LOGINEn otro punto de la ciudad. La mañana transcurrió con normalidad en las oficinas de Prieto, aunque Marco llevaba varios días intentando recuperar el ritmo después de haberse apartado temporalmente de la empresa. Regresar a su despacho no resultó sencillo. El trabajo siempre consiguió mantener su mente ocupada, pero aquella mañana cualquier pausa terminaba llevándolo hacia Adelaide. Sobre su escritorio se acumulaban documentos que necesitaban su firma, informes financieros y varios asuntos pendientes que Renato había dejado bajo su responsabilidad, pero Marco llevaba varios minutos contemplando la pantalla sin leer realmente lo que tenía delante. Desde el divorcio, la ausencia de Adelaide se convirtió en una presencia constante. Todo lo que antes le parecía cotidiano ahora adquiría un valor que solo consiguió comprender cuando dejó de tenerla. Una secretaria entró al despacho después de tocar suavemente la puerta. —Señor Prieto, tiene una visita —anunció la mujer con discreción mient
El aeropuerto de Florencia estaba repleto de viajeros aquella tarde, pero entre la multitud destacó una mujer que avanzaba con una elegancia natural, arrastrando una pequeña maleta mientras sostenía su bolso sobre el hombro. Camila Fuentes acababa de regresar a Italia después de varios años lejos de aquel lugar, y aunque intentaba mantener el rostro sereno, sus ojos recorrían cada espacio con una mezcla de nostalgia y determinación. Vestía un traje claro perfectamente entallado, zapatos de tacón bajo y llevaba el cabello oscuro cayendo sobre sus hombros con un cuidado impecable. Había cambiado con los años; ya no era la joven que Marco recordaba, aquella muchacha que alguna vez creyó conocer mejor que a nadie. Ahora era una mujer sofisticada, segura de sí misma y consciente del efecto que provocaba cuando entraba en cualquier lugar. Sin embargo, debajo de aquella apariencia cuidadosamente construida permanecía un sentimiento que el tiempo no consiguió borrar. Camila nunca olvidó a Ma
Continuaron caminando entre las hileras de viñedos, dejando atrás poco a poco la casa donde Antonia y Renato permanecían conversando. El silencio entre ellos ya no tenía la ligereza de unos minutos atrás. La mención de Camila había cambiado el ánimo de Marco, pero Natalie no parecía dispuesta a permitir que aquel recuerdo terminara convirtiendo la tarde en otra oportunidad para encerrarse en sus pensamientos. Caminó unos metros a su lado antes de reunir el valor suficiente para abordar el tema que realmente le interesaba. Sabía que Adelaide seguía siendo una herida abierta y también comprendía que preguntar directamente por ella podía provocar que Marco levantara una barrera, así que eligió sus palabras con cuidado. Mientras avanzaban por uno de los senderos, Natalie observó de reojo el rostro serio de su amigo y finalmente habló con una suavidad que no pretendía invadirlo.—¿Y Adelaide? —preguntó con cautela mientras mantenía la mirada al frente—. ¿Qué fue lo que realmente sentiste p
El almuerzo transcurrió en una calma cuidadosamente construida por Antonia, quien se esforzaba por mantener la conversación ligera mientras observaba de reojo a su hijo. Natalie llegó a los viñedos poco antes de la hora acordada y, al entrar en la casa, encontró a Marco sentado a la mesa junto a Renato. Vestía de manera sencilla, sin la formalidad que acostumbraba llevar en el trabajo, y aunque intentaba comportarse con normalidad, la expresión cansada de su rostro dejaba claro que aquellos días lejos del trabajo no estaban siendo precisamente de descanso. Natalie lo conocía desde hacía demasiados años como para no notarlo, pero no hizo preguntas incómodas ni mencionó a Adelaide. Se limitó a acercarse con una sonrisa tranquila, como aquella muchacha que años atrás solía aparecer en los viñedos para arrastrarlo a alguna aventura.—Espero que no hayan empezado sin mí —comentó Natalie con una sonrisa juguetona mientras dejaba su bolso sobre una silla y se acercaba a la mesa.Marco levant
En los viñedos, Marco se tomó unos días lejos de la empresa para procesar el divorcio y ordenar todo aquello que llevaba días revolviéndole la cabeza. No quería regresar a la mansión; cada espacio de aquella casa conservaba algún recuerdo de Adelaide y, después de firmar los documentos que los convertían legalmente en dos personas separadas, sentía que cruzar aquellas puertas sería como enfrentarse una y otra vez a una ausencia que todavía no sabía cómo soportar. El dormitorio le recordaba las noches en que ella permanecía despierta esperando que él llegara, la mesa del comedor conservaba las conversaciones que Adelaide intentaba iniciar mientras él apenas le prestaba atención y hasta los pequeños detalles, como una taza olvidada o un libro sobre algún mueble, parecían tener algo de ella. Lo más difícil era recordar su dulzura, aquella manera paciente con la que intentaba acercarse a él incluso cuando recibía indiferencia a cambio. Adelaide buscaba cualquier momento para hablarle, pre
Mientras tanto, en la cabaña de Lorenzo, el aroma del café recién preparado se extendió por toda la cocina. Sofía había preparado un desayuno abundante, mientras Mateo permanecía sentado a la mesa, balanceando las piernas e intentando alcanzar un cochecito con el que jugaba en la mesa. Adelaide apareció poco después, con el cabello suelto y una expresión más relajada que en los últimos días. Aunque todavía llevaba consigo el peso de haber firmado el divorcio, aquella mañana quería dejar las preocupaciones fuera de la mesa y permitirse disfrutar de un momento de tranquilidad. Lorenzo llegó, cargando una bolsa con frutas y algunos dulces para Mateo, y su presencia hizo que el ambiente se llenara rápidamente de bromas y pequeñas risas.—¡Mira lo que traje para ti, campeón! —exclamó mientras sacaba un pequeño paquete de la bolsa y se lo entregaba a Mateo con una sonrisa.Mateo abrió los ojos emocionado y tomó el regalo entre sus manos.—¡Es el que quería! —celebró mientras se levantaba de







