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Venganza y Redención
Venganza y Redención
Author: Paz Maré

Prólogo

Author: Paz Maré
last update publish date: 2026-10-29 07:23:01

La biblioteca estaba en penumbras, apenas iluminada por las velas que titilaban sobre los candelabros de bronce. Las llamas proyectaban sombras alargadas sobre las estanterías, donde cientos de volúmenes descansaban en un silencio solemne, ajenos al dolor que consumía a la joven sentada junto a la ventana.

Aurelia, con apenas dieciocho años, se había refugiado allí como si aquellas paredes pudieran protegerla del mundo. Tenía un libro abierto sobre el regazo, pero hacía mucho que había dejado de intentar leerlo. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas y caían sobre las páginas, emborronando las palabras impresas. Su pecho dolía con cada sollozo ahogado, y la garganta le ardía por contener los gritos de rabia y desesperación que amenazaban con escapar de sus labios.

Todo lo que había creído verdadero se había desmoronado en cuestión de días.

Su hermana… su propia hermana, Isolda, a quien tantas veces había admirado y en quien había depositado una confianza que ahora le parecía vergonzosa, nunca había movido un dedo para ayudarla. El duque le había dicho que jamás habló en su favor, que nunca intercedió para darle una dote.

Y Edmund…

El solo recuerdo de su nombre le provocó un nuevo estremecimiento.

Edmund, su querido Edmund, el hombre por quien había comenzado a imaginar un futuro distinto, se encontraba ahora buscando esposa entre las jóvenes de familias acaudaladas. Al parecer, el afecto que tantas veces le había prometido no era suficiente para enfrentarse a la realidad de una unión sin fortuna. Él necesitaba una mujer que le asegurara una posición respetable, una dote generosa y las conexiones necesarias para prosperar. Y ella, que no poseía ninguna de esas cosas, había dejado de ser una candidata conveniente.

Aurelia se llevó una mano a la boca para ahogar un sollozo.

Lo había perdido todo. El amor, la esperanza, la confianza en su hermana.

—¿Por qué lloras de ese modo, pequeña Aurelia? —la voz profunda del duque se alzó de pronto en el silencio.

Ella se sobresaltó y levantó la cabeza. No lo había oído entrar. El hombre permanecía junto a la puerta, alto y solemne, con una mano apoyada en el pomo y la expresión serena de quien no tenía prisa por conocer las respuestas. La luz de las velas dibujaba los contornos de su rostro y hacía brillar los ojos con una intensidad que Aurelia nunca sabía interpretar.

El duque de Blackmoor tenía una presencia capaz de imponerse en cualquier estancia. No necesitaba levantar la voz ni recurrir a gestos bruscos para hacerse obedecer. Bastaba con que estuviera allí para que los demás fueran conscientes de su autoridad.

Pero aquella noche, Aurelia no vio al hombre al que tantos temían. Tampoco vio al esposo de su hermana, cuya severidad había aprendido a respetar, ni al hombre que se había hecho cargo de ella tras la muerte de sus padres, ocurrida un año atrás. Vio a un caballero atento, alguien que había reparado en su sufrimiento cuando nadie más parecía dispuesto a hacerlo.

—No es nada, milord —murmuró, apresurándose a secarse las mejillas.

Intentó cerrar el libro y levantarse, avergonzada de que la encontrara en semejante estado, pero sus dedos temblorosos no consiguieron sujetar bien la cubierta. El volumen resbaló de su regazo y cayó al suelo con un golpe sordo.

El duque se acercó despacio.

—No tienes por qué fingir conmigo.

Aquellas palabras, pronunciadas con una suavidad inesperada, terminaron de quebrar la escasa compostura que le quedaba. Aurelia bajó la cabeza, incapaz de contener las lágrimas.

—No sé qué he hecho para merecer esto —confesó—. Creí que Edmund me amaba. Pensé que, aunque no tuviera una fortuna que ofrecerle, podríamos encontrar la manera de estar juntos.

El duque se detuvo frente a ella.

—No merece tus lágrimas ese joven necio —dijo con voz suave—. Ni tampoco esa hermana que prefirió callar antes que ayudarte.

El pecho de Aurelia se contrajo.

—Sin Edmund… no soy nada —susurró entre sollozos.

Entonces el duque extendió la mano y la posó en la parte trasera de su cuello, justo bajo la nuca. El roce de sus dedos la estremeció, no como una imposición, sino como una caricia delicada, íntima, que parecía sostenerla para que no se desmoronara. Aurelia cerró los ojos un instante, sintiendo que aquel contacto la anclaba al mundo.

—Mírate, Aurelia… —continuó él con dulzura—. Eres hermosa, más de lo que imaginas. Cualquier hombre caería rendido a ti, aunque no tuvieras un penique. Si Edmund fue tan ciego como para no verlo, entonces es él quien pierde, no tú.

Sus palabras calaron hondo. Nadie le había dicho aquello antes. Nadie la había mirado como él lo hacía ahora, como si fuese única, preciosa, digna de ser amada. Su corazón, roto y abatido, latió con una nueva esperanza. Por un instante, se sintió protagonista de un cuento, rescatada de la desdicha por un caballero inesperado.

—No soy nada… —repitió, temblorosa.

El duque ladeó una sonrisa.

—Eres todo, Aurelia. Solo que aún no lo sabes.

El pulgar del duque acarició la sensible curva de su cuello con ternura. Aurelia, con el alma hecha jirones, lo sintió como el gesto más cariñoso que alguien hubiera tenido con ella.

Ella inclinó la cabeza instintivamente, cerrando los ojos. Fue entonces cuando él se inclinó y rozó sus labios con los suyos. El primer beso fue lento, casi casto… pero pronto se tornó más profundo, más demandante, más seguro, llenándola de un calor desconocido. Aurelia, temblorosa, no se apartó.

El duque la rodeó con un brazo y la atrajo hacia sí, sus palabras entremezcladas con las caricias.

—Olvida a Edmund… olvida a Isolda. Yo te veo, Aurelia. Yo sé lo que vales.

Aurelia sintió que por fin alguien la veía, que alguien la había elegido.

El rencor hacia Edmund y la traición de su hermana se desvanecieron en un instante. Allí, en la penumbra de la biblioteca, Aurelia creyó que había encontrado al hombre que la rescataba de su soledad y su miseria.

Y con la inocencia de su juventud, se entregó convencida de que vivía un amor prohibido pero verdadero.

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