ログインAdrien caminaba con paso firme por el campo de caza. Sus botas se hundían ligeramente en la hierba húmeda, mientras la neblina de la madrugada apenas permitía distinguir las siluetas de los hombres reunidos en el lugar.
Blackmoor aguardaba frente a él, con una expresión fría y confiada. Parecía convencido de su propia invulnerabilidad, aunque la tensión que mantenía sus hombros rígidos delataba que no estaba tan tranquilo como pretendía aparentar. El magistrado abrió la caDespués de la salida del duque de Westford y el conde de Ravenscourt, Aurelia retomó su paseo por la habitación. Isolda, aún asombrada, la llamó repetidamente por su nombre, pero Aurelia no respondió, sumida en sus pensamientos. Si el duque sobrevivía a la herida, se volvería más brutal, más violento y controlador. Y Aurelia sabía que ella sería el principal blanco de su desahogo, tanto físico como psicológico… y no podía soportarlo de nuevo. De pronto, se detuvo y cayó de rodillas sobre la alfombra, cubriéndose el rostro con las manos mientras contenía, sin éxito, sus lágrimas. Isolda se levantó de inmediato, y arrodillándose junto a ella la abrazó en silencio, sin decir una palabra, dejando que Aurelia llorara. Tras unos minutos, Aurelia murmuró entre sollozos: —Él debió morir… no debía sobrevivir a ese duelo… Isolda, acariciándole el cabello con suavidad, le respondió: —Lo sé… pero está mal herido. No creo que sobreviva,
Aurelia y Adrien sostenían la mirada, casi sin pestañear. Ninguno daba muestras de incomodidad ni parecía dispuesto a romper el silencio. Eran vagamente conscientes de Isolda preguntando por el marqués de Greystone y de Ravenscourt respondiendo que estaba muerto por un desperfecto en una de las pistolas. De pronto, Aurelia, con un tono que no denotaba reproche ni censura, le dijo a Adrien: —Pensé que tenía mejor puntería, su gracia. Estas palabras dejaron sorprendido a Adrien, incapaz de reaccionar. Se quedó de piedra, mirando hacia el lugar donde hacía unos segundos estaban los ojos de Aurelia, que ahora paseaba de un lado a otro de la habitación, mientras Isolda le decía a su hermana: —Aurelia, por favor, conserva la calma. Ravenscourt observaba la escena sin comprender nada, pero impresionado por la forma de hablar de Lady Hawthorne. Nadie se había atrevido a dirigirse así a su amigo, excepto el padre de este, el anterio
Cuando los ánimos comenzaron a serenarse, el magistrado, con gesto grave, reunió a los presentes. —Este duelo no ha tenido lugar —declaró con voz solemne, su mirada recorriendo uno por uno a los testigos—. Lo que ha ocurrido aquí será registrado como un lamentable incidente de caza. La muerte del marqués de Greystone y la herida del duque de Blackmoor son, desde este momento, un accidente. Nada más. Nadie discutió. La tragedia del amanecer se sellaba así bajo un silencio cómplice. El magistrado indicó a su cochero y al mozo que lo acompañaba que prepararan el carruaje. Mientras ellos se ocupaban de disponer el cuerpo del marqués, Adrien, el conde de Ravenscourt y el doctor Montrose ayudaron a Blackmoor a incorporarse. El duque, pálido y empapado en sangre, apenas podía mantenerse en pie; cada paso hacia el vehículo arrancaba un gemido sordo de sus labios. El sudor frío de la pérdida de sangre le perlaba la frente, y su respiración era corta y trabajosa.
Adrien caminaba con paso firme por el campo de caza. Sus botas se hundían ligeramente en la hierba húmeda, mientras la neblina de la madrugada apenas permitía distinguir las siluetas de los hombres reunidos en el lugar. Blackmoor aguardaba frente a él, con una expresión fría y confiada. Parecía convencido de su propia invulnerabilidad, aunque la tensión que mantenía sus hombros rígidos delataba que no estaba tan tranquilo como pretendía aparentar. El magistrado abrió la caja que contenía las armas y examinó las pistolas de doble cañón elegidas por el duque. Después de comprobar sus mecanismos, permitió que los padrinos procedieran con la carga. El conde de Ravenscourt preparó el arma de Adrien, mientras el marqués de Greystone se encargaba de la de Blackmoor. Ambos cañones fueron cargados cuidadosamente, siguiendo las instrucciones establecidas. Una vez listas las pistolas, los padrinos midieron la distancia acordada y comprobaron que todo estuviera en
Antes de que el duque de Westford se retirara del estudio, Isolda y Aurelia se apresuraron a entrar en un salón contiguo, cerrando la puerta con mucho cuidado para que nadie notara que habían estado espiando. Una vez allí, Isolda apremió a Aurelia: —Vamos al salón privado, es mejor que nos resguardemos. Ya en la estancia, mientras Aurelia cerraba la puerta tras de sí, Isolda, con admiración evidente, comentó: —Mis respetos para el duque de Westford. Yo no conservé tanta calma cuando encaré a mi esposo. Aurelia, sumida en sus propios pensamientos, alzó la mirada, atónita: —¿Cuándo lo encaraste? Isolda se acomodó en el sillón, como si nada, y respondió con indiferencia: —Cuando me enteré de que te acostabas con él. Impactada, Aurelia se acercó a su hermana y, con voz insegura, preguntó: —¿Cuándo… cómo te enteraste? ¿Te lo dijo él? —No —replicó Isolda, mirando a su hermana con
Adrien permaneció inmóvil, con la mirada fija en el duque de Blackmoor. La sala estaba cargada de un silencio espeso, roto únicamente por la respiración contenida del duque y los leves movimientos del marqués de Greystone, visiblemente incómodo. Cada segundo que pasaba parecía alargar el aire, como si la estancia misma contuviera la respiración. Con la misma calma que había mantenido durante toda la reunión, Adrien habló, señalando sutilmente a Blackmoor: —Ella menciona que fue usted quien la incitó a tener relaciones, escudándose en un juego absurdo y aprovechando su malestar. Blackmoor palideció, tensando los puños sobre el escritorio. Su mandíbula se apretó hasta que los nudillos se blanquearon. —Eso es absurdo… yo jamás le pondría una mano encima a la esposa de mi amigo. Adrien no apartó la mirada ni un instante. Su voz siguió serena, medida: —Y aun así lo hizo. El tiempo pareció detenerse. La habitación quedó







