Caía la tarde.
Meia se encontraba sentada en las escaleras del porche tratando de recuperar algo de aire. Su madre y ella habían estado toda la tarde limpiando el jardín y cuidando el huerto del señor Tossari y aquella cansada tarea la había dejado sin aliento.
Mientras descansaba, al otro lado de la valla se encontró con la mirada curiosa del señor Tossari que desde esa corta distancia tenía una vista panorámica del pequeño jardín.
Meia, como de costumbre, agitó efusivamente la mano en el aire esperando la sonrisa apacible del anciano.
El señor Tossari era un hombre viudo cerca de la setentena, de carácter afable además de un botánico entusiasta que desde hacía años era el vecino de la familia.
Tiempo atrás tuvo una gran empresa que había quedado en manos de su hijo tras la pérdida prematura de su esposa. Desde el fallecimiento de su mujer hace más de una década no había vuelto a ser el adicto al trabajo que un día fue. Dejó todo ese mundo atrás y se retiró en aquel paraje rural.
Meia se acercó hasta la valla colindante a saludarlo.
- ¿Habéis podido terminar de podar todo?
- Aún nos queda un poco, pero creo que podremos terminar hoy, señor - sonrió.
El señor Tossari extendió su brazo y la niña alcanzó la bolsa estampada que abarcaba la palma de su mano.
- Son semillas de campanillas. Cuando terminéis de arreglar todo deberíais plantarlas, quedarán bien junto al porche y le darán color al jardín.
Meia observó curiosa las semillas de aquella planta hasta entonces desconocida.
Sin percatarse ninguno de su presencia, la madre de Meia se acercó hasta ellos portando una bandeja con vasos y una jarra con zumo de naranja.
- Señor Tossari, tome un vaso. Lo he dejado enfriar toda la noche para que esté fresco.
- No debería haberse molestado Amelia - respondió agradecido - Señorita Meia, ¿Tienes ganas de empezar las clases?
- No demasiadas... Sólo pensar que tendré que volver a estudiar matemáticas me da dolor de cabeza - resopló.
- Pues imagínate si el señor Tossari no te ayudara con las tareas, cariño - sonrió acariciando su mejilla.
Meia volvió a tumbarse a la sombra, despreocupada mientras el señor Tossari y su madre hablaban de los arreglos del jardín.
La brisa le acariciaba la nuca tras recogerse la melena en una coleta alta, al tiempo que los últimos destellos del atardecer mantenían sus ojos entre cerrados.
En mitad de su pequeño estado de somnolencia un escalofrío la sacudió. Intuitivamente comenzó a sentirse nerviosa. Esa sensación le impedía abrir los ojos pero al mismo tiempo su cuerpo le gritaba que algo había irrumpido en el pequeño oasis de tranquilidad que se había creado en el jardín. Su mente le gritaba que reaccionara antes de que las cosas se pusieran peor, pero no quería hacerlo.
De repente sintió un golpe seco en la cabeza y al abrir los párpados de par en par visualizó una figura masculina que se dirigía rápidamente hacia su madre.
La ansiedad y el miedo que se habían instalado en ella le impedían reaccionar. Tenía que advertir a su madre, tenía que al menos decir algo, pero el nudo que había tomado forma en su garganta la retenía.
El señor Tossari se apartó de la valla y la madre de Meia se dio la vuelta. Su rostro se congeló en cuanto vio la expresión afilada del sujeto que no le apartaba la mirada. En cuestión de segundos todo lo que había conseguido esos dos ultimos años se hacía añicos frente a ella. Sabía lo que pasaba. Sabía lo que significaba el rostro furibundo y contenido de su marido después de no haberle visto en tanto tiempo.
El hombre agarró con brusquedad su brazo y comenzó a tirar de ella para meterla en la casa.
Meia lanzó una mirada de auxilio al señor Tossari y ante la preocupación visible del anciano, formó en sus comisuras una sonrisa tensa mientras se despedía con la mano debilmente y los seguía al interior del domicilio.
- Qué, ¿Te lo has estado pasando bien con el viejo? -Amelia trató de abrazarlo torpemente.
- C- Cariño, no sabía que hoy salías, me ... Me alegro de que estés aquí.
Amelia dirigió una mirada suplicante a su hija, haciéndola entender que debía marcharse inmediatamente.
Ella titubeante corrió hacia su cuarto y cerró con llave.
Habían pasado dos años. Dos años desde que Rod Linden fue sentenciado a prisión por conducir en estado de embriaguez, provocar un accidente y causar destrozos en la propiedad pública.
Dos años desde que Meia tenía que encerrarse en su cuarto cuando él estaba en casa. Dos años en los que durmió sin escuchar los gritos y súplicas de su madre o sin tener que ver su rostro y cuerpo magullados. Todo aquello que parecían haber dejado atrás volvía a instalarse en lo que ella empezó a creer que era un hogar. Todo aquello volvía, para despertar sus peores pesadillas y volvía para hacerle sentir sumamente aterrorizada e insignificante.
- ¿Qué era tan divertido? Yo también quiero sonreír como lo hacía ese viejo. Debería ir a preguntarle- Amelia retenía como podía a su marido que se disponía a salir por la puerta al encuentro del señor Tossari.
De una sacudida empujó a su mujer cayendo ésta al suelo.
El hombre salió y aporreó incesante la puerta de la casa vecina.
- Señor Linden - trató de calmarle el anciano- Parece que ha bebido, debería descansar.
- Y desde cuando un puto viejo me dice a mí lo que tengo y no tengo que hacer - le encaró.
- Vamos... No debería comportarse así frente a su familia. Si quiere podemos hablar cuando esté usted sobrio - trató de alejarse.
- Estoy lo suficientemente sobrio para entender lo que está sucediendo aquí. ¿ Te acostabas con ella mientras no estaba, verdad? ¿Te gusta acostarte con mi mujer?
Amelia corrió a agarrar a su marido mientras le suplicaba que se marcharan.
- Está malinterpretando todo señor Linden necesita descansar - El señor Tossari se disponía a darse la vuelta cerrando tras de sí cuando repentinamente sintió un impacto en la cara. Sin tiempo a reaccionar el puño del hombre aterrizó con fuerza en su mejilla, tumbándolo.
En cuestión de segundos el señor Tossari yacía en el suelo recibiendo golpes indiscriminados por todo su cuerpo. Amelia trataba con todas sus fuerzas de quitar de encima del anciano a su marido que asestaba cada golpe como un animal rabioso.
Un viandante alarmado por la dantesca esecena intercedió para tratar de separarlos. A él se unieron otros vecinos que dieron la alerta a la policía y asistían al señor Tossari mientras llegaba la ambulancia.
Meia se mecía en su cuarto mientras cubría sus orejas horrorizada.
No sabía la hora que era. Cada vez que cerraba los ojos imaginaba al señor Tossari tumbado en el suelo cubierto de sangre. Escuchaba los gritos de su madre una y otra vez y su padre la asfixiaba.
- Otra vez te has quedado parada, eres una estúpida- se decía mientras ahogaba el sollozo con sus manos y las lágrimas enturbiaban su visión.
Los recuerdos de todos los momentos en lo que el señor Tossari las había ayudado se sucedían en su mente.
- ¿Por qué a él?
( ...)
Habían pasado tres días. Amelia recibió una llamada de la estación de policía. Su marido había quedado en libertad ya que el señor Tossari había decidido no presentar ningún cargo contra él tras la súplica de ella.
Amelia y Meia se dirigían a la comisaría para recoger a su padre. Lo encontraron en el trayecto y éste actuó como si no las conociera mientras seguía caminando.
Ambas se posicionaron tras él en silencio. A medida que avanzaban hacia la casa los pasos de la niña se volvían temblorosos y titubeantes a la vez que trataba de vislumbrar la casa del señor Tossari que aún se encontraba en el hospital.
- L-Le pedí al señor Tossari que no presentara cargos - decía mientras trataba de ocultar el nerviosismo con una sonrisa articulada.
- Parece que dentro de esa cabeza hay algo más que aire.
A paso lento ojeaba la casa mientras ellas se mantenían en silencio.
- ¿Qué coño habéis hecho aquí? ¿Qué son todos estos colores y fotos?
- Bueno... Decidimos hacer algunos cambios para que fuera más acogedor...
- ¡ Y quién diablos te dio permiso! ¿Quién nos va a comprar la casa con todo esto así? - gritó.
- Cari... Rod... Esta es la casa de mis padres yo...
- Tú, qué - la agarró del cabello- Sube.
- ¡No! Por favor... ¡No! - suplicó.
El hombre la arrastró escaleras arriba al tiempo que resonaban llantos y gritos por todas partes.
Esa presión en el pecho nuevamente. El temblor de sus débiles piernas y un sentimiento de impotencia desgarrador. Meia se dirigió a su habitación. Dejando tras ella los gritos y golpes que se repetían como una melodía desafinada y rota dentro de su cabeza. Cerró la puerta con llave y se escondió entre la sábanas mientras rezaba porque todo aquello terminase.