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Capítulo 4

Autor: Ding
Era mi último día en la manada. Después de despedirme del Sabio Mark Smith, me dijo:

—Pasa por la casa del Alfa antes de irte, él te está buscando.

Al principio quise rechazar su petición, pero, al pensar que esa misma noche me marchaba de la manada, esa podía ser la última vez que Cain y yo nos viéramos, si él y Vera se quedaban fuera toda la noche como solían hacer.

Pensé que lo mejor era decirle en persona que terminaba con él, ya que llevábamos cinco años juntos. Al final decidí pasar por su casa. Estaba a punto de cruzar la puerta cuando lo vi desparramado en una silla por la ventana.

Vera, con un vestido largo, tenía la cabeza apoyada en su regazo. La escena era bastante íntima.

No alcancé a escuchar lo que dijo Cain, pero, fuera lo que fuera, Vera se tapó la boca y soltó una risita burlona.

Me detuve en seco. Estaba por darme la vuelta e irme cuando Vera me vio. Dio un grito de sorpresa y se enderezó a toda prisa.

—¿Qué haces aquí, Leah?

A él se le escapó un destello de pánico; de inmediato, se acomodó a toda prisa la ropa desordenada antes de volverse hacia mí, visiblemente molesto.

—¿Quién te dio permiso para entrar sin tocar? Te dejé muy claro que debes esperar a que yo te autorice, incluso después de llamar a la puerta.

No le hice caso y dije:

—El Sabio Mark me dijo que me estabas buscando.

Caminó con paso firme hacia la mesa y marcó un número en el teléfono, visiblemente furioso. Debido a su llamado, el Sabio Mark se presentó en la residencia en menos de cinco minutos.

—¿Le dijiste a Leah que la estaba buscando? —preguntó Cain con frialdad.

El Sabio Mark notó enseguida que algo estaba mal. Miró de la cara fría de Cain a Vera, que estaba de pie a un lado, angustiada. Se puso tan nervioso que no supo qué decir.

Tardó un buen rato en murmurar:

—Yo… no me acuerdo.

Cain suspiró con desprecio y me clavó la mirada.

—¿Conseguiste lo que querías, Leah? —preguntó—. Creí que habías madurado, pero lo único que aprendiste fue a mentir. Ahora solo dices disparates.

No supe qué responder.

—No te enojes, Alfa Cain —intervino Vera—. Estoy segura de que Leah no quiso incriminar al Sabio Mark a propósito.

Le acarició la espalda a Cain para calmarlo mientras me miraba.

—Espero que tú tampoco malinterpretes las cosas, Leah. Hace un rato me dolía la cabeza porque estaba agotada. Por eso descansaba en el regazo del Alfa Cain. No le des más vueltas a lo que viste.

Aunque no sabía bien qué pasaba, no me cabía duda de que Vera era el cerebro detrás de todo.

El Sabio Mark sabía que Vera era la Beta favorita de Cain; por eso, al notar que algo estaba mal, no se atrevió a decir la verdad. Tampoco estaba seguro de que Cain fuera a creerle.

Me quedé callada. Cain seguía furioso.

—No tienes por qué darle explicaciones, Vera; no hicimos nada malo, así que no hay nada que justificar. Y en cuanto a ti, Leah, he decidido retirarte de todas tus funciones dentro de la manada por intentar incriminar a un sabio.

El Sabio Mark trató de explicar la situación.

—Alfa Cain, Leah ya…

Seguramente quería advertirle a Cain que yo me marcharía de la manada, pero el Alfa lo silenció de golpe con una mirada implacable.

—No quiero escuchar excusas. ¡Limítate a cumplir mis órdenes!

El Sabio Mark no se atrevió a pronunciar una sola palabra más; dio media vuelta y se retiró del lugar. Supuse que aquella era la señal definitiva para marcharme, pero justo cuando estaba a punto de hacerlo, Cain me llamó. Tal vez porque acababa de desahogar toda su furia contra mí, su semblante lucía muchísimo más tranquilo.

—No intento perjudicarte, Leah —dijo con sinceridad—. Soy el Alfa de la manada. No puedo darte trato preferente solo porque eres mi pareja destinada.

Vera asintió y agregó:

—Tiene razón, Leah. El Alfa Cain hace lo mejor para ti.

Cain asintió en respuesta.

—Eres una Beta excelente, Vera.

Me clavó la mirada antes de continuar:

—En cambio, tú no te pareces en nada a ella. Lo único que se te da bien es estar celosa. ¿Hay algo más que sepas hacer? ¿Por qué no tomas ejemplo de Vera y aprendes a parecerte más a ella?

Me pregunté qué quería exactamente que aprendiera de ella. ¿Quería que aprendiera a meterme en una relación ajena? ¿Quería que aprendiera a sembrar cizaña entre dos personas con disimulo?

O quizá quería que aprendiera a llevarme el crédito por el trabajo ajeno e incriminar a otros por cosas que no hicieron.

Resoplé, sin molestarme en discutir. Cain creyó por error que había aprendido la lección al ver que me quedaba callada. Se acercó y dijo con sinceridad:

—Sé que me amas, y que haces todo esto porque te sientes insegura. Mañana es luna llena. Te cumpliré el deseo y te marcaré oficialmente. Cuando seas mi Luna…

—¿Marcarme? —lo interrumpí con una risa—. No hace falta, Cain. No necesito que me marques. Terminemos con esto. Ah, y también me uniré a la manada Northcliff. De ahora en adelante no tendremos nada que ver.

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