Mag-log inLa primera mañana sin Valeria en la casa fue un desastre absoluto.Roberto bajó las escaleras a las siete en punto, viste con su traje de negocios impecable y el maletín en la mano, esperando encontrar la mesa del comedor servida como de costumbre. Durante tres años, el olor a café recién hecho y el pan caliente lo recibían a esa hora exacta sin falta. Pero esa mañana solo había un silencio sepulcral en la planta baja.En la cocina, las luces estaban apagadas. El café no estaba listo, los platos de la noche anterior seguían sobre la mesa y el suelo estaba desordenado.Roberto apretó los dientes con rabia y caminó hacia el pasillo.—¡Valeria! —gritó con impaciencia, dando un golpe con la mano en la pared del pasillo—. ¡Se me hace tarde para la reunión con la junta directiva! ¿Dónde está mi café?Nadie respondió. El eco de su propia voz rebotó contra los muros altos de la casa vacía. Fue entonces cuando un jarro de agua fría le cayó encima al recordar los eventos de la noche anterior: V
Valeria salió a la calle bajo una llovizna fina que empezaba a caer sobre la ciudad. El aire frío le golpeó el rostro, pero por primera vez en tres años sintió que podía respirar sin que un peso opresivo le aplastara el pecho.Sacó su teléfono y llamó a Lindsey.—Amiga... Tenías razón. Ya me fui de la casa.—¿Qué? ¡Valeria! ¿Dónde estás? Voy por ti de inmediato —respondió Lindsey al otro lado de la línea, con la voz llena de angustia y alivio a la vez.—Estoy en la esquina de la avenida principal. Solo traje mi maleta.—Quédate ahí, llego en diez minutos. No te muevas.Valeria esperó en la acera, mirando las luces de la mansión a lo lejos. Vio la luz de la ventana de la sala encendida y la silueta de Roberto caminando de un lado a otro con el teléfono en la oreja. Sabía que estaría llamando a sus abogados o a sus padres, preocupado únicamente por el escándalo financiero que se le venía encima, no por haber perdido a la mujer que lo había amado incondicionalmente.Pocos minutos después
Valeria entró a su habitación y le pasó el seguro a la puerta. Le temblaban las manos violentamente mientras sacaba una maleta grande del armario y la arrojaba sobre la cama. Empezó a meter su ropa sin orden alguno. Camisas, pantalones, vestidos. No quería llevarse nada que él le hubiera comprado durante esos tres años de matrimonio de mentira. Solo estaba empacando las cosas que le pertenecían antes de casarse, sus documentos personales y un par de recuerdos de sus padres. Desde afuera, se escuchaban los pasos de Roberto acercándose a la puerta. Tocó con fuerza, haciendo retumbar la madera. —¡Valeria, abre la puerta! —gritó él con rabia—. Deja de hacer este ridículo. Habla conmigo como una persona adulta. Valeria no respondió. Continuó empacando con prisa, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. —¡Te estoy hablando! —insistió él, golpeando la puerta con el puño—. No puedes irte de la casa así como así. Si te vas, los periodistas van a empezar a hacer preguntas. Mi
Dos semanas después de la gala, la vida de Valeria dio el giro más doloroso y definitivo. Era un martes por la tarde. Valeria estaba en la cocina organizando unas compras cuando escuchó el ruido del auto de Roberto estacionándose en la entrada. Le pareció extraño que llegara tan temprano, ya que normalmente él se quedaba en la oficina hasta altas horas de la noche. Salió al recibidor para ver si necesitaba algo. Al llegar a la sala, se detuvo de golpe. Roberto no estaba solo. A su lado se encontraba una mujer alta, elegante, de cabello largo y ropa de marca costosa. Llevaba varias maletas grandes a sus pies. La mujer miraba la casa con aire de superioridad, mientras Roberto le tomaba la mano con una ternura y un cuidado que jamás había mostrado con Valeria. Era Lucrecia. La mujer de la que Roberto hablaba en sus sueños, la amante a la que había amado durante años. —¿Qué está pasando aquí, Roberto? —preguntó Valeria, sintiendo que el piso se le movía bajo los pies. Robert
La corporación de la familia de Roberto organizó una gran gala benéfica en uno de los hoteles más prestigiosos de la ciudad. Era un evento obligatorio al que asistían empresarios, inversionistas y la prensa local. Como la esposa formal de Roberto, Valeria tuvo que acompañarlo. Ella se esforzó al máximo para estar a la altura de la ocasión. Eligió un elegante vestido largo de color azul marino, se peinó con cuidado y se maquilló para ocultar el cansancio de su rostro. Esperaba que tal vez, al verla arreglada y en un entorno social, Roberto mostrara un poco de gentileza. Sin embargo, las cosas salieron mal desde el momento en que subieron al auto. —¿Vas a ir vestida así? —preguntó Roberto, mirándola de reojo con desagrado mientras encendía el motor—. Ese vestido te hace ver vieja y aburrida. Intenta no llamar mucho la atención hoy. Solo sonríe y quédate callada. Valeria apretó las manos sobre su bolso y miró hacia la ventana, guardando un silencio amargo durante todo el viaje.
Pasaron tres años desde aquella noche, pero la rutina en la casa jamás mejoró. Valeria convirtió su vida en un esfuerzo constante por complacer a Roberto, albergando la tonta esperanza de que algún día él notara su dedicación y cambiara su actitud hacia ella. Cada mañana, Valeria se levantaba a las seis para preparar el desayuno. Sabía perfectamente cómo le gustaba el café a Roberto: negro, con dos gotas de edulcorante y exactamente a la temperatura correcta. Se encargaba de que sus trajes estuvieran impecables, que la casa estuviera en orden y que sus comidas favoritas estuvieran listas cuando él regresaba de la oficina. Sin embargo, para Roberto nada de eso tenía valor. Una mañana soleada, Valeria sirvió la mesa del comedor con esmero. Había preparado tostadas francesas y jugo natural. Cuando Roberto bajó las escaleras vistiendo un traje gris impecable, ella le sonrió y le acercó la taza de café. —Buenos días, Roberto. Te preparé el desayuno. Él ni siquiera la miró a la







