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Capítulo 2

作者: Lucía Tormentas
Tenía el corazón agitado y ya no aguantaba seguir mirando, así que me regresé a mi cuarto mareado, me quité los bóxers y los aventé lejos, y me quedé dormido entre la neblina.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que me despertó un ruido. Había voces del otro lado de la puerta; era mi hermano.

—Voy a salir un momento a resolver un asunto, vuelvo en una hora.

Después, la puerta de entrada se cerró y la cerradura sonó.

¿Me lo estaba diciendo a mí?

Me desperté con la boca seca, y apenas ahí me acordé de que en la tarde, por estar espiando, se me había olvidado tomar agua. Me puse los bóxers, fui a la sala a servirme un vaso de agua fría y se me aclaró la cabeza.

La atención se me fue a la entrepierna cargada y lista; era esa sensación de deseo contenido, con el pulso de que bastaba pasar un dedo para que saltara.

Asomé la cabeza hacia la recámara principal y llamé en voz baja:

—Cuñada…

No hubo respuesta. La cuñada estaba acostada en la cama, con la cabellera suelta como una nube, dormida.

Su rostro aún sonrojado conservaba ese aire de placer que no se le había borrado. La cobijita delgada le tapaba nada más la panza, uno de sus pechos blancos y suaves seguía al aire, y las piernas largas ya las tenía juntas de nuevo, recuperando el recato de mujer.

Tragué saliva y, sin poder evitarlo, la imaginación se me disparó.

Aunque mi hermano y mi cuñada siempre fueron buenos conmigo desde chico, ¿no sería demasiado que llegaran a tanto?

Me temblaba el cuerpo entero de la emoción. Me armé de valor, me subí a la cama y con mucho cuidado le puse la mano sobre el pecho.

—Mmm, ah…

La cuñada gimió suavemente.

Me incliné encima de ella y acerqué la cara, pero no me atrevía a besarla. Con una mano le tocaba el pecho y al oído no paraba de decirle, zalamero:

—Cuñada… cuñada…

Ella abrió los ojos medio entredormida, jadeando apenas.

—¿Eres tú? ¿Y tu hermano?

Al ver que no reaccionaba con escándalo, y que más bien lo primero que preguntó fue si mi hermano estaba, me dio una euforia loca.

La cuñada me quería.

—Mi hermano salió, no vuelve hasta dentro de una hora.

Se lo dije con tono zalamero; solo quería que se quedara tranquila y que me dejara hacerle el amor. Por dentro no paraba de repetirme: hermano, cuñada, ¡qué buenos son conmigo!

—Cochinito… si tu hermano no está, el hermanito viene a jugar con su cuñada…

Su mano me acarició la cara con suavidad.

No le contesté. Me le eché encima, bajé la cabeza y le chupé un pecho.

La cuñada me trataba como a su bebé: con los dos brazos me rodeó la cabeza y arqueó el pecho para ponérmelo más al alcance.

—Despacio… ¿Emi ya ha jugado con mujeres?

—Estuve… con algunas… compañeras de la universidad —balbuceé.

—¿Eran bonitas?

—Ninguna tan hermosa como la cuñada —le dije de manera empalagosa.

La cuñada quedó encantada con mi respuesta y me empujó con suavidad.

—Levántate, que la cuñada te va a hacer sentir muy bien…

Me dejé caer de espaldas en la cama.

La cuñada, hincada junto a mí, dejando a la vista su cuerpo blanco y voluptuoso, me agarró la pierna y de un tirón me bajó los bóxers hasta las rodillas.

Y ahí quedó al aire mi entrepierna con esas dotes excepcionales.

Ella suspiró apenas, y ese aire encendido se le salía hasta por los ojos; hasta la voz se le puso pastosa y melosa.

—Pero qué… ¿cómo te creció esto?… Más grande que tu hermano…

Estiré la mano para apretarle los pechos, un poco envanecido por dentro.

La genética de mi familia es buena: ningún hombre mide menos de 1.80 m, y la masculinidad en todos ronda o pasa los 20 cm, hasta más imponente que los negros de las películas.

Muchos tíos y parientes no tienen un centavo, pero todos se casaron con mujeres hermosísimas, y es porque en la cama las conquistaron.

—¡Ay, nuestro Emi es el mejor! —La cuñada ya no lo soltaba, y volteaba de un lado a otro mi tesoro entre las manos—. Guapo, tierno y bien dotado, deberías jugar con muchas más mujeres…

Mientras jugueteaba con mi tesoro, arqueó el cuerpo, sacó la lengua y me besó enredándose conmigo.

Luego se volteó y se puso boca abajo, hincó las rodillas y empinó esas nalgas redondas y tersas.

—Ven, deja que la cuñada pruebe qué tan bueno eres…

Pero cuando me iba a montar, a mis espaldas se escuchó de pronto una voz conocida.

—¿Por qué no me esperaron?

Volteé la cabeza. Mi hermano estaba recargado en el marco de la puerta, mirándonos a la cuñada y a mí con media sonrisa.
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