FAZER LOGINSerena ha conocido el dolor, la pobreza y el abandono como pocos. Con su vida desmoronándose y sin opciones a la vista, una propuesta inesperada parece ser su única salvación: un contrato que promete solucionar todos sus problemas... a un precio. Pronto, Serena se ve arrastrada a un mundo donde las decisiones ya no le pertenecen y su vida es subastada al mejor postor. Cada semana enfrenta un nuevo amo, descubriendo secretos oscuros, desafíos inesperados y verdades que cambiarán su visión del mundo. En medio de esta oscuridad, Serena cruza caminos con Angelo D'Auguro, un mafioso enigmático y peligroso que parece tan interesado en poseerla como en protegerla. En un juego de poder y deseo, Serena deberá descubrir si Angelo es su mayor amenaza o la única esperanza para recuperar su libertad.
Ver maisLos pezones se le marcaban por encima de la tela de seda. La chica era hermosa; tenía un aura de inocencia que contrastaba con la mirada enojada, el ceño fruncido, los ojos ámbar chispeantes de rabia al verlo. No se resistió: quería tocarla, hacerla suya ahí, sin pensar en nada.—Gianni —la voz de Angelo lo atravesó, firme, ronca; llenó toda la habitación como un trueno seco en medio de una tormenta. No gritó, pero conocía a Angelo lo suficiente como para saber que lo estaba reprendiendo por estar ahí.Gianni se puso de pie en un movimiento rápido, como un resorte.—¡Hermano! —dijo con ánimo exagerado mientras caminaba hacia él.Angelo estaba de pie en el umbral de la puerta, con los brazos cruzados. Su mirada exigía una explicación.—Vine a ver si tu amiguita estaba mejor.La mirada de Angelo se dirigió hacia la chica. Gianni se giró para mirarla.—Mírala, todavía está asustada por todo lo que pasó —dijo, tratando de justificar el semblante pálido, los ojos llorosos y la mirada desco
El frío del concreto le penetró en los huesos cuando cayó. El dolor fue intenso, en algún punto de la cadera que no supo identificar con precisión. Un chasquido casi imperceptible llegó junto a la punzada; no supo si era algo quebrándose dentro de ella o el eco de los puños de Angelo contra el rostro del hombre.Desde el piso veía a Angelo desde un ángulo que no había visto antes. No era el hombre comprensivo que le había explicado que no le haría daño cuando despertó en una habitación extraña. No era el hombre irresistible y sexy que había querido devorar en la piscina. Desde ese ángulo no era un hombre: era un monstruo. El ceño fruncido, la boca entreabierta, los ojos destellando furia.La había tirado al suelo de forma violenta, aunque su movimiento no había ido cargado de fuerza; un simple empujón bastó para dejarla maltrecha. Era insignificante ante la fuerza de Angelo.Serena estaba aterrada.¿Y si ella era la siguiente?¿Descargaría la furia sobre ella?Ya lo había visto lastim
Angelo condujo sin decir una palabra.El tráfico avanzaba lento, arrastrado, y las luces rojas de los semáforos se reflejaban en el parabrisas como heridas abiertas. El motor ronroneaba bajo, contenido, igual que él. Sus manos permanecían firmes sobre el volante, los nudillos tensos, blancos por la presión.A su lado, Serena lloraba.No era un llanto escandaloso. No había sollozos ni gemidos que pidieran atención. Era algo más difícil de soportar: esa respiración irregular, quebrada, como si el aire no lograra llegarle del todo a los pulmones.Ese sonido le tensaba los nervios. Miraba por la ventana, los brazos cruzados contra el pecho, abrazándose a sí misma como si fuera la única forma de no desmoronarse.Verla así le provocaba una presión incómoda en el pecho, una sensación extraña, ajena, que no sabía nombrar. Angelo nunca había sabido qué hacer frente al llanto ajeno. En su mundo, llorar no servía de nada. No arreglaba problemas. No detenía balas. No evitaba muertes. Era, además,
—Tienes que irte —dijo Angelo, cortando el llanto de la mujer de forma brusca.Reconoció el tono: Era una orden.La mujer se alejó unos pasos.—Vamos, te acompaño a la salida.Se movió con rapidez, primero corrió pero cada paso parecía arrancarle un crujido al suelo, así que redujo la marcha obligándose a caminar despacio. Las voces se acercaban. El tiempo se encogía.Cruzó el salón principal, pero supo que no alcanzaría las escaleras. La verían.Se deslizó entre un armario repleto de libros y la pared, encogiéndose todo lo posible. El polvo le rozó la piel desnuda del brazo. No se movió.—¿Cuándo vendrás? —preguntó la mujer, con la voz quebrada—. Prometiste que lo dejarías todo.—No es tan fácil, Elena —respondió Angelo en un murmullo bajo—. Debes irte. Te prometo que pronto iré con ustedes.Pronto iré con ustedes.Las palabras se le clavaron a Serena como una astilla. ¿Con quiénes? ¿Adónde? Sintió una mezcla incómoda de curiosidad y alerta. Angelo era así: una puerta cerrada con dem












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