Mi hermano escuchó el alboroto del cuarto y también entró corriendo. Sin dudarlo, se plantó delante de mí protegiéndome y detuvo los golpes y los gritos de papá.—Papá, no le pegues a Emi, no fue idea suya, yo le pedí que lo hiciera.Nunca había visto a mi papá tan furioso. Los ojos le ardían de ira, como si pudieran prender el aire a su alrededor, y hasta la respiración le costaba.—¡Pues entonces les pego a los dos!Mi mamá tenía a la cuñada abrazada contra su pecho, y las lágrimas de las dos se mezclaban. Con la voz temblando, la consolaba:—Mija, ya escuché todo, sé que te hicieron pasar por esto. Pero esto no se puede hacer. Es una línea que no se cruza.Mi papá tenía la cara pálida, respiraba con dificultad. Se aclaró la garganta y habló con voz rotunda:—¿Por qué no nos avisaron antes? ¿Para qué meterse en estas cosas incestuosas?Mi hermano y yo agachamos la cabeza, avergonzados, sin decir una palabra.Luego mi papá volteó la cara hacia la cuñada, que estaba deshecha en llanto,
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