LOGINMathilda tuvo que experimentar la amargura de la vida cuando se vio obligada a casarse con el joven CEO, Fredric. Mathilda recibió constantemente malos tratos, y el punto culminante fue cuando fue atrapada en un accidente y se la consideró muerta. Nadie sabía que en realidad Mathilda sobrevivió y estaba planeando vengarse de su ex amado esposo, Fredric.
View MoreAriana’s POV
The first thing I noticed about Dr. Victor Sterling’s mansion was how quiet it was. Too quiet. Mom had insisted we come early so I could “get familiar with the place” before the move, but all I felt was a tightness in my chest as we stepped into the grand hallway. Marble floors, tall windows, paintings that probably cost more than my entire college tuition. Mom disappeared with Victor to sign some papers. “Just look around, sweetheart,” she told me. Right. Like this was supposed to feel like home. I wandered deeper into the house, running my fingers along the polished railing. It was so perfect it felt… fake. Like a place where secrets hid behind every spotless corner. That’s when I heard it. A thud. A soft gasp. A whisper. I froze. Then the voice came again low, commanding, angry. “Did you really think I wouldn’t find out?” My breath caught. Someone was here. I moved quietly down the hallway until I reached a half open door. what I saw, got more of my attention and shocked. Ethan Sterling tall, broad shouldered,had a girl pinned against the wall with one arm braced beside her head. His body caged her in completely, leaving her no space to breathe, much less escape. Her hair fell over her face. Emily. My best friend. I felt something inside break. “E-Emily?” I whispered before I could stop myself. Ethan’s head jerked slightly, but he didn’t turn around yet. He kept his arm against the wall, blocking her. Emily’s eyes flew to mine. She looked terrified. Not guilty. Not embarrassed. Terrified. Her lips parted like she wanted to speak beg maybe but then something shifted behind her eyes. Recognition. Panic. Then… calculation. “No, Ariana,” she said, her voice suddenly soft, breathy. “It’s not....don’t be mad.” Mad? What? Before I could react, Emily slid her hands up Ethan’s chest hesitant but pretending confidence and gave me a shaky smile. “As you can see… it’s not what it looks like.” But it wasn’t what she was pretending at all. Her hands were trembling. Her smile was wrong. False. Forced. A lie. A lie to protect herself. A lie to protect him. Ethan finally turned toward me. Slowly. Deliberately. His eyes locked onto mine dark, unreadable, a storm with no warning signs. He stepped slightly back from Emily, but the tension in the room didn’t ease. It sharpened. “Ariana,” he said in a low, controlled voice. “Didn’t expect to see you here yet.” I swallowed hard. “What… what were you doing to her?” Emily laughed too loud, too bright. “Ariana, don’t make it weird. We were just" “Talking,” Ethan finished, his gaze still pinned on me, intense enough to make my skin prickle. “Your friend is dramatic.” Dramatic? Emily looked like she’d seen a ghost two seconds ago. My pulse raced. Something felt wrong. Very wrong. But Emily shook her head almost imperceptibly, silently begging me not to question it. I stepped back. “Okay,” I whispered, though nothing felt okay at all. Ethan’s eyes followed me until I slipped out of the doorway, his stare heavy, unreadable, unsettling. Emily stood frozen behind him, clutching her arms, her breathing uneven. I walked away on shaky legs, but the image kept replaying in my mind: Ethan’s arm caging her in. Emily’s fear. Her sudden fake smile. His dark eyes when he finally turned toward me. I didn’t know what I had walked in on. But I knew one thing for certain: I had just witnessed something I wasn’t supposed to see. And whatever it was… it had changed everything.POV de MathildaEl anonimato no es la ausencia de identidad; es la presencia de una libertad absoluta y peligrosa. Para el mundo, soy un registro biométrico borrado en el incendio de un ático en Manhattan. Para Miller, soy un activo latente que prefiere no despertar. Para Fredric y Lila, soy la postal que llega sin remitente, el susurro en el viento de Maine que les asegura que el suelo que pisan es firme.Pero para mí misma, soy la guardiana de un equilibrio que nadie más puede sostener.Estoy sentada en un café pequeño en el puerto de Marsella, Francia. El aire huele a salitre, a pescado fresco y a ese combustible diesel de los barcos que cruzan el Mediterráneo. Llevo el cabello corto, teñido de un rubio ceniza que me hace parecer una turista más de mediana edad. Mis gafas de sol ocultan unos ojos que han visto caer imperios, y mi mano, apoyada sobre una mesa de metal desconchado, ya no tiembla.Frente a mí, un hombre joven se sienta sin pedir permiso. Viste un traje gris que cuesta
POV de FredricDos años después de la caída de Manhattan.El diseño de una vida no se mide en metros cuadrados, sino en la calidad de la luz que entra por las ventanas. Durante décadas, construí estructuras para ocultar secretos: búnkeres de cristal en las Azores, refugios de hormigón en Ontario, prisiones de lujo en Nueva York. Pero esta casa, la que se alza ahora sobre el acantilado de Maine, es diferente. Esta casa fue diseñada para ser vista.—Papá, los cálculos para el voladizo del porche están listos —la voz de Lila me sacó de mis pensamientos.Me giré. Estaba sentada en la mesa de roble del estudio, rodeada de planos digitales y maquetas de madera. A sus diecinueve años, Lila ya no es la niña que jugaba a esconderse; es una mujer que entiende que la gravedad es una ley física, pero la voluntad es la que decide qué edificios permanecen en pie. Se parece tanto a Mathilda que a veces, cuando la luz del atardecer le da de perfil, tengo que recordarme a mí mismo respirar.—Déjame ve
POV de MathildaEl fuego no es el final; es un proceso de purificación. Cuando disparé a la válvula de gas, no lo hice por un deseo suicida, sino porque conocía la resistencia térmica del acero que sostenía el ático. Julian Hereza gritó —un sonido agudo, patético, el grito de un niño que descubre que su juguete está roto— antes de que la onda expansiva lo lanzara contra la pared de mármol.No me quedé a ver cómo se consumía. En el momento en que la llamarada azul iluminó el salón, me dejé caer por el hueco del montacargas que yo misma había saboteado minutos antes.La caída fue controlada, una coreografía de cables y fricción que me quemó las palmas de las manos a pesar de los guantes tácticos. Bajé diez pisos en caída libre antes de que el freno de emergencia que instalé —un simple bloque de acero y una polea manual— detuviera mi descenso con un impacto que casi me disloca los hombros.Me bajé en el piso 35, un nivel de oficinas vacío que Julian no usaba. El humo ya empezaba a filtra
POV de FredricEl edificio Hereza vibraba bajo mis pies como un animal herido de muerte. No era solo el estruendo de las explosiones; era la fatiga estructural del acero sometido a una presión que ningún arquitecto en su sano juicio diseñaría. Mientras corría hacia el ventanal este arrastrando a Lila, mi mente procesaba los ruidos: el crujido del hormigón era un Do sostenido, el silbido del gas un Fa agudo.—¡Papá, no podemos dejarla! —gritó Lila, su voz rompiéndose entre el humo negro que empezaba a llenar el ático.—¡Muévete, Lila! —le ordené, mi voz sonando con una autoridad que me desconocía—. ¡Ella diseñó esto para que salieras viva! ¡No hagas que su plan falle!Llegamos al ventanal de refuerzo de titanio. Miré hacia atrás por un segundo. En el centro del salón, envuelta en el resplandor naranja de los incendios, Mathilda parecía una deidad de la guerra. Se movía entre las sombras y los disparos con una fluidez aterradora, una coreografía de muerte que solo ella podía ejecutar. J












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