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Verano En Familia Caliente
Verano En Familia Caliente
作者: Lucía Tormentas

Capítulo 1

作者: Lucía Tormentas
Me llamo Emiliano Quintero y soy universitario.

Hace unos días empezaron las vacaciones de verano, y como estaba aburrido en casa sin nada que hacer, fui a la ciudad a visitar a mi hermano.

Apenas entré al departamento, vi a mi cuñada salir de la recámara con un camisón de tirantes.

—Ya llegó Emi, deja que la cuñada te abrace…

Un aroma dulce me llegó a la nariz y quedé abrazado por mi cuñada.

Alcancé a sentir que no traía sostén. Sus pechos redondos y firmes, separados apenas por dos capas finas de tela, se apretaban contra mi pecho y me dejaron con un cosquilleo por todo el cuerpo. Sin pensarlo, saqué el pecho y me restregué un poco.

Cuando nos soltamos, mi cuñada no me regañó por atrevido.

Al contrario, me hizo un guiño, como riéndose de que ya estaba grandecito, de que ya sabía sacarles provecho a las mujeres.

Tenía las mejillas encendidas. Se veía preciosa.

Mi cuñada anduvo con mi hermano desde la prepa, y por eso siempre tuvo buena relación conmigo. Cuando vivíamos en el pueblo, hasta me llevaba con ellos a sus citas, y cada vez que veía a una amiga me presentaba bien orgullosa: “Miren, tengo un hermanito guapo”.

Pensé que me veía como a un hermano.

Pero lo malo era que ella como que me tenía hechizado, y hasta cuando me masturbaba la fantaseaba a ella.

Y peor todavía: ni siquiera sentía que estuviera mal. Al contrario, me ponía más caliente.

Lo que terminó de cambiar la cosa entre los dos fue una tarde, después de espiarla con mi hermano en la cama.

Ese día se descompuso el aire del otro cuarto y, entre el calor, quedé medio entredormido. Me levanté a servirme agua.

Apenas entré a la sala, un gemido finito se escapó de la recámara principal y me explotó en los oídos. Me despertó.

—Despacio… más despacio, está muy adentro…

No habían cerrado bien la puerta. Miraba desde el costado de la cama, por detrás, así que de mi hermano no alcanzaba a verle la cara; solo los veía a los dos encuerados.

Mi cuñada estaba acostada boca arriba, levantando esas piernas largas y tersas, apoyadas en los hombros de mi hermano.

Era la primera vez que le veía a mi cuñada su parte más íntima.

Me relamí los labios. Miré a mi cuñada aferrada a las sábanas, dejando escapar jadeos delicados, los piecitos suspendidos en el aire, los deditos apretados y temblando, aguantando las embestidas brutales de su esposo.

—¿Se siente rico?

Desde el cuarto llegó la voz grave de mi hermano.

—Mmm…

Mi cuñada emitió unos sonidos finos y provocadores, como un animalito, al ritmo de mi hermano, con gemiditos entrecortados.

Lo que veía me daba gusto y a la vez me dolía.

Me daba gusto ver a mi cuñada, tan dulce y tan bella, con las piernas bien abiertas, mostrándome su lado más frágil, más carnal.

Me dolía pensar que, si el que estaba encima de ella fuera yo, moriría del gusto.

Los pies de mi cuñada seguían temblando, las nalgas levantadas más alto, todo su cuerpo doblado en dos.

—Qué nalgotas… qué zorra.

Mi hermano empezó a moverse con más fuerza. Esa espalda ancha y esas nalgas macizas se movían sin parar, como un toro salvaje que no conocía el cansancio.

Mi cuñada tensó los piecitos que tenía en el aire y dejó escapar jadeos gruesos.

—¡Emi! ¡Emi!…

Me dio un susto, pensé que me había descubierto y metí la cabeza rapidito.

Pero escuché a mi hermano soltar una risita burlona.

—¿Tanto te gusta tu cuñadito? ¿Quieres que te coja él?

Los gemiditos ligeros de mi cuñada se le salían de los labios sin poder contenerlos, y ya no se sabía si era por placer o por sufrimiento.

—¡Ah!… Tú… estás coqueteando con zorras baratas… ¿y yo por qué… no puedo dejarme coger por Emi?

—Ahora… ¿es tu papi el que te deja bien cogida, o es… el cuñadito el que te deja bien cogida?

La cama se sacudió como loca unas veces más. Una corriente de aire entró por el pasillo y empujó despacio la puerta de madera de la recámara principal.

Esa cara seductora y arrebatadora de mi cuñada apareció de golpe frente a mí, y nuestros ojos se cruzaron de una forma que nunca me había imaginado.

Se me detuvo el corazón. Esa sensación tan irreal me recorrió otra vez como una corriente eléctrica y, aunque el aire estaba húmedo y caliente, sentía oleadas de frío que me calaban hasta los huesos.

Tenía una mirada rarísima, una especie de vacío que yo nunca le había visto, sin foco, me miraba a mí y parecía atravesarme; la boca se le abrió de la sorpresa sin poder emitir un sonido, y los labios le temblaban sin control.

Hasta que el hombre que la tenía debajo apuró de golpe el movimiento. Las pupilas, que apenas habían vuelto a enfocar, se le disolvieron como rindiéndose, y los ojos se le iban en blanco una y otra vez.

Una mezcla de placer, lujuria y resistencia apareció al mismo tiempo en esa cara hermosa y encendida que yo conocía tan bien.
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