LOGINEsa noche Verónica había salido a resolver un asunto y no estaba en casa. Entonces Arleth apareció sola en mi departamento. Traía un uniforme de colegiala muy provocativo y no llevaba sostén; se le marcaban claramente dos botoncitos.Esos botoncitos parados me encantaron. Sobre todo aquellas piernas larguísimas bajo la minifalda. Bastaba con que se agachara un poco para verle la tanga y el trasero redondo y carnoso asomándose.Apenas entró, no pudo contener las ganas de estar conmigo. Se me echó encima y sentí lo suave y tentadora que era. Me contuve y la aparté.—No hagas esto. A tu mamá no le va a gustar.Al verse rechazada, se molestó.—Me arde y ya no aguanto las ganas. ¿Seguro que no quiere?Le dije con seriedad:—Tú y yo somos de mundos muy distintos. La verdad, no me atrevo a hacer algo así.Pero Arleth sacó su celular y puso un video.—Si no acepta, voy a publicar este video para que todos lo vean.En la pantalla aparecía un video mío con Verónica en mi cama. Se me erizó la pie
—¿Y por qué no cambias de posición y ya?—¿Cambiar a qué posición?—¿También tengo que enseñarte eso? —Le di una palmada en ese trasero carnoso y apetecible.Se rio con coquetería y, obediente, se dio la vuelta para ofrecerme las nalgas.—Avísame cuando estés listo —dijo.Me quedé quieto y esperé a que ella se acomodara poco a poco, hasta que quedamos bien alineados.—Listo, siéntate.Se sentó encima. Una humedad suave me envolvió, y el placer me recorrió. Sin poder contenerse, empezó a moverse.¿Quién iba a decir que aquella madurita no tenía nada que envidiarle a una jovencita? No estaba floja en absoluto; al contrario, se sentía apretada y suave. Saqué un marcador negro de la mesa de noche y, sujetándole las nalgas, le escribí una palabra enorme, "perra".Al ver esa palabra, sentí que Verónica me pertenecía, y eso me dio una enorme satisfacción física y mental. Muy pronto, sus sentones me llevaron al límite; ya estaba por venirme. Intenté salirme por puro reflejo.Pero Verónica se d
Estaba sirviendo el café cuando me soltó esa pregunta; la taza casi se me cayó de la mano y el café se derramó.Ella sonrió y alargó la mano para sujetar la taza que yo llevaba. Su palma rozó el dorso de mi mano. Ese roce delicado me encendió la sangre.—¡Qué descuidado eres! Mira cómo se tiró el café . Déjame ayudarte —dijo.Tomó la taza y la dejó sobre la mesita. Me rodeó la cintura con un brazo.—Ven, vamos a tu cuarto; quiero hablar contigo.Su aroma me envolvió y, al tenerla tan cerca, noté que, aunque estaba embarazada, iba vestida de forma muy provocativa.Llevaba un vestido blanco con escote en V; cuando bajé la mirada, alcancé a ver dos curvas redondas y llenas dentro del escote.Aun embarazada, se le adivinaba una cintura fina y marcada. Sus piernas largas y blancas, envueltas en medias color piel, eran pura tentación. Me quedé mirándole los muslos y ella se rio.—Arleth me contó que te gustan las medias. Hoy me las puse para ti.Me puse eufórico. Madre e hija sí que eran de
Durante esos días solo me atrevía a desahogarme con la ropa de Arleth. Llevaba mucho tiempo fantaseando con probarla yo mismo. Las ganas de tenerla crecían día tras día; me sentía como un volcán a punto de estallar.Ahora que la tenía debajo de mí, el placer era tan intenso que no podía pensar en nada más. Quería embestir a Arleth con todas mis fuerzas, sin piedad. Bajo mis embestidas brutales, Arleth no podía contener los gemidos.Sus gemidos crecían como olas, y la sangre me hervía. En ese momento era una bestia y me desahogaba sin control encima de ella. Después de tantos años sin estar con ninguna mujer, descargué en Arleth todo el deseo que había acumulado.Ella también quedó satisfecha; me abrazaba fuerte y me recorría el oído con la lengua.—Más fuerte, dámelo más duro, papito.Era la compañera europea de mi hijo; bien pensado, yo podría ser su padre. Al escuchar esa voz tan provocadora, sentí que perdía el control. No aguanté mucho y le descargué todo.A Arleth le encantaba sab
En la mesa, a Arleth se le cayeron los cubiertos y se agachó a recogerlos. Al principio no le di importancia, pero la muchachita terminó metida entre mis piernas. Edwin y Verónica seguían comiendo como si nada, así que me tapé la cara con la mano.Entonces Arleth me bajó el short. Me tapé enseguida con el mantel, con miedo de que nos vieran.Pensé: “Esta muchachita está medio loca”. Sacó la mano y empezó a juguetear ahí abajo.Clavaba los pies contra el piso para aguantar ese cosquilleo que me recorría el cuerpo. Arleth sabía muy bien lo que hacía; cada roce me estremecía de pies a cabeza. Hice lo posible por controlarme.Edwin dejó los cubiertos y me preguntó:—Papá, ¿qué te pasa? ¿Te sientes mal?Fingí calma y respondí:—Ah, no es nada, solo estoy…De pronto me quedé sin palabras. Desde abajo me subió un placer tibio, húmedo y resbaloso. En un instante, se me nubló la cabeza del placer. Bajé la mirada. Arleth me lo estaba haciendo con la boca…Ay… ah… esa sensación. Era demasiado…De
Me aguanté las ganas que me carcomían y volví a la cocina a sacar un pepino para preparar un platillo. En ese momento, Arleth entró.—¿No vas a quedarte en la sala a platicar? —Tomé el cuchillo para aplastar el pepino.Arleth me arrebató el pepino de la tabla y se lo llevó a la boca. Me miró con los párpados entrecerrados.—Los pepinos se comen así.Sacó la lengua y la pasó por la punta del pepino; enseguida se lo metió hasta el fondo de la boca y lo sacó muy despacio.Eso no era comer un pepino ni de broma; era… Arleth sostenía el pepino y me miraba con una sonrisita.—¿No le gustaría que se lo comiera así?¿Quién iba a pensar que Arleth, con esa cara de inocente, fuera tan ardiente? No pude contenerme y el short holgado se me volvió a levantar. Hasta yo, siendo un hombre mayor, me sonrojé con sus provocaciones.Al notarlo, Arleth se calentó más. Alargó la mano y me agarró ahí.—¿Qué esconde aquí, que se le ve tan abultado?Con ese agarrón, sentí que se me estremecía el cuerpo entero.






