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Capítulo 8 Henry

Penulis: Ginya Les
last update Tanggal publikasi: 2026-10-18 02:11:13

Me acomodo la mochila y recuerdo el lonche. Me salgo de la banqueta y me pongo debajo de un árbol. Saco el túper y veo toda la comida batida. Esto ni la Yuyu se lo comería. Lástima, tan rico que se veía en la mañana. Tiro en un bote lo que queda del arroz con verdura y devuelvo el túper a su lugar. Me pongo la mochila, los audífonos en el oído y reproduzco la música aleatoriamente.

Salgo de la universidad y tomo la avenida principal hasta llegar al trabajo de mi madre. «Eterna soledad», de los Enanitos Verdes, empieza a sonar por los audífonos; eso me provoca un aire de nostalgia. El día de hoy ha sido un caos. Camino entre la gente y veo cómo el día, que al comenzar era soleado, ahora está vestido de gris con una decoración de nubes oscuras. El aire comienza a correr fresco y eso solo puede significar una cosa: lluvia. Lo que me faltaba.

Las gotas comienzan a caer lentamente y las personas corren a refugiarse debajo de los techos de los negocios o dentro de estos. Yo sigo caminando. La música me lleva con su ritmo, que encaja perfecto con el sonido de la lluvia cayendo en mi rostro. Comienzo a cantar la canción pasando entre la gente que busca refugio para no mojarse. No es hasta que estoy a menos de una calle de con mi madre que me doy cuenta de que estoy llorando.

Música triste, lluvia y un día de m****a dan como resultado: chica llorona bajo la lluvia.

«Hay que correr el riesgo, de levantarse y seguir cayendo», dice la canción. Tiene razón; no tengo por qué dejarme intimidar por ese nuevo profesor y el estúpido de mi ex. Nunca me había encontrado en la posición de que una persona se burlara tanto de mi persona como lo hizo ese tipo inglés, y añadámosle la infidelidad de la persona que creí que me amaba y a la cual amé. Sé que en el fondo de mi corazón no lo he superado; aún duele, y mucho. Sin embargo, que pase lo que tenga que pasar, estoy lista para ello.

Diviso a mi mamá resguardándose debajo del techo de la entrada con unas bolsas de mandado. Vaya que es rápida.

—Llegué —digo toda empapada con cara de sapo por tanto llorar.

—Pero, ¿qué te pasó? —me pregunta preocupada mientras me acomoda el cabello detrás de la oreja.

—En casa te cuento; está lloviendo mucho. ¿Te parece si tomamos un taxi?

—Sí. Mira, ahí viene uno.

Me acerco a la orilla para hacerle una seña y que se detenga, pero no lo hace; en cambio, el taxi me salpica con el agua sucia de la calle en todo el cuerpo.

—¡Pendejo! —le grito enojada.

—¡Zoé! Esas palabras —me regaña mi madre.

—Mamá, pero ¿que no vio que lo hizo con malicia? —Le saco el dedo medio al taxista en dado caso de que me vea por el retrovisor.

—Zoé, ya vente. Pediré un Uber.

—No, mamá, ahorita son caros, espérese. Ahorita no tarda en pasar otro taxi —insisto esperando en la orilla de la banqueta.

Pasan carros, buses, microbuses, pero ningún taxi. Una camioneta negra se estaciona frente a mí, así que me alejo para alcanzar a ver un taxi.

—Zoé, hija, vente —me llama mi madre; me volteo y puedo ver cómo el señor Henry es quien ha bajado de la camioneta y está sosteniendo un paraguas. Mi madre está justo debajo de ese paraguas y parada por un lado, esperando que me acerque.

—Zoé, sube, ven. Henry nos dará raite a casa —me dice mi madre. ¿Desde cuándo ya no es señor Henry y ahora solo es «Henry»?

Subo a la camioneta y, oh sorpresa, el sobrino engreído está dentro. Me bajo inmediatamente y choco con mi madre, que ya estaba subiendo.

—Perdón, mamá, pero no podemos irnos con ellos —digo a la defensiva.

—¿Qué? ¿Pero por qué? —pregunta muy confundida.

—¿Pasa algo, Zoé? —pregunta el señor Henry.

—Lo siento, pero usted sabe qué pasa.

—Oh, ya entiendo, querida —dice mientras le da el paraguas a mi madre y se acerca a la camioneta.

El cielo comienza a tronar y la lluvia se convierte en tormenta; parece que se cae a cántaros el cielo. El sobrino de Henry baja muy molesto de la camioneta y me ve con cara de furia mientras la lluvia comienza a mojar su costoso traje.

—Problema resuelto, pueden pasar. —Le cede el paso a mi madre, la cual solo me regala su mirada de «en la casa hablamos» y esta se sube pasándome el paraguas.

—Te veo en casa, Ian —le dice el señor Henry a su sobrino mientras sube a la parte delantera.

Me quedo mirando la escena, al sobrino con cara de «te voy a matar», a mi madre con cara de «tenemos que hablar» y al señor Henry con cara de «hago lo que quiero». Tomo ventaja de la situación, cierro el paraguas, le tiro un beso, le cierro el ojo al tal Ian y me subo al coche. Cuando cierro la puerta solo puedo ver su silueta y cómo pone los brazos en jarras mientras el agua le cae encima con tremenda fuerza.

—Lo tiene bien merecido —dice el señor Henry desde enfrente.

Yo solo puedo asentir con la cabeza mientras el chofer pone la camioneta en marcha y se agrega al caos vial de la avenida. Mamá no me quita la vista de encima y preveo un interrogatorio nada más llegar a casa.

—¿Dónde mismo, Helena? —pregunta el señor Henry.

—Sí —contesta muy escueto mi mamá.

El viaje se hace en silencio, con más preguntas en el aire que respuestas. Si mi madre cree que se me ha pasado esa pregunta de «¿dónde mismo?», no es así. ¿Desde cuándo el señor Henry sabe dónde vivimos? ¿Cuántas veces habrá llevado a mi madre?

Al llegar a la vecindad le pido las llaves a mi madre para ir a abrir y que ella no se moje; hace dos años se me vio muy enferma de neumonía. Tengo que cuidarla. Bajo de la camioneta y abro el paraguas del señor Henry.

—Ya vuelvo, espera a que yo abra —le pido a mi madre.

—Está bien, con cuidado. El piso está resbaloso —responde.

Voy y abro la puerta de la entrada y corro a la casa a abrirla. Dejo mi mochila y tomo el paraguas más grande. Regreso a la camioneta y mi madre está secreteándose con el señor Henry.

—Listo, te ayudo. —Le ofrezco mi brazo a mi madre y la ayudo a bajar. No es que no pueda, pero es que el piso sí está resbaloso.

Ella toma el paraguas grande y nos cubre con él mientras le entrega el otro a su dueño.

—Gracias, Henry, has sido de mucha ayuda.

—De nada, querida. Ya te dije, cualquier cosa, llámame y te ayudo. Para eso estamos.

Yo solo los veo uno a otro, pero ni de coña se me ha pasado el rubor y nerviosismo en la cara de «Helena».

—Gracias de nuevo por todo —digo sinceramente.

—Para nada, Zoé; si te vuelve a molestar, me dices. ¿De acuerdo?

—De acuerdo. Permiso —digo y jalo prudentemente a mi madre para que comience a caminar.

Tomo las bolsas de su mano, que no pesan nada, y ella se despide del señor Henry. Vemos cómo este se sube a su camioneta y esta avanza bajo la lluvia de la ciudad.

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