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Capítulo 3

Author: Mangonel
En la mesa, a Arleth se le cayeron los cubiertos y se agachó a recogerlos. Al principio no le di importancia, pero la muchachita terminó metida entre mis piernas. Edwin y Verónica seguían comiendo como si nada, así que me tapé la cara con la mano.

Entonces Arleth me bajó el short. Me tapé enseguida con el mantel, con miedo de que nos vieran.

Pensé: “Esta muchachita está medio loca”. Sacó la mano y empezó a juguetear ahí abajo.

Clavaba los pies contra el piso para aguantar ese cosquilleo que me recorría el cuerpo. Arleth sabía muy bien lo que hacía; cada roce me estremecía de pies a cabeza. Hice lo posible por controlarme.

Edwin dejó los cubiertos y me preguntó:

—Papá, ¿qué te pasa? ¿Te sientes mal?

Fingí calma y respondí:

—Ah, no es nada, solo estoy…

De pronto me quedé sin palabras. Desde abajo me subió un placer tibio, húmedo y resbaloso. En un instante, se me nubló la cabeza del placer. Bajé la mirada. Arleth me lo estaba haciendo con la boca…

Ay… ah… esa sensación. Era demasiado…

Demasiado intensa, demasiado deliciosa. Estaba a punto de perder el control y empecé a temblar a sacudidas. Mi hijo seguía preguntando preocupado:

—Papá, ¿seguro que estás bien? ¿Te llevo al hospital?

Verónica me miró, molesta.

—¿Por qué Arleth tarda tanto ahí abajo?

Al escuchar eso, Arleth salió de debajo de la mesa de mala gana, todavía lamiéndose los labios. Me miró lánguida, con los ojos vidriosos; entreabrió la boca y asomó la lengua. Yo seguía ardiendo, con ganas de más; Arleth sabía muy bien lo que hacía.

Esa noche, costara lo que costara, iba a hacerla mía. Verónica me clavó la mirada, dejó los cubiertos y dijo:

—Ya comí. Voy a descansar un rato en tu habitación; ven en un rato.

Entendí lo que Verónica quería decir. No quería que Arleth me diera su primera vez, así que decidió sacrificarse ella. Después de comer, recogí los platos. Ya no aguantaba el ardor; aunque no podía tener a Arleth, Verónica seguía siendo atractiva.

No quedaba otra. Igual, con eso me conformaba… Al volver a la habitación, vi que la luz estaba apagada y el cuarto estaba oscuro. Fui a tientas hasta la cama.

Pero debajo de mí había un cuerpo desnudo, delgado y delicado. Le apreté la cintura, fina y suave. No podía ser Verónica; ella estaba embarazada y tenía panza.

Esa cintura de avispa era sin duda la de Arleth. Me dio una euforia loca. A la edad de ella cualquiera arde de deseo, y ella estaba en mi cama. Estiré la mano y le apreté los pechos tersos.

No eran grandes ni chicos; llenaban justo las manos, redondos y firmes. Bajo la palma, la carne firme palpitaba. Así era un cuerpo tan fino.

Me asaltaron las dudas. Verónica había dejado muy claro que no tocara a su hija. Si esa noche me dejaba llevar, las consecuencias podían ser imprevisibles. En ese momento, Arleth suplicó entre gemiditos:

—Siento que me quemo, hágalo ya.

Su voz tentadora, sumada a lo que acababa de hacerme con la boca debajo de la mesa… Estaba llegando a mi límite en cuerpo y mente. Arleth me rodeó la cintura con las piernas y me besó con dulzura.

Estiré la mano hacia abajo y la sentí empapada. Ya no podía reprimir el deseo; si Arleth estaba tan dispuesta y aun así no la tomaba, ¿qué clase de hombre era? En ese momento ya no me importó nada. Me quité el short.

Me lancé sobre ella con fuerza.

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