrió el accidente y ya todo está limpio, así que me pongo a atender las mesas. Unos minutos más tarde llega Lucy; entre mesas, pedidos y comida, le cuento todo mi día desde que amaneció. La cara de Lucy va desde risa hasta frustración, dudas y enojo.
—Ay, mijita, deberías hacerte una limpia. Si eso es ahora, a mediodía, qué será cuando termine el día —me sugiere riéndose de mis infortunios.
—Lo sé, lo sé. Solo me queda rogarle a Dios que no pasen peores cosas.
—Pues ojalá, porque está cabrón —responde y sale de la cocina a seguir atendiendo las mesas.
El tiempo pasa rápido y cuando menos pienso son las dos menos cinco; genial, tenía clase a las dos. Espero que por ser el primer día todos lleguen tarde. Me despido de todos con besos, no sin antes volver a agradecerles todo lo bueno que son conmigo.
Tomo mi mochila y cruzo la calle a la universidad; mi clase está en el último edificio, en el último piso, en la penúltima aula. Veo que de mi salón ya no se ve nadie, aunque veo muchas caras desconocidas; esos han de ser los de nuevo ingreso. Subo corriendo de dos en dos los escalones hasta llegar al piso siete.
Al dar la vuelta al pasillo, veo que Nayeli, una compañera de la carrera, está tocando la puerta; menos mal, no soy la única en llegar tarde.
Le abren en cuanto llego a la par que ella. Rodrigo nos abre toda la puerta para que pasemos; dos cosas captan mi atención: la primera es un hermoso joven sentado en mi lugar con una sonrisa amplia, y la segunda, el nuevo profesor de planeación estratégica.
—¡Bravo! —dice el profesor mientras aplaude—. La señorita nos ha dignado con su presencia.
No hace falta decir quién es el profesor; en todo el pizarrón estaba su nombre escrito:
Ian Ikard
Profesor de planeación estratégica para el diseño
Genial, lo que me faltaba, mi maestro es un patán. Necesitaré esa limpia.
Mi madre y yo nos apuramos a entrar a la privada. Trato de que el paraguas cubra mayormente a mi mamá; no importa que yo me moje un poco más. Esto será un pretexto para hacer un rico chocolate, tirarme en el sofá y ver Juego de tronos por sexta ocasión. El día lo amerita.—En cuanto lleguemos a casa te das una ducha con agua caliente —me ordena mi madre.—Sí. ¿Puedes hacer chocolatito caliente? —digo con ojitos de borreguito.—Quería hacer café con leche. Traje conchas —me responde mientras llegamos a casa y pasa a la sala.—Es que yo quiero chocolate. Se antoja con este clima. Anda… —le ruego de nuevo mientras cierro el paraguas y lo acomodo en su esquina detrás de la puerta.—Ok, pero ya vete a bañar y a secar, si no, te me vas a enfermar —me ordena de nuevo.—A sus órdenes, general —digo con acento militar mientras me retiro a mi cuarto.Al entrar veo a la Yuyu echada en mi cama como la reina y señora de la casa. Ni porque tiene la suya propia. Saco un pijama y ropa interior y me m
Me acomodo la mochila y recuerdo el lonche. Me salgo de la banqueta y me pongo debajo de un árbol. Saco el túper y veo toda la comida batida. Esto ni la Yuyu se lo comería. Lástima, tan rico que se veía en la mañana. Tiro en un bote lo que queda del arroz con verdura y devuelvo el túper a su lugar. Me pongo la mochila, los audífonos en el oído y reproduzco la música aleatoriamente.Salgo de la universidad y tomo la avenida principal hasta llegar al trabajo de mi madre. «Eterna soledad», de los Enanitos Verdes, empieza a sonar por los audífonos; eso me provoca un aire de nostalgia. El día de hoy ha sido un caos. Camino entre la gente y veo cómo el día, que al comenzar era soleado, ahora está vestido de gris con una decoración de nubes oscuras. El aire comienza a correr fresco y eso solo puede significar una cosa: lluvia. Lo que me faltaba.Las gotas comienzan a caer lentamente y las personas corren a refugiarse debajo de los techos de los negocios o dentro de estos. Yo sigo caminando.
—¿Estás bien? —Esa voz se me hace conocida; levanto la cabeza y corroboro que es quien yo creo.—Sí, sí. —Trato de limpiar mi rostro con la blusa—. Todo está bien.—Toma. —Me extiende un pañuelo de papel—. No estás bien. Eso es claro. ¿Quieres hablarlo?—No quiero. Gracias. —Le señalo el papel con el que comienzo a limpiarme la cara.—De nada, es lo menos que puedo hacer.Pablo se sienta en la hierba a un lado mío.—¿Cómo es que estabas en mi clase? Ahora sí me pareces un acosador en potencia —digo tratando de reír para cambiar la conversación.—Bueno. Pasa que aquí me ofrecieron una beca para graduarme y quedarme de docente. No iba a desaprovechar la oportunidad, es una excelente universidad.—Oh, eso es grandioso. Me da gusto por ti. Al menos cuando salgas ya vas a tener un trabajo asegurado —digo sinceramente. Las cosas como están ahora en el país hacen muy difícil que uno pueda conseguir un trabajo decente.—Sí lo es. La verdad es que no imaginé encontrarte. Aunque confieso que sí
Hay dos cosas en esta vida que hacen que me parta de risa: la primera, un buen chiste, y la segunda, la gente necia. Como, por ejemplo, este hombre que acabo de conocer y, por un estúpido accidente añadido su ego supermasivo, se ha comportado como el peor patán de los patanes con esta dulce damisela. Bueno, no, no soy una damisela, pero que no exagere: un accidente lo puede tener cualquiera y él exageró mucho. Es una nena.Así que aquí estoy. Parada frente a mis compañeros de clase, Pablo, el chico nuevo «superguapo», el profesor malaleche y, claro, no podía faltar mi ex en la fila de atrás mirándome con desaprobación. Como si él fuera una santa palomita.El profesor y, para acabarla de amolar, el hombre con el que he peleado ya dos veces hoy está diciendo una sarta de pelotudeces. Así que ¿qué hago? Lo que mejor sé hacer: reírme. Me río de la ironía de la vida, de poner en el mismo salón al futuro padre de mis hijos (ya sé que exagero, pero en verdad está buenísimo) y al tipo que me
Guardo el sobre en la mochila y salgo a ayudarle a doña Ermine. ¡Oh sorpresa! Nuestro cliente estrella es el grosero que me encontré en la mañana fuera del trabajo de mi madre. Me río sola planeando un pésimo servicio que asegure no volver a verlo en mi lugar de trabajo.—Cariño, han pedido café negro de entrada. Llévales la carta del desayuno luego de eso. —Me intercepta mi jefa.—A la orden —le respondo a doña Ermine.Me regreso a la cocina y tomo unos platitos con sus tazas. Las pongo sobre la bandeja al igual que la jarra con café y salgo de nuevo.—Buenos días a Bistró Vítale —saludo mientras coloco las cosas y los cubiertos en la mesa.La cara del hombre es un poema. Se me queda mirando mientras entrecierra los ojos. Viene acompañado de otros dos señores, el señor Henry, que es cliente frecuente del lugar, y otro señor que se parece mucho a él.—Buen día —responden al unísono mientras el malcriado solo me mira con desdén en lo que sirvo los cafés.—Su café negro y las cartas del
—¿Tarde? —Busco el origen de esa voz. Es el conductor Pablo, parado por un lado del Uber.—Algo —respondo amable disponiéndome a seguir caminando. Si vuelvo a llegar tarde, mi jefe me dijo que me iba a correr.—Espera, yo te llevo. Estoy fuera de servicio, así que no te preocupes. No te cobraré.—No, así está bien. Voy aquí cerca. —Vuelvo a ver la hora.—¿Qué tan cerca? —pregunta con una dulce sonrisa de medio lado.—Por la avenida treinta y dos.—Eso no es cerca, anda, te llevo. Además, queda cerca de mi escuela, no hay problema por mí.—Está bien, pero al menos deja que te pague la ida —sugiero mientras me acerco al auto.Pablo se ríe y me abre la puerta del copiloto.—No es necesario —dice mientras me subo para luego cerrar la puerta.Pasa por enfrente del auto y eso me permite observarlo más detalladamente. Tiene brazos torneados y espalda amplia con cintura angosta. Trae un pantalón de mezclilla y un polo con chamarra de piel. Todo un sexi y exquisito hombre comestible.Sube al a







