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dos, él también sangra.

Author: ggeum
last update publish date: 2026-09-17 01:19:07

Había pasado alrededor de una semana desde que la había encerrado. Meia hacía la comida y limpiaba mientras el hombre entraba y salía de la casa apareciendo siempre alcoholizado.

Esa mañana se preparaba para salir a hacer la compra cuando su padre aporreó la puerta de su habitación.

'' Mantén la puerta siempre cerrada''

– ¿Por qué demonios siempre tienes la puerta cerrada? Joder.

El hombre lanzó algo metálico y ligero contra la puerta.

– Sácala y limpia todo.

No entendía lo que quería decir. Era la primera vez que su madre permanecía tanto tiempo encerrada así que no sabía exactamente qué estaba pasando.

A medida que avanzaba hacia la puerta un mal presentimiento entorpecía sus pasos y la mantenía sobrecogida.

– Mami debe de estar bien... Seguro que no la ha pasado nada... No ha pasado nada... Está bien – se convencía.

Con las manos temblorosas giró la llave y abrió la puerta de par en par. Apenas había luz. En la esquina del habitáculo pudo vislumbrar una figura débil y compungida.

Meia corrió a socorrer a su madre y con los pies desnudos pudo sentir el líquido que cubría el suelo a su alrededor.

Amelia temblorosa se giró y vio a su pequeña petrificada siendo testigo de aquella demoledora situación. Llena de ira e impotencia la gritó.

–¡Sal de aquí! ¡Vete!

Era la primera vez que su madre la gritaba. Asustada salió corriendo y se encerró en su cuarto. Empezó a escuchar ruidos y pasos por toda la casa y después de un rato escuchó la llave del agua.

Sin saber cuando se había quedado dorminada se despertó al sentir el aroma dulce y fresco que caracterizaba a su madre. Al abrir los ojos vio a su madre con los ojos llenos lágrimas y los labios agrietados. Estaba más delgada y pálida.

Meia abrazó a su madre con fuerza, como si temiera que se desvaneciera frente a ella. Su madre acarició su cabello y correspondía el abrazo con la misma intensidad.

–Bebé, tenemos que ir a visitar al señor Tossari.

Ella asintió.

El señor Tossari había sido dado de alta y se recuperaba lentamente en su casa.

En cuanto Meia le vio corrió a abrazarlo mientras lloraba y se disculpaba. El señor Tossari trataba de tranquilizarla diciéndole que nada había sido su culpa.

(...)

La niña regaba las plantas mientras el señor Tossari y su madre mantenían una conversación en la sala de estar.

– Señora Dreijer. No... Amelia Esto no puede seguir así.

Amelia se mantenía en silencio mientras las lágrimas incesantes descendían por su demacrado rostro.

– ¿Hasta cuando vas a seguir exponiendo a Meia a toda esta situación? ¿Hasta cuando vas a dejar que esa niña siga viviendo con miedo?

– Pero... Ella necesita un padre.

– Amelia. Un padre protege, cuida, guía y ama. Alguien que golpea, menosprecia y violenta a su mujer y su hija no se merece ser llamado padre.

– Él... Sólo es una mala racha estoy segura de que...

– Amelia , ¿Te estás escuchando? Vinisteis aquí cuando Meia apenas tenía siete años y va a cumplir doce. No recuerdo ni un sólo momento en el que Rod no haya sido violento con vosotras excepto los dos años en los que no estuvo porque estaba en la cárcel. Me has pedido incontables veces que no intervenga pero no puedes seguir haciéndole esto a tu hija.

– Señor Tossari, yo no tengo nada, como voy a...

– Amelia lo has estado haciéndo bien estos últimos años... Te lo dije una vez y lo mantengo. Si quieres marcharte lejos de él puedo ayudarte pero tienes que dejar de buscar excusas. Tienes que hacer lo mejor para tu hija. Meia no tiene amigos, falta a clase con frecuencia a pesar de sus buenas notas, nunca ha hecho cosas que otros niños de su edad hacen, sólo ha visto y vivido violencia. ¿Qué le dirás si el día de mañana te pide explicaciones? ¿Que le dirás si acaba en una relación igual que la tuya porque es el ejemplo que ha visto en tí?

Amelia, me voy. Me marcho de aquí –dijo acongojado – Quiero estar cerca de las cenizas de mi mujer y ayudar a mi hijo con la empresa mientras aún tengo fuerzas... Toma – le acercó una caja – ahí tienes todo lo que necesitas. Salid de aquí. Id a una ciudad grande dónde él no os pueda encontrar. Que Meia vaya a una buena escuela... También están los papeles de la casa. Tus padres me los confiaron por si algún día decidías volver. A mí no me queda mucho, Amelia... Sólo sé que tú y tu hija os mereceís una vida diferente, os mereceís ser felices.

Amelia sollozaba desconsolada mientras el señor Tossari acariciaba su hombro.

Meia, que había escuchado todo desde las escaleras también reprimía el llanto en silencio.

(...)

Se miraba en el espejo mientras observaba el colgante que le había dado el señor Tossari.

"Era para mi Rebecca, pensé que podría dárselo en cuanto volviera de ese viaje pero al final no pude. Supongo que no estaba destinado a que fuera de ella"

Era la primera vez que poseía algo tan valioso, brillante y delicado.

– Es todo lo contrario a mí – pensaba – Y aún así, extrañamente es como si siempre le hubiera pertenecido.

(...)

Había pasado una semana. El señor Tossari ya se había marchado.

''No dejes que sepa que me he ido, si no pensará que estás completamente sola''

Amelia no tenía claro en que momento debía irse. Había hablado con Meia y lo mejor era ir sacando las cosas poco a poco para no levantar sospechas.

El comportamiento de su marido era más calmado que de costumbre. Sólo volvía a casa borracho, vociferaba un par de sinsentidos y dormía.

Una mañana mientras Meia y su madre arreglaban el jardín, el hombre comenzó a tirar todo lo que encontraba a su paso, al parecer en busca de algo.

Sin previo aviso se plantó frente a ellas y arrastró hasta el interior de la casa a su mujer. Meia los siguió escaleras arriba.

– ¡¿Qué coño es esto?! ¡¿De dónde has sacado este dinero?!

Amelia se quedó petrificada al ver como el hombre zarandeba la caja que el señor Tossari le había entregado.

– Los papeles de la casa, dos libretas bancarias, dinero en efectivo. Lo tenías todo bien escondidito para largarte en cualquier momento ¿verdad?

– Rod, eso no es... – una bofetada seca impactó en su rostro - ¡Cállate! ¡¿Pensabas largarte con todo esto!? ¡Por encima de mi cadáver!

El hombre comenzó a zarandearla con intención de arrastrarla a la infame habitación. Meia presenciaba aterrorizada la escena pero algo dentro de ella le gritaba que debía reaccionar. Por primera vez en su corta vida iba a hacer algo más que temblar y llorar. Fue decidida hacia la puerta y se posicionó delante para bloquearle el paso.

– ¿Qué? – rió con descrédito– ¿ Tú también estás metida en esto? – el hombre cerró el puño y cuando estuvo apunto de impactar en la cara de la niña el sonido de un cristal interrumpió su trayectoria.

La sangre descendía por su rostro al momento que caía abatido al suelo.

Amelia con las manos ensangrentadas temblaba y lo miraba atemorizada.

– N-No te atrevas a ponerle un dedo encima a mi hija...

Meia corrió a abrazar a su madre.

– Nos tenemos que ir ya mami, es el momento.

Amelia contempló por un instante la expresión decidida de su pequeña y asintió.

Rápidamente ambas recogieron todo el contenido que había dentro de la caja que el señor Tossari las entregó. Meia corrió a su habitación y sacó unas bolsas que escondía debajo de la cama. Eran todas sus pertenencias.

Amelia cogió toda la documentación y en otra bolsa puso algo de ropa.

El hombre permanecía inconsciente en el suelo. Meia se acercó para quitarle el teléfono del bolsillo lentamente. A pesar del miedo esa compresión en el pecho había desaparecido. Por primera vez en su vida sintió que podía reaccionar.

No es invencible. El también sangra – se dijo.

Antes de marcharse de la habitación lo miró una ultima vez. Entre lágrimas dijo en un susurro.

– Te perdono... Por no haberme querido.

Rod Linden, ya no soy tu hija.

Meia llamó a un taxi mientras su madre seguía buscando algo.

– Mami ¿qué buscas?

– El teléfono de Eva – respondió nerviosa – Ella... Ella es la única que puede ayudarnos ahora mismo.

Meia comenzó a buscar con ella hasta que de repente escucharon el cláxon del taxi.

– Mami, tenemos que irnos.

– No... Tengo que encontrar el número de Eva , si no...

Un ruido proveniente de la habitación las mantuvo en el sitio.

– Meia, coge todo lo que puedas y súbete al taxi.

– Mami...

– Rápido mi amor – la abrazó.

El taxista esperaba fuera y ayudó a la niña con las bolsas. Meia se sentó en la parte trasera esperando a que su madre saliera por la puerta en cualquier momento.

– Aquí está – supiró aliviada – ¡Amelia Dreijer!

¡Maldita perra! – escuchó tras ella.

El hombre se sostenía adolorido la cabeza mientras rebuscaba dentro del cajón de la cocina.

– Pienso matarte. ¡Antes de que te vayas te mataré! – bramó.

Amelia comenzó a lanzarle objetos tratando de disuadirlo mientras se aferraba a aquella tarjeta con el número de su amiga.

Una maceta impactó en la cara del hombre dándole la oportunidad de escapar.

Amelia salió por la puerta mientras la niña lloraba y suplicaba que se diera prisa.

Ella subió al coche y el taxista sin pensarlo dos veces arrancó el vehículo, dejando atrás a aquel sujeto que jadeaba sosteniendo el cuchillo en sus manos.

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  • remember   prólogo.

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