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Capítulo 1

Author: Paz Maré
last update publish date: 2026-10-29 07:23:09

Diez años… Durante diez largos años, Aurelia había confiado en el hombre que destruyó su vida. Se había entregado a él, no por amor, sino por despecho hacia el hombre que creyó que la había despreciado y por resentimiento hacia la hermana que consideró una traidora. Y todo había sido mentira.

Se dejó caer sobre la cama, con las cartas que había encontrado en el cofre que su hermana le entregó aún entre las manos. La habitación parecía encogerse a su alrededor, cada sombra un recordatorio de lo que había perdido y de todo lo que había hecho a consecuencia de aquel engaño.

Recordó sus primeros encuentros con el duque. Creyó que él veía en ella algo especial, algo que Edmund no había sido capaz de apreciar. Cuando la encontró llorando, le ofreció consuelo, atención y una consideración que ella confundió con afecto. En medio de su dolor, quiso creer que por fin alguien la elegía a ella. No tardó en entregarse a aquella ilusión, convencida de que había encontrado en el duque algo que Edmund le había negado.

Pero el espejismo no duró para siempre.

A los diecinueve años, Aurelia aún dependía del duque y carecía de los medios necesarios para establecerse por su cuenta. Pero, cuando finalmente tuvo la posibilidad de marcharse, ya había descubierto las ventajas de su posición. Ser la protegida del duque le concedía privilegios que de otro modo jamás habría obtenido. Sus peticiones eran escuchadas, su presencia respetada y sus deseos satisfechos con una facilidad que la hacía sentirse poderosa. Así que decidió quedarse.

Ya no necesitaba creer que el duque la amaba. Le bastaba con conservar la influencia que había conseguido.

Tampoco le importaba que él compartiera la cama con Isolda, su propia hermana. Había aprendido a tolerar sus indiscreciones, a fingir que no la herían y a aceptar que el lugar que ocupaba a su lado dependía de su conveniencia. Mientras conservara sus privilegios, estaba dispuesta a cerrar los ojos.

Cinco años más tarde, creyó tenerlo todo bajo control. Había aprendido a moverse en aquel mundo de secretos y apariencias, a reconocer cuándo debía callar y cuándo podía exigir algo a cambio de su obediencia. Se convenció de que había encontrado la manera de obtener lo que quería de un hombre que nunca la amaría.

Pero ni siquiera aquella posición era tan sólida como había imaginado. La deferencia del duque no era más que una forma de asegurarse de que ella continuara a su disposición cuando se cansara de sus otras amantes. Aurelia lo sabía y, aun así, siguió a su lado.

Después vinieron las humillaciones más atroces.

Los acuerdos con los amigos del duque, los intercambios, las imposiciones que nunca admitían una negativa. Las mujeres jóvenes sometidas a sus deseos, las esposas manipuladas y los hombres que encontraban diversión en el sufrimiento ajeno. Aurelia lo había visto todo. Había presenciado situaciones que deberían haberla llenado de horror y que, sin embargo, aprendió a aceptar como parte del mundo al que había decidido pertenecer.

Guardó secretos que jamás debieron quedar ocultos. Calló verdades que podrían haber protegido a otras mujeres. En ocasiones, incluso participó en las manipulaciones que permitían al duque satisfacer sus caprichos. No siempre había sido una espectadora impotente; muchas veces había colaborado porque hacerlo significaba conservar su posición.

Su complicidad la manchaba más que cualquier ofensa que hubiera recibido.

Y ahora, al recordar a todas aquellas mujeres, ya no podía refugiarse en el resentimiento que durante años había utilizado para justificar su conducta. No podía fingir que todo lo había hecho por amor, porque hacía mucho que había dejado de amar al duque. Tampoco podía atribuir cada una de sus decisiones al engaño que la había llevado hasta él. Había llegado un momento en que conocía la clase de hombre que era y, aún así, había elegido quedarse.

Por poder. Por conveniencia. Por no renunciar a una posición que había aprendido a considerar suya.

La imagen de Evelina apareció en su memoria, seguida del recuerdo de las semanas en que había contribuido a hacerla sufrir. Recordó cómo había manipulado palabras, gestos y decisiones de su propia familia para que el duque obtuviera lo que deseaba. Recordó las crueldades disfrazadas de diversión, las lágrimas ajenas que no le habían importado y las ocasiones en que había podido detenerse, pero no lo hizo.

Había querido vengarse de un hombre al que creyó capaz de despreciarla y de una hermana a la que creyó capaz de traicionarla. Pero, en el camino, había castigado a personas que nada tenían que ver con aquella herida. Había permitido que su resentimiento se convirtiera en crueldad y que su ambición pesara más que el sufrimiento de los demás.

Y todo había comenzado con una mentira.

Edmund, su amado Edmund, no la había rechazado. Había intentado casarse con ella, había acudido a Isolda en busca de ayuda y había estado dispuesto a aceptarla sin dote. Su hermana tampoco la había traicionado como Aurelia creyó durante tantos años. Ambos habían intentado ayudarla, mientras el duque se encargaba de convencerla de lo contrario.

Edmund estaba ahora casado y tenía tres hijos. Durante años, cada noticia de su felicidad había alimentado el resentimiento de Aurelia, su deseo de venganza y su voluntad de destruir matrimonios y provocar sufrimiento. Había convertido la vida de aquel hombre en una afrenta personal, sin saber que él nunca había dejado de quererla cuando más importaba.

Pero descubrir la verdad no borraba lo que había hecho después.

Se abrazó a las cartas y las lágrimas comenzaron a caerle por el rostro. Había perdido diez años persiguiendo una venganza inútil, pero lo que más le pesaba no era el tiempo desperdiciado, sino todo el daño que había causado durante aquel tiempo.

Blackmoor la había engañado, pero no podía atribuirle todas sus decisiones. Cuando descubrió quién era realmente el duque, había elegido quedarse, aun a costa del sufrimiento de otras mujeres. Ahora debía enfrentarse a las consecuencias de sus actos, sin excusas que aliviaran su conciencia.

Mientras la tarde se extinguía tras las ventanas, Aurelia permaneció sola, con las cartas apretadas contra el pecho. La verdad había destruido las certezas sobre las que construyó su vida, pero no podía deshacer el pasado ni devolverle la mujer que habría sido de no haber creído aquella mentira.

Por primera vez en diez años, comprendió que no bastaba con reconocer que había sido engañada. También debía aceptar que, en algún momento, había dejado de ser únicamente una víctima para convertirse en cómplice.

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