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Capitulo 3

Author: Itha León
last update Petsa ng paglalathala: 2026-09-22 23:50:05

Pov Viridiana

Ocho meses. Ocho meses desde que quemé sus camisas y él me quemó a mí.

Javier no solo me quitó la casa. Me quitó todo. El abogado que él contrató era un tiburón con traje de mil dólares y yo llegué con una asesoría gratuita. Me quedé sin piso, sin coche, sin el perro que nunca me gustó, y hasta sin mis ahorros, porque según él "los habíamos gastado en la luna de miel". Ocho años de matrimonio reducidos a una caja de cartón con mi ropa y mis fotos.

Terminé en un trabajo de medio tiempo en una tienda de ropa que cerró a los dos meses, porque la vida es bien gacha y le encanta ver cómo te revuelcas en el lodo. Estaba a punto de pedirle dinero a mi mamá, que es como firmar una condena a cadena perpetua de "ya te lo dije", cuando Mariana me llamó.

—Viri, están contratando en el hotel. El Bucama Palace. Es de lujo, pagan bien y necesitan personal.

—¿De qué? —pregunté, sin ganas de ilusionarme.

—De mucama.

—¿Mucama? ¿Limpiar baños, tender camas y recoger pelos de los que se hospedan?

—Oye, es mejor que estar en tu casa contando monedas para el camión. Ven, te ayudo con la solicitud.

Fui. La entrevista fue rápida y fría. El gerente, un gordo sudoroso llamado don Arturo, me miró como si yo fuera una mancha en su traje.

—¿Estudios? —preguntó, sin levantar la vista.

—Secundaria trunca.

—¿Experiencia en limpieza?

—He limpiado mi casa ocho años. Y la m****a de mi exmarido.

Alzó una ceja. No le gustó mi respuesta, pero necesitaban gente. Me dieron el uniforme, un carrito de limpieza y un horario que empezaba a las seis de la mañana. No me quejé. Por primera vez en meses, tenía algo seguro.

—Te toca el ala este, suite 312 a la 320. No dejes ni una mancha, ¿entendido?

Asentí y me fui a trabajar.

El tercer día, mientras empujaba mi carrito por el pasillo de la suite 318, escuché una voz que me heló la sangre. Esa voz ronca y prepotente, esa que había escuchado durante ocho años diciéndome que no valía nada, que no servía para nada y que sin él sería menos.

Me asomé por la puerta abierta y ahí estaba. Javier. Con la rubia de la sábana, la secretaria de ventas, recostada en la cama con un batín de seda que seguro pagó con mi dinero. Porque claro, él se quedó con todo.

—¿Qué m****a haces tú aquí? —preguntó él, sentándose de golpe. Se le veía el susto en la cara, pero rápido se transformó en desprecio.

—Trabajo —dije, apretando el trapo contra mi pecho—. ¿Y ustedes? ¿Ya se cansaron de la casa que me robaste?

La rubia se levantó y se puso frente a él, como si yo fuera a atacarla.

—Esta es tu ex, ¿verdad? —dijo, con una risita estúpida—. Dios, ¿por qué no lo dejas en paz? Ya superalo.

—Yo no vine a buscarlos —le respondí, y sentí que la sangre me hervía—. Vine a ganarme la vida, cosa que ustedes dos no entienden porque viven de lo que otros trabajan.

Javier se levantó de la cama y caminó hacia mí. Se paró tan cerca que podía oler su colonia, la misma que usaba para salir "a juntarse con los compas".

—Escúchame bien, Viridiana —dijo, bajando la voz para que solo yo lo escuchara—. No me importa lo que estés haciendo aquí. No me importa si estás limpiando o si estás vendiendo el cuerpo en los pasillos. Si te veo cerca de mi habitación una vez más, voy a hablar con don Arturo. Y sabes que conozco a su jefe. Te van a correr a patadas.

—¿Me vas a acusar de acosarte? —me reí—. Típico de ti. Siempre haciéndote la víctima. El pobre Javier, la mujer loca que no lo deja en paz.

—No te estoy pidiendo, te estoy avisando.

—Avisame esta —dije, y di un paso hacia él—. Tú me robaste la casa, me robaste los ahorros, me robaste ocho años de mi vida. Y ahora quieres robarme este pinche trabajo de m****a. Pues no te voy a dejar, ¿me oyes? No te voy a dejar.

La rubia se metió en medio.

—Ya cálmate, loca. Vete antes de que llamemos a seguridad.

—Llama, pero vas a tener que explicar por qué tu novio sigue obsesionado con su ex mujer. Porque eso es lo que eres, Javier. Un obsesionado. No soportas que yo esté bien, que haya seguido adelante sin ti.

Él apretó la mandíbula y vi cómo se le enrojecía el cuello.

—Vete —dijo, señalando la puerta—. Vete ahora o te juro que te arrepientes.

Me fui. Porque sabía que si me quedaba un segundo más, iba a aventarle la cubeta de agua sucia en su cara bonita.

Y no quería darle el gusto de verme perder el control.

No pasó ni una hora cuando don Arturo me llamó a su oficina.

—Siéntese, señorita Viridiana —dijo, sin ofrecerme agua ni nada.

Me senté. Cruzó las manos sobre el escritorio y puso una cara de "te tengo agarrada".

—El señor Javier Pérez es un cliente muy importante para nosotros. Uno de los inversionistas del hotel, de hecho. Me ha dicho que usted lo está hostigando, que ha estado llamando a su habitación, y que lo sigue por los pasillos...

—¡Es mentira! —grité, y me levanté—. Yo no sabía que él estaba aquí. Yo entré a limpiar, no a buscarlo.

—Siéntese, le dije.

Me senté de nuevo, temblando de coraje.

—No me importa si es cierto o no —continuó don Arturo, encendiendo un cigarro—. Lo que importa es que él tiene influencia. Y yo tengo instrucciones de reubicarla.

—¿Reubicarme?

—Sí. Va a atender la suite presidencial. El ala exclusiva.

—¿Eso es un castigo?

Sonrió, y su sonrisa me dio más asco que el humo de su cigarro.

—Esa suite tiene un protocolo estricto. Cualquier error, cualquier queja, y queda usted fuera. El señor Pérez pidió que estuviera en un lugar donde pudiera fallar. Así que no falle, señorita.

Salí de su oficina con las manos sudadas y el uniforme pegado a la espalda. Mariana estaba en el pasillo, con los ojos bien abiertos.

—¿Qué pasó? —preguntó—. Te escuché gritar desde lejos.

—Ese cabrón —dije, y sentí que se me saltaba una lágrima, pero la contuve—. Javier quiere que me despidan.

—¿Javier? ¿Está aquí?

—Sí, con la secretaria. Me acusó de acosarlo. El gerente me mandó a la suite presidencial.

—No inventes —Mariana agarró mi brazo—. ¿La suite presidencial? Ahí se hospeda el rey de España.

—¿El qué?

—El rey. El nuevo. ¿No sabes? El rey viejo se murió hace cinco meses, el hijo tomó el trono, pero dicen que si no se casa en cuatro meses le quitan la corona y se la dan a su primo. Todo el mundo está hablando de eso en el hotel. Mira, yo te enseño una foto.

Sacó su teléfono y empezó a buscar. Pero yo la detuve.

—No quiero verlo.

—¿Cómo que no? Es el rey, Viri.

—Me importa una m****a quién sea. Me importa que Javier quiere verme caer, y no pienso darle el gusto. No pienso darle ni un maldito segundo de satisfacción.

—Pero es el rey —insistió—. Dicen que es guapísimo, que antes era un mujeriego y que tenía amantes por todo el mundo. Que ahora anda desesperado buscando esposa porque su primo le quiere quitar el trono...

—Mariana, por favor —la corté—. No me importa si es el rey de Marte. No me importa si es Brad Pitt o el mismísimo diablo. Yo solo quiero limpiar su suite, que nadie se queje, cobrar mi quincena y largarme de aquí. ¿Entiendes?

Ella guardó el teléfono con una mueca de "estás bien pendeja".

—Está bien, pero cuando lo veas, te vas a arrepentir.

—Los reyes no ven a las mucamas, Mariana.

—He oído que es diferente. Que se escapa de sus guardias, que anda por el hotel como si nada.

—Pues que se escape, mientras yo esté limpiando.

Mariana se fue, y yo me quedé frente a mi carrito de limpieza. Miré al final del pasillo, hacia el área restringida, donde estaba la suite presidencial. No sentía miedo. No sentía curiosidad. Sentía rabia. Y la rabia, cuando la usas bien, es el mejor combustible.

Agarre mis llaves, mi cubeta, mis trapos y mi botella de cloro. Si el rey quería una suite impecable, la iba a tener. Pero no por él.

Por Javier. Porque él esperaba verme fallar, verme llorar, y verme rendirme. Y yo, Viridiana, la que le prendió fuego a sus camisas y le quemó la dignidad, no iba a darle ni un pedazo de mi derrota.

Caminé hacia el ascensor con la cabeza en alto y el puño apretado.

Que viniera el rey, que viniera el diablo, que viniera quien fuera. Yo había sobrevivido a Javier. Podía sobrevivir a cualquier cosa.

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