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Capitulo 4

Author: Yuni
last update publish date: 2026-06-08 21:26:02

La mañana llegó envuelta en una luz grisácea y suave, como si el cielo no quisiera despertar del todo, y la universidad poco a poco fue llenándose de vida, de pasos rápidos, de voces, risas y el ruido de las puertas que se abrían y cerraban sin parar. Para Cassy, todo empezaba a sentirse un poco más familiar, un poco menos aterrador que los primeros días: ya sabía por dónde ir, dónde quedaba cada aula, quiénes eran sus compañeros, y tenía a su lado a Olivia y a Sandra, que hacían que todo fuera más fácil, más ligero, menos pesado.

Durante las primeras horas, todo transcurrió con una calma que casi le parecía irreal. Estaban sentadas juntas en las clases, escuchando a los profesores, tomando notas, comentando cosas en voz baja entre ellas, como lo haría cualquier grupo de chicas de su edad. Cassy llevaba su ropa sencilla de siempre, sus lentes sobre la nariz, sus rizos oscuros bien peinados y su piel morena brillando suavemente bajo la luz que entraba por las ventanas. Intentaba concentrarse en las explicaciones, en lo que tenía que aprender, en todo lo que hacía que su vida pareciera normal, corriente, sin nada extraño… pero en el fondo, muy en el fondo, siempre había esa sensación latente, esa pequeña voz que le decía que nada era tan sencillo como parecía, y que en cualquier momento algo podía cambiar.

Aun así, por unas horas, logró sentirse como cualquier otra estudiante. Se olvidó de los rumores, de las miradas, de ese nombre que resonaba en su mente cada vez que cerraba los ojos: Draven.

Cuando por fin sonó el timbre que anunciaba el recreo, salieron todas juntas al patio, buscando un lugar soleado y tranquilo donde sentarse un rato, comer algo y hablar sin prisas. Se sentaron en un banco de piedra que estaba bajo la sombra de unos árboles grandes, sacaron sus bocadillos, sus botellas de agua y sus cosas, y durante un rato solo hablaron de cosas sencillas: de las clases que les gustaban más, de los profesores que eran más estrictos, de las películas que habían visto recientemente, de música, de todo aquello que no tenía nada que ver con los secretos ni las sombras que rondaban por aquel lugar.

—Oigan, ya es viernes —dijo Sandra de repente, mordiendo su sándwich y sonriendo con esa energía que la caracterizaba—. ¡La semana por fin se acabó! ¿No les parece que nos merecemos salir a divertirnos un poco, dejar los libros y los deberes a un lado y pasar una noche buena?

—¡Claro que sí! —respondió Olivia al momento, con los ojos brillantes—. ¡Me parece una idea genial! Hace mucho que no salgo a ningún lado.

—Pues escuchen —siguió Sandra, inclinándose un poco hacia adelante, como si fuera a contarles un secreto divertido—: mi novio me dijo que esta noche va a ir al bar que está en la calle del puerto, ese que tiene luces de colores y música muy buena. Me invitó a ir y me dijo que podíamos llevar a nuestras amigas, que no hay problema. Seremos nosotros tres, él y algunos amigos suyos. Pasaremos una noche increíble, lo prometo. Bailaremos, tomaremos algo rico, reiremos… nada de cosas aburridas, se los aseguro.

La alegría de las palabras de Sandra se detuvo un poco cuando las dos miraron a Cassy, que se había quedado callada, jugando con la tapa de su botella de agua, con esa expresión indecisa y tímida que ponía siempre que le proponían algo nuevo o que suponía salir de su rutina.

—No sé… —empezó a decir, bajando un poco la vista—. Yo no suelo ir a esos sitios, ya lo saben… y además, papá trabaja hasta tarde, y no me gusta dejar la casa sola, y…

—¡Ay, Cassy, no empieces! —la interrumpió Olivia, agarrándola suavemente del brazo—. Siempre pones excusas para no salir, para no divertirte un poco. Mira, tú siempre estás en casa, siempre estudiando, siempre tan seria… ¿cuándo vas a vivir un poco? Estamos jóvenes, ¡es el momento de salir, de conocer gente, de pasarla bien! Tu papá es mayor, ya se las arregla solo, y además solo es por esta noche, no es para tanto.

—Tienes razón —añadió Sandra, poniéndose también de su lado—. No te vamos a obligar a hacer nada que no quieras, te lo prometo. Solo vamos a estar nosotros, todo tranquilo, nadie te va a molestar, y si en algún momento te sientes mal o quieres irte, nos vamos y ya está. Pero por favor, ven… ¡sería tan aburrido sin ti! Además, ya verás que lo vas a pasar muy bien, y que no pasa nada por romper las reglas un poquito.

Cassy dudaba. Por un lado, le daba miedo: miedo a los lugares llenos de gente, miedo a lo desconocido, miedo a que pasara algo, miedo a no saber comportarse… pero por otro lado, sabía que sus amigas tenían razón. Su vida siempre había sido tan tranquila, tan igual, tan sin sorpresas… y desde que llegó a esta ciudad, todo había cambiado, y quizás, solo quizás, necesitaba también cambiar ella un poco, dejar de tener tanto miedo a todo, atreverse a vivir cosas nuevas. Además, le hacía ilusión ver a sus amigas felices, compartir tiempo con ellas, ser parte de su grupo de verdad.

—Está bien —dijo al final, levantando la vista y sonriendo un poco, a pesar de los nervios que sentía en el estómago—. Iré. Pero solo por esta vez, ¿vale?

—¡Sí! ¡Eso es lo que me gusta oír! —gritó Sandra, tan contenta que casi se levanta del banco, y Olivia le dio un abrazo fuerte y cariñoso—. Ya verás que no te vas a arrepentir, ¡va a ser la mejor noche de tu vida!

Se rieron las tres, y por un momento todo parecía perfecto, ligero, sin problemas… hasta que Cassy, al levantar la vista para mirar hacia el otro lado del patio, vio algo que hizo que su sonrisa se borrara de golpe, y que el corazón se le apretara en el pecho como si una mano fría se lo estuviera apretando.

De una de las salidas del edificio principal, el que pertenecía a la facultad de estudios superiores, donde cursaban los estudiantes del último año, salió una figura alta, oscura, que todo el mundo reconocía al instante, aunque casi nadie se atrevía a mirarla fijamente.

Era Draven.

Iba caminando despacio, con esa forma suya de moverse, elegante y peligrosa a la vez, como un depredador que se mueve por su territorio sin prisa, sabiendo que nada ni nadie puede detenerlo. Llevaba puesta su sudadera negra, y como de costumbre, tenía la capucha puesta, que le cubría casi toda la cabeza y la frente, dejando ver solo la parte baja de su rostro y su mandíbula marcada. Caminaba solo, como siempre, y todos los que pasaban por su lado se apartaban a un lado, bajaban la vista o cambiaban de dirección, como si el aire que lo rodeaba fuera peligroso, como si acercarse a él fuera correr el riesgo de quemarse.

Pero esta vez, había algo diferente. Algo que Cassy no había visto antes.

Mientras él pasaba por delante de un poste de luz, un rayo de sol se coló entre las ramas de los árboles y le dio justo en la cara, iluminando lo que la sombra solía esconder. Y entonces Cassy lo vio: en su labio inferior, justo en la esquina, había una herida pequeña pero clara, reciente, con una costra oscura que indicaba que no hacía mucho que se la había hecho. Parecía un golpe, o un corte, algo que le había pasado y que todavía no había sanado del todo.

Por un instante, se quedó mirando, olvidando todo lo demás. ¿Qué le había pasado? ¿Se había peleado con alguien? ¿O había sido algo peor? Todos decían que él era peligroso, que estaba metido en cosas malas, que nadie sabía lo que hacía en su tiempo libre… y aquella pequeña herida, que parecía insignificante, de repente cobraba un significado nuevo, oscuro, misterioso. Le hizo imaginar lugares oscuros, peleas, violencia, situaciones de las que no quería ni pensar… y al mismo tiempo, sintió una curiosidad extraña, una sensación extraña de que esa herida le hacía parecer aún más real, aún más humano, pero al mismo tiempo aún más peligroso, como una señal de advertencia que decía: aléjate, aquí hay dolor, aquí hay riesgo.

—¿Qué miras así? —le preguntó Olivia, siguiendo la dirección de su mirada, y en cuanto vio a quién miraba, su expresión cambió y le dio un golpecito suave en el brazo—. ¡Ya te dije que no lo mires, Cassy! Siempre haces lo mismo…

—Tiene una herida —susurró Cassy, sin poder evitarlo, señalando casi imperceptiblemente con la cabeza—. En el labio. ¿Lo habéis visto?

Sandra y Olivia miraron con cuidado, con miedo de que él se diera cuenta de que lo miraban, y cuando lo vieron, ambas fruncieron el ceño.

—Seguro que se peleó con alguien —murmuró Sandra, y su voz sonó seria, sin rastro de la alegría que tenía antes—. Dicen que se mete en todo tipo de líos, que va a lugares donde la gente se pelea por nada, donde las reglas no existen… nadie sabe qué hace, ni con quién se junta, pero cosas buenas seguro que no son. Ese chico está lleno de secretos, y ninguno es bonito.

—Lo mejor es que no nos metamos en nada que tenga que ver con él —añadió Olivia, mirándola con preocupación—. No importa qué tenga, ni qué le pase, ni lo que haga… no es asunto nuestro, y cuanto más lejos estemos, mejor para nosotras.

Cassy asintió con la cabeza, pero sus ojos no podían apartarse de él. Lo vio cruzar el patio, alejarse hacia la salida principal, y desaparecer de su vista… pero la imagen de esa herida, y la imagen de él, frío, oscuro, misterioso, se le quedaron grabadas en la mente, dándole vueltas una y otra vez.

El resto del recreo transcurrió en un silencio un poco más pesado, hasta que volvieron a entrar a las aulas para seguir con las clases de la tarde. Cassy intentó concentrarse, pero su mente iba y venía, de las palabras de sus amigas a lo que había visto, de la invitación para salir esa noche a la figura de aquel chico que parecía vivir siempre entre luces y sombras.

Cuando por fin terminaron todas las clases, el sol ya empezaba a bajar, tiñendo el cielo de colores suaves y cálidos, y la universidad se vaciaba poco a poco, mientras los estudiantes salían por todas las puertas, hablando, riendo, corriendo para llegar pronto a casa o a sus planes. Se despidieron en la entrada, acordando encontrarse a las ocho de la noche en la parada de autobuses para ir todas juntas al bar, y cada una tomó su camino.

Cassy caminaba sola por las calles que ya empezaba a conocer, con su mochila al hombro, sus manos metidas en los bolsillos de su abrigo, con la mente llena de pensamientos. A veces sonreía pensando en la noche que se acercaba, en lo divertido que podía ser, en lo diferente que sería a todo lo que había hecho hasta ahora… pero de repente, esa sensación, esa misma sensación que ya había sentido otras veces, volvió a apoderarse de ella.

Era una sensación extraña, suave pero constante, como si una mano invisible le estuviera tocando la nuca, como si el aire a su alrededor cambiara de temperatura, como si no estuviera sola aunque a su alrededor solo veía gente que pasaba de largo, desconocidos que iban a lo suyo.

Alguien la estaba mirando.

No era algo que viera, ni que oyera, ni que pudiera demostrar… era algo que sentía en cada centímetro de su piel, algo que le decía que, entre toda esa gente, entre los coches que pasaban, entre las sombras que se alargaban por las paredes, había unos ojos fijos en ella, que no se apartaban ni un segundo, que seguían cada uno de sus pasos, cada movimiento que hacía, cada respiración que tomaba.

Se detuvo un momento y miró a su alrededor, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Miró a la gente que pasaba, miró los coches aparcados, miró las puertas y las ventanas de las casas y los edificios… pero no vio nada fuera de lo normal. Todo parecía igual que siempre: personas que iban a casa, niños que jugaban, coches que pasaban, ventanas iluminadas… nada que indicara que alguien la estaba siguiendo o vigilando.

Son cosas tuyas, se dijo a sí misma, intentando calmarse, intentando razonar. Estás nerviosa por lo de esta noche, estás pensando demasiado en cosas que no existen… nadie te está mirando, nadie te sigue, todo está bien.

Siguió caminando, pero por más que intentaba decirse a sí misma que era su imaginación, la sensación no desaparecía. Al contrario: cuanto más caminaba, más fuerte se hacía, más segura estaba de que no estaba equivocada. Sentía esa mirada, pesada, cálida y a la vez fría, que la recorría de arriba abajo, que lo veía todo, que sabía todo sobre ella… y en lo más profundo de su ser, supo exactamente de quién se trataba.

No lo veía, no sabía dónde estaba, no sabía si iba caminando detrás de ella, o si estaba dentro de algún coche, o si la miraba desde alguna ventana alta… pero estaba ahí. Era él. Solo él podía hacer que ella se sintiera así, solo él tenía ese poder de estar presente aunque no se viera, de estar en todas partes y en ninguna al mismo tiempo, de ser una sombra que te sigue sin que puedas atraparla.

Caminó más rápido, casi sin darse cuenta, con la respiración un poco acelerada, sintiendo cómo el miedo se mezclaba con esa otra sensación que no quería nombrar, esa sensación extraña que le decía que, aunque tenía miedo, parte de ella sabía que nada malo le pasaría mientras él estuviera ahí. Que aunque él fuera peligroso, aunque fuera oscuro, aunque fuera todo lo que le habían dicho y mucho más… mientras él estuviera ahí, nadie más podría hacerle daño.

Cuando por fin llegó a su calle, y vio su casa a lo lejos, con las luces ya encendidas porque su padre ya había llegado, sintió que soltaba un peso enorme de encima. Cruzó la calle, subió los escalones, abrió la puerta y entró, cerrándola enseguida detrás de ella, echando el cerrojo y apoyando la espalda en la madera, con el corazón todavía latiéndole con fuerza.

Dentro todo estaba cálido, tranquilo, familiar. Oía la voz de su padre que cantaba bajito mientras cocinaba en la cocina, sentía el olor de la comida, veía las luces suaves que iluminaban las habitaciones… todo lo que le daba seguridad, todo lo que le recordaba que estaba a salvo.

Pero aun así, incluso allí, incluso entre esas cuatro paredes que creía que la protegían de todo, no podía dejar de sentir esa mirada, esa presencia que parecía haberla seguido hasta la puerta misma. Se acercó despacio a la ventana y miró hacia la calle, hacia la acera, hacia las sombras que se alargaban bajo los árboles… y no vio nada. Solo la calle vacía, las farolas encendidas, los coches aparcados.

Sin embargo, sabía la verdad. Él había estado ahí. Él la había seguido todo el camino. Él sabía dónde vivía. Él estaba ahí, cerca, vigilándola, como si ella fuera algo que le pertenecía y que no iba a dejar que nadie le tocara.

—¿Ya llegaste, mi niña? —la voz de su padre la sacó de sus pensamientos—. ¿Todo bien en la universidad?

Cassy se apartó de la ventana, se pasó una mano por los rizos oscuros e intentó sonreír, aunque sentía que la sonrisa no le llegaba a los ojos.

—Sí, papá —respondió, con la voz más firme de lo que se sentía—. Todo está bien. Todo está perfecto.

Pero mientras hablaba, supo que nada volvería a ser "perfecto" ni "normal" como antes. Porque desde el momento en que ese hombre oscuro y peligroso había entrado en su vida, nada volvería a ser igual. Y aunque ella todavía no lo sabía, ese encuentro de esa tarde, esa sensación de ser vigilada, solo era el principio.

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