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Creo que lo recuerdo. Parece que fue ayer. Me acercaba al edificio acelerado, casi llegaba tarde. Estabas parada en la entrada algo asustada, tratando de parecer invisible. El viento movía ligeramente tu pelo y te apartabas los mechones nerviosa. Incluso con todo aquel bullicio alrededor me paré a mirarte. Por un momento sentí nuestras miradas chocar en la lejanía. Pensé que había sido cosa mía. Era extraño. Aquella vez, sin haber cruzado palabra, sentí que ya te conocía, que te recordaba.

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บทที่ 1

prólogo.

Meia salió corriendo aquella tarde tras dejar la casa en silencio tal y como le había indicado su madre.

Su padre una vez mas había llegado alcoholizado después de no haber aparecido la noche anterior y era costumbre para él que al llegar su hija y su mujer se convirtieran en el blanco de toda su ira. 

Una vez más había sido despedido de su trabajo, éste último en el que apenas llevaba unas semanas. El motivo al igual que en ocasiones anteriores habían sido los comentarios obscenos e intimidadorios que hacía a las mujeres en su entorno de trabajo. 

En menos de seis meses había llegado a cambiar de empleo hasta en cinco ocasiones, siendo despedido inmediatamente por sus faltas de respeto y su actitud inadecuada. 

– ¿Qué ha pasado? – titubeó. 

– A tí que te importa. Prepárame algo de comer.

– Cariño...

– ¡Te he dicho que mil veces que me llames por mi nombre! Me da asco que con esa cara me llames cariño.

Ella asintió y retrocedió. 

– Rod... Los prestamistas han venido de nuevo... No paran de llegar cartas de embargo... L-La niña va empezar las clases y aún no hemos comprado el uniforme o los materiales...

Sus palabras se entrecortaban y la debilidad de su voz impedía escuchar con claridad lo que decía. Ella mantenía la mirada clavada en sus zapatos mientras despellejaba nerviosa el tejido de alrededor de las uñas. 

A sus palabras le siguió un silencio inquietante durante unos minutos. Repentinamente una descarga recorrió su espina dorsal al notar la presión de su figura detrás de ella. 

– ¿Porqué demonios sigues ahí parada mientras la mesa sigue vacía?

Él alzó la mano, áspera y firme enredandola bruscamente en su cabello. 

Las lágrimas acumuladas comenzaron a descender y la presión que se había instalado en su pecho la dificultaba respirar. 

– Rod, por favor... Por lo menos la niña, el uniforme... - sin tiempo a decir una palabra más, el hombre la agarró del cuello, ejerciendo fuerza desmedida con la palma, mientras le obligaba a mirarle a los ojos. 

– ¿Cuál niña? ¿Esa inútil que lo único que hace es comer y llorar? Se gasta mi dinero y yo qué recibo a cambio ¿Eh? Deberías estar agradecida de que no la tirase a un cubo de basura en cuanto nació.

– Rod, no hables así, por favor - decía a trompicones mientras intentaba liberar la presión que él ejercía en su garganta.

–¿Mi hija? Eres una maldita zorra. ¿Crees que no me he dado cuenta? Siempre miras a otros. Lo haces todo el maldito tiempo. ¿Quién me asegura a mí que esa cosa es mía?

– Suéltame, por favor... No sé de qué hablas – se deshacía en lágrimas mientras que él incrementaba la fuerza al sujetarla.

– ¿Lo haces con otros mientras estoy fuera verdad? Trabajando como un esclavo para pagar esta casa y todos vuestros putos gastos y así me lo agradeces?

– Rod, yo...

Su cuerpo se derrumbó. 

(...)

Meia se digiría al parque en el que  jugaba normalmente. Solía hacerlo exactamente durante dos horas, antes de que su madre, amoratada,  fuera a buscarla. 

Siempre realizaba el mismo ritual antes de llegar. Recogía algunos palitos que encontraba de camino y los guardaba en el bolsillo. Una vez que llegaba, medía la distancia desde el columpio. Calculaba cuál era el último matorral que se podía ver desde esa distancia e iba directa sin perder la línea imaginaria que trazaba con la mirada. Cuando llegaba se aseguraba de que no hubiera nadie alrededor y comenzaba a cavar con sus manos unos pequeños huecos. En cada uno de ellos depositaba alguno de sus objetos más valiosos de la semana. Aquél día eran un coletero rojo y una piedra con forma estrellada. Los cubría de tierra y colocaba un palito justo encima para no olvidar el lugar. 

En la zona en la que vivía apenas había  niños de su edad así que siempre jugaba sola. Había un parque al que quería ir, siempre lo veía cuando pasaba en el autobús escolar pero aunque no estaba cerca y tampoco demasiado lejos, no tenía permiso para ir y sabía que su madre no la podría llevar. 

Siempre que lo observaba a través de la ventana del autocar se preguntaba como sería la arena. Si los columpios también rechinaban al balancearse, si el agua de la fuente también sabía a tierra o si también se divertiría tanto como los niños a los que veía jugar allí.

– Sólo tendría que caminar siguiendo las casas de cristal – se decía así misma refiriéndose a las paradas de autobús.

– No... Mami vendrá a buscarme pronto, si no me encuentra se pondrá triste... Pero...

La semilla de la curiosidad se había instalado en ella durante días y no paraba de darle vueltas.

– Mami ha dicho que puede que hoy tarde un poco... Si voy y estoy cinco minutos me da tiempo a volver antes de que ella llegue...

Antes darse cuenta ya había desenterrado sus tesoros y se dirigía a la primera casa de cristal.

– Mami dijo que ya soy mayor. Ya puedo ir a la tienda e ir al colegio sola... También puedo ir al parque.

Meia caminaba sin descanso a medida que se alejaba de su vecindario. Seguía cada casa de cristal y contaba con la mente cuantas iba dejando atrás.

Cuando por fin pudo ver el parque al otro lado de la acera se dio cuenta de algo. Hasta ese momento no había tenido que cruzar ningún paso de cebra ni pararse en ningún semáforo. Nunca habia caminado tan lejos sola y  en el colegio no hace mucho unos policías vinieron a explicarle a ella y sus compañeros  que los niños no debían  cruzar la calle sin ir de la mano con alguien y que sólo se debía cruzar cuando el muñeco de luz está en verde. Un sentimiento de tristeza  invandió a la niña.  Todo el  trayecto parecía  haber sido en vano, ya que  no podía cruzar aquel largo paso de cebra. 

Frente a ella se encontraba un restaurante discreto, del que entraba y salía gente con frecuencia. , Decidió sentarse en las escaleras principales mientras averiguaba que podría hacer para cruzar al otro lado.

No sabía cuánto tiempo había pasado pero de repente sintió que alguien la mecía mientras le llamaba.

– ¿Estás bien? 

Meia abrió los ojos con lentitud, sorprendiéndose al ver frente a ella  el rostro preocupado de un niño, aparentemente de la misma edad. 

– ¿Por qué duermes aquí? ¿No tienes una casa? 

Meia miró a su alrededor y se dio cuenta de que seguía en las escaleras de aquel lugar.

– ¿Sabes qué hora es? – el niño miró su muñeca –  Son las seis.

–  No... Tengo que irme – dijo angustiada.  

– Espera, ¿Quieres que te acompañe?

– No hace falta, solo tengo que seguir las casas de cristal.

– ¿Casas de cristal? ¿Te refieres a la paradas del autobús?

Ella asintió.

– ¿Tu casa está muy lejos de aquí?

– Está a unas diez casas de cristal, creo...

– Eso está muy lejos - pensó él en voz alta. 

– ¿De verdad?  – Yo sólo quería venir a jugar al parque - trataba de retener el llanto. 

– ¿Ese parque? – señaló – ¿Te daba miedo cruzar sola? - ella asintió entre lágrimas.

– Entonces... La próxima vez que quieras ir puedes esperame aquí. Yo te acompañaré.

– ¿De verdad?

– Sí – sonrió. El niño sacó un pañuelo de papel de la mochila y se lo ofreció. 

– Gracias... El siguiente jueves... ¿El siguiente jueves podrías acompañarme? 

– Sí, el siguiente jueves a las cinco, te esperaré aquí. En este restaurante está mi abuela. 

– Vale – dijo algo aliviada –Toma – extendió su mano tras sacar algo de su bolsillo– gracias por el pañuelo. 

Antes de que el niño  pudiera despedirse Meia ya se había marchando corriendo.

– No le he  preguntado cómo se llama– dijo él en alto.

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