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Capítulo 4

Author: Bite Man
El día de nuestra partida, antes del amanecer, llegaron los documentos que autorizaban nuestro traslado al Norte. También presenté ante los ancianos mi renuncia al puesto de Luna.

Estaba lista para marcharme con Finn en ese mismo instante.

Pero él sacó un boleto del armario: era el pase para el Carnaval del Festival de la Luna que Damon le había dado hacía mucho tiempo.

La fecha impresa era la de hoy.

—Mamá, ¿podemos esperar hasta la tarde? —apretó entre los dedos una esquina del boleto—. Una última vez.

Lo miré y no pude decirle que no.

A las ocho de la mañana, Damon regresó.

El dije de piedra lunar ya no estaba en sus manos.

Actuó como si nada de lo ocurrido la noche anterior hubiera pasado y sacó tres pulseras para el carnaval.

—A las tres. Nos vemos en la entrada.

Finn lo miró fijamente.

—¿Te acordaste?

—Por supuesto.

—¿Solo nosotros tres?

Damon hizo una pausa.

—Solo nosotros.

Finn no sonrió, simplemente se puso la pulsera.

Después de que Damon se marchara, cambié nuestros boletos de tren hacia el Norte para las cuatro y media de la tarde.

El carnaval estaba a solo diez minutos de la Estación Central.

Si Damon realmente aparecía, al menos Finn podría tener una despedida de verdad.

Al mediodía, terminamos de vaciar la habitación.

Dejé atrás mi broche de Luna y el sello de la manada.

Finn colocó el lobo mecánico en el lugar más visible.

Presionó el botón por última vez.

—Finnie, espera a que papá termine...

La voz mecánica resonó por la habitación vacía.

Finn lo apagó.

—Esta vez no voy a esperar.

A las dos cuarenta de la tarde, llegamos a la entrada del carnaval.

Los padres cargaban a sus cachorros sobre los hombros.

Finn permanecía al borde de la multitud, mirando constantemente hacia la esquina.

Eran las tres en punto y Damon no apareció.

A las tres y cinco mi teléfono sonó.

—Elara, Nico se cayó de un árbol —la voz de Damon sonaba agitada—. Tengo que llevarlo a la clínica.

Miré a Finn, que estaba a cierta distancia.

—¿Es grave?

—Se raspó la rodilla. El médico dijo que no es nada serio.

—Entonces, ¿vas a venir?

Se hizo un silencio al otro lado hasta que se escuchó el llanto de Serena.

—Damon, Nico no deja de aferrarse a ti. Está muy asustado.

Damon bajó la voz.

—Entren ustedes. Iré para allá en cuanto resuelva esto.

—¿Cuánto vas a tardar?

—Elara, no me presiones ahora. Nico solo tiene seis años.

Solté una risa.

—Finn también.

Damon no respondió.

Colgué.

Finn no preguntó nada.

Ya había leído la respuesta en mi rostro.

—Otra vez Nico, ¿verdad?

—Sí.

Se quitó la pulsera.

—Entonces vayamos a la estación.

—¿No quieres esperar diez minutos más?

Finn alzó la mirada hacia la enorme estatua de la Diosa de la Luna que se erguía sobre la entrada.

—Dentro de diez minutos, seguirá siendo el Damon de Nico. No se va a convertir en mi papá.

Tomé su mano y nos alejamos del carnaval.

A las tres veinte, comenzó el abordaje del tren hacia el Norte.

Damon envió un mensaje.

«El médico dijo que Nico está bien».

«Ya voy para allá».

«Dile a Finn que me espere».

No respondí.

Finn estaba sentado en la sala de espera, revisando fotos en su tableta.

La primera mostraba a Damon cargándolo cuando era recién nacido.

En la segunda, padre e hijo construían juntos una guarida en la nieve.

En la tercera, Damon le enseñaba a leer los mapas del territorio de la manada.

En aquel entonces, la sonrisa de Finn era tan amplia que sus ojos casi desaparecían.

—Mamá, ¿alguna vez me quiso?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué ahora no me elige a mí?

Me agaché y lo abracé con fuerza.

—No es porque tú no lo valgas. Es porque él ya no merece que sigas esperándolo.

Finn apoyó la cabeza sobre mi hombro.

No se movió durante mucho tiempo.

El anuncio final de abordaje sonó por los altavoces.

Finn levantó la cabeza y borró todas las fotos.

A las cuatro y media de la tarde, el tren salió del territorio de Ashford.

Las luces de la ciudad se desdibujaban al otro lado de la ventana.

Un dolor desgarrador me atravesó el pecho.

La luna estaba saliendo.

El vínculo de apareamiento tembló violentamente, como si alguien me sujetara desde dentro, e intentara arrastrarme de vuelta.

Era el pánico de Damon.

Por primera vez en un mes, lo sentía con total claridad a través de aquel vínculo silencioso.

Tenía miedo.

Pero cuando por fin sintió el dolor, nosotros ya nos habíamos ido.

Su voz irrumpió a través del enlace mental.

« Elara, ¿dónde estás?»

«¿Por qué está vacía la casa?»

«¿Dónde está Finn?»

Saqué el frasco que me había dado la curandera, incliné la cabeza y bebí su contenido.

El líquido me quemó al bajar por la garganta.

Entonces, mi pecho estalló de dolor.

Fue como si una mano hubiera atravesado mis costillas y arrancara de raíz aquel vínculo enredado.

Me mordí el labio hasta que el sabor de la sangre invadió mi boca, pero no me detuve.

Un segundo después, el vínculo de apareamiento se rompió.

La voz de Damon finalmente desapareció.

Y el mundo quedó en silencio.

Había prometido que me llevaría a Finn y me iría.

Ya no le debíamos nada a Damon.

Nunca más.
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